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19/01/2019 09:11 CET | Actualizado 19/01/2019 09:11 CET

Lo revolucionario es ser madre y ser libre

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Según el reciente estudio del Instituto Nacional de Estadística, este 2018 tuvimos en España un mínimo histórico de nacimientos desde que hay registro: la natalidad ha caído en nuestro país casi una cuarta parte en la última década y es que, para una gran mayoría de mujeres en edad fértil, plantearse la maternidad en condiciones vitales de absoluta incertidumbre es una irresponsabilidad. Debido a la inestabilidad económica y laboral, también, España, es después de Italia, el país de la UE con la maternidad más tardía donde más mujeres tienen su primer hijo pasados los 40. La política pública es clave. Hay que irse a países como Suecia, Finlandia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Islandia. Incluso Estonia, Hungría y Lituania tienen mejores planes estatales que los nuestros.

Las que se atreven a dar el paso, deben enfrentarse a la presión social y la imposición cultural de cómo debe comportarse una madre en cada momento: hemos normalizado la crítica mezquina, la que juzga e impone un punto de vista como si se estuviera en posesión de la verdad. Con el tiempo, han aparecido movimientos y colectivos contestatarios, como las malas madres, que han desafiado la concepción clásica de la madre, dotándola de realismo y despojándola de exigencias imposibles, prejuicios manidos y esos crueles estereotipos que han sumido a mujeres competentes, inteligentes y brillantes en la más profunda depresión. Y pese a ese afloramiento de la sonoridad, muchas han optado por no ser madres a modo de protesta.

No tener hijos se ha convertido en una rebelión social. Millones de mujeres que han luchado por tener una carrera profesional de prestigio o una vida donde la libertad sea un valor en alza, han visto en la maternidad una brutal zancadilla sistémica con la que se retrocede en el tiempo hacia una pausa que en ocasiones se prolonga hasta eclipsar a la mujer, convirtiéndola casi exclusivamente en madre. Se ha asociado maternidad a clasicismo, tradición, sumisión, involución. Maternidad como trampa. Como obligación. Como cárcel. Como amenaza a nuestra libertad y nuestro desarrollo como individuos. Maternidad como pérdida. Como frustración. Incluso como fracaso.

Procrear es algo desaconsejable para muchísimas personas, especialmente aquellas que se reproducen de forma sistemática, o las que traen vida al mundo como un deber, o igualmente atroz, porque se aburren.

No todos los seres humanos debemos procrear, es algo desaconsejable para muchísimas personas, especialmente aquellas que se reproducen de forma sistemática, o las que traen vida al mundo como un deber, o igualmente atroz, porque se aburren. Los que por razones medioambientales, económicas, por salud mental, por el bien común o existenciales (lean las Lesiones incompatibles con la vida, de Angélica Liddell), optan por no reproducirse.

Pero hay una revolución muy importante por hacer desde el feminismo, que proclame que la mujer que decide ser madre, puede seguir siendo libre, moderna, intelectual y profesionalmente brillante. Traer un hijo al mundo implica renuncias, pero el esfuerzo social radica en trabajar para que esas renuncias no sean las troncales en nuestra vida. Los hombres también pueden quedarse cuidando niños en casa, ¿estamos todas y todos preparados? Los padres con custodia compartida a menudo llevan mejor vida que las de los matrimonios que se auto-imponen la familia 24h. ¿Estamos preparados para ese reajuste mental de forma consistente? ¿o hay que seguir separándose para conseguir combinar la vida como progenitor, de la vida interior como individuo?

Quizá la superación generacional no debería ser el pasar de tener a no tener hijos, sino apostar por una opción moderada (que son siempre las más difíciles), que nos permita ser madres pero también seguir teniendo tiempo para hacer lo que nos colme. Sembrar precedentes siempre es difícil, pero ya hay ejemplos. Que la sociedad nos acompañe.

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