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06/02/2018 07:35 CET | Actualizado 06/02/2018 11:46 CET

Un insulto común

Getty Images/Ikon Images

En el verano de cuarto de carrera hice prácticas en un periódico de Buenos Aires. Una cabecera histórica, vespertina y acomplejada; sus últimos dueños eran una familia adinerada que había adquirido el rotativo para limpiar su imagen tras un escándalo.

Me hizo especial ilusión que admitieran mi solicitud, me parecía una aventura interesante.

Durante el tiempo que pasé en aquella redacción, un tanto lúgubre, del barrio de Barracas, hice un ejercicio diario de superación. A las 6 de la mañana, medio muerta de frío, esperaba en la parada del colectivo que, tras una hora de viaje, me dejaría, ya amaneciendo, en aquel barrio, entonces del extrarradio, que alternaba galpones con descampados. Después de una pequeña caminata, muerta de frío entera, llegaba a ese edificio, quizás con algo de solera antaño, en el que, gracias a la paciencia y generosidad de mis compañeros, fui adaptando mi léxico al del país, logrando asimilar su sistema informático, que nada tenía que ver con los que había usado en los periódicos de este lado del mapa, y adaptándome al trato de la sociedad con la prensa, muy alejado de la amabilidad a la que estaba acostumbrada en España.

Cada día había manifestaciones diversas -médicos, maestros, portuarios...- en los que la policía sacaba fotos a los que parecíamos periodistas; cada día había siniestros violentos; cada día había escándalos de corrupción. Por aquel entonces en España andábamos bajo el shock del caso Roldán y mis colegas se burlaban asegurando que por ese dinero, en Argentina, no se manchaban las manos.

Fue un verano de emociones fuertes, de aprendizaje intenso, de compañerismo profundo.

Ten por seguro que cualquier parte de mi cuerpo es bastante más grande que tu cerebro

Pasaron esos días trepidantes y llegó mi última jornada de trabajo. Mientras me iba despidiendo de la plantilla, el redactor jefe, con el que no había hablado en toda mi estancia, se acercó y me dijo que quería hacerme una pregunta. "¡Adelante!", le animé. Se ruborizó un poco y me mantuvo la mirada:

- Es que igual te molesta...

- Entonces, prefiero que no me la hagas...

- No puedo no hacerla, hay plata en juego. Hemos hecho una apuesta.

Ante mi asombro, sacó un papel del bolsillo con los nombres de los hombres de la redacción y números al lado.

- Queríamos saber cuáles son tus medidas...

No sé si fue por el calor que me subió directamente al cerebro o por inspiración divina, el caso es que ese instante es uno de los pocos de mi vida en los que he tenido una lucidez veloz y pude contestar:

- Ten por seguro que cualquier parte de mi cuerpo es bastante más grande que tu cerebro.

Hinchada de orgullo y con las rodillas temblando me di la vuelta y fui en busca de alguna compañera que me ayudara a recoger del suelo mi ilusión y me acompañara a la parada del colectivo.

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