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29/07/2013 11:03 CEST | Actualizado 27/09/2013 11:12 CEST

Túnez: un parlamentario anti-islamista muerto a disparos en el Día de la República

El Gobierno no es el que apretó el gatillo, pero sí es responsable del clima omnipresente de división social. Pero lo más importante es que el Gobierno es responsable del clima actual de odio que hace que Túnez sea un país en el que el asesinato político no solo es posible sino nada excepcional.

El 25 de julio, Día de la República, Túnez sufrió una conmoción. Mohamed Brahmi, un activo parlamentario anti-islamista, murió de 11 disparos recibidos delante de su casa alrededor de las 12 del mediodía. Este es, seis meses después del del líder izquierdista Chokri Belaïd, el segundo asesinato político en Túnez desde la Primavera Árabe.

La relación entre Belaïd y Brahmi está clara; el haber muerto como mártires no es lo único que tienen en común. Dentro del movimiento tunecino de izquierdas, eran aliados políticos. Ambos habían criticado el poder dictatorial de Ben Alí antes de la revolución de 2011 y ambos se oponían al actual Gobierno islamista.

Originario de Sidi Bouzid -la ciudad en la que se inmoló Mohamed Bouazizi en un acto que desencadenó la Primavera Árabe-, Mohamed Brahmi era un político de izquierdas, nasseriano, que criticó sin descanso al Gobierno de Ennahdha desde que asumió el poder, el 23 de octubre de 2011. Dentro del Parlamento, era miembro del comité dedicado a los mártires de la revolución. En octubre de 2012, inició una huelga de hambre para protestar contra la resistencia del Gobierno a abordar problemas sociales. Hace unos días, habló en contra de la Instancia Superior Independiente para las Elecciones, un órgano supuestamente imparcial creado para organizar los próximos comicios.

Tras año y medio en el poder, el Gobierno está más debilitado que nunca. Tanto en el ámbito regional como en el interno, el contexto sociopolítico ha colocado a Ennahdha -el partido gobernante- y sus aliados en una situación muy complicada.

En Egipto, a pesar de los esfuerzos de Mohammed Morsi para reafirmar su legitimidad, el movimiento Tamarrod ("rebelión") ha logrado derrocar al Gobierno de los Hermanos Musulmanes con ayuda del Ejército. El Gobierno tunecino se apresuró a condenar los hechos, lo calificó de golpe militar y advirtió que en Túnez no se toleraría nada semejante. El presidente Moncef Marzouki llegó a declarar que cualquiera que pida la dimisión del Gobierno será sometido a juicio: "Somos el Gobierno legítimo de Túnez, y vamos a permanecer en el poder".

Estaba previsto que la sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional Constituyente el día 25 de julio, convocada con motivo del Día de la República, fuera una nueva ocasión para las autoridades de ejercer un optimismo ciego, presumir de sus logros y proclamar su legitimidad. El asesinato de Mohamed Brahmi es un doloroso recordatorio de la verdad inevitable que nuestros gobernantes actuales deben reconocer: la legitimidad va siempre acompañada de responsabilidad. El Gobierno y la Asamblea Nacional Constituyente son responsables de esta tragedia.

El Gobierno no es el que apretó el gatillo, pero sí es responsable del clima omnipresente de división social. También es responsable de la sensación general de inseguridad, porque varias horas después del asesinato no había tomado todavía ni una sola medida: el aeropuerto seguía abierto, las salidas de la ciudad no estaban vigiladas y no se había declarado ningún toque de queda.

Pero lo más importante es que el Gobierno es responsable del clima actual de odio que hace que Túnez sea un país en el que el asesinato político no solo es posible sino nada excepcional: hace unos días, Sahbi Atig, el líder del grupo mayoritario Ennahdha en el Parlamento, afirmó en público que cualquiera que intentase reproducir la situación egipcia en Túnez se toparía con violencia.

Mientras escribimos, cientos de personas se congregaban delante del Ministerio de Interior. Hace seis meses culpaban a Ennahdha del asesinato de Chokri Belaid. El 25 de julio exigen la disolución de la Asamblea Nacional Constituyente y expresan su rechazo general a toda la clase política. La sede de Ennahdha en la ciudad de Meknessi ha sido atacada, igual que al Ayuntamiento de Sidi Bouzid. Un vídeo que se ha vuelto viral en la red muestra a la hija de Brahmi llorando: "Mis hermanos aprenderán a amar a Túnez y odiar a Ennahdha. ¡Pueblo, rebélate! ¡Mi padre ha muerto!" En Twitter hay llamamientos, incluso de algunos diputados, a que el Gobierno dimita y se disuelva el Parlamento.

Para bien o para mal, es posible que Túnez esté siguiendo el ejemplo de Egipto y comenzando su propia revuelta. A no ser que la violencia social y la incompetencia del Gobierno se conviertan en algo tan común que los tunecinos no sean capaces de reaccionar ante el segundo asesinato político de su transición democrática.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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