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13/09/2018 08:17 CEST | Actualizado 13/09/2018 08:17 CEST

Manifiesto por la historia

PIXABAY

He entrevistado a la historiadora Jo Guldi, la coautora de Manifiesto por la historia, un libro que ensalza las humanidades y aboga por un estudio crítico de la historia. Iba a ser una entrevista corta, lo juro, pero me vine arriba y ella se explayó. Al fin y al cabo, no se pueden resumir varios milenios en unas pocas líneas (y menos si Jo toca temas tan candentes como el precio de los alquileres). Tomen aire y no se preocupen si desconocen algunas referencias (al entrevistador le ocurre lo mismo):

Andrés Lomeña: En su Manifiesto por la historia, defiende la historia de larga duración frente a la microhistoria. Aún habrá quien se pregunte: ¿para qué sirve la historia?

Jo Guldi: La perspectiva a largo plazo o de larga duración (longue durée) que tanta falta nos hace ayudaría, por supuesto, con el cambio climático. Leo todo el tiempo titulares de periódicos que vaticinan la extinción de las especies, junto a editoriales que advierten de que las conferencias de Bangkok son nuestra única estrategia de supervivencia. También se leen editoriales contra los fallos de regulación: el aumento de pesticidas de los lobbies internacionales y su impacto en la historia del desarrollo económico o el desmantelamiento de la Agencia de Protección Medioambiental del gobierno de los Estados Unidos durante la era Clinton. Puedes contar la historia del presente de tal forma que parezca un catálogo de abusos, y esta es una tarea en la que destacan la mayoría de los historiadores (así como los antropólogos y los sociólogos).

Desde una perspectiva moral, sin embargo, esas historias críticas dejan poco espacio para comprender de dónde provienen los cambios positivos, y esto es así a pesar del hecho de que tenemos toneladas de relatos sobre los movimientos de solidaridad o movimientos reformistas que en su día hicieron algún bien. Para los terapeutas, el storytelling (el arte de contar historias) es la solución para superar el trauma. Allá donde veamos una parálisis política en torno al cambio climático, la raza, la colaboración internacional o el empleo, la cura consiste en contar una historia acerca de dónde empezó esa parálisis, y luego relatar historias sobre el tipo de fuerzas que desembocaron en resultados inesperados. La función del historiador es la de ser una especie de terapeuta de la sociedad: todo lo que tenemos son historias sobre nuestro pasado común y tenemos que usarlas para desatascarnos colectivamente de los abusos y miserias del pasado para que esos abusos y desgracias no se perpetúen... y para evitar que ese recuerdo ingrato inhiba una acción vital y creativa en el futuro.

La historia nunca ha sido un simple almacén de fracasos; también es un puñado de esquemas sin madurar que merecen mayor consideración

A.L.: ¿Podría aclarar un poco el concepto de historia que promueve? La historia global de Serge Gruzinski o la historia total de Fernand Braudel suenan genial, pero no me dirá ahora que cualquiera puede escribir un libro que abarque varios milenios, como en la obra En deuda de David Graeber.

J.G.: El libro de David Graeber es aún uno de mis favoritos. Hay unos pocos más similares en cuanto a cómo indaga un concepto a través de un enorme cuadro comparativo de diferentes culturas y periodos. El manifiesto que escribí con David Armitage estaba abierto a una gran diversidad de modelos históricos a largo plazo, ya fuera desde una perspectiva política, étnica o medioambiental. La disciplina histórica ha explorado numerosas formas de comprender los motores de cambio durante los últimos treinta años y eso es algo que deberíamos celebrar. Nuestra intervención era más modesta que la de Gruzinski o Braudel. No ofrecíamos una plantilla para llevar a cabo una historia completa. Ni siquiera era deseable. Simplemente intentamos describir la situación de la historia en el presente, señalando las crisis políticas donde la parálisis parecía exigir un relato de larga duración: el calentamiento global, la desigualdad económica y el gobierno internacional. Esos son temas en los que se necesitan más relatos y una perspectiva de larga duración, no una microhistoria, para poder así educar al público sobre esta nueva forma de pensar.

En mi próximo libro, La Larga Guerra por la Tierra (aún sin publicar), examino la historia de las propiedades a través de los intentos realizados para controlar el precio del alquiler, del movimiento anti-desahucios, del mapeo participativo y de otras estrategias ascendentes para hacer que el estado y el mercado sean más participativos. Los movimientos de campesinos e inquilinos de los últimos dos siglos ofrecen un millar de posibles soluciones a la crisis actual. Las historias del pasado también tienen un montón de problemas, como por ejemplo el racismo implícito en la reforma de los Estados Unidos de la Ley de Asentamientos Rurales (Homestead Act), así que debemos contar la historia con sumo cuidado. Incluso los movimientos utópicos tienen sombras muy oscuras. En todo caso, la historia nunca ha sido un simple almacén de fracasos; también es un puñado de esquemas sin madurar que merecen mayor consideración, ensoñaciones que nunca se probaron y cierto heroísmo reprimido. Todos esos recursos ofrecen alimentos para el presente y necesitan ser reunidos y difundidos.

Las políticas económicas actuales proporcionan la excusa para lo que es un simple robo por parte de las élites

Piensa en los problemas con la propiedad justo ahora: ciudades con precios prohibitivos para todos y un sentido del deber hacia los refugiados por el clima. En el pasado, los gobiernos han desplegado campañas de reasentamientos, iniciativas por la vivienda, leyes restrictivas con el precio de los alquileres, lo que a menudo desató la creatividad urbana y la mejora de los mercados. Pero en este momento histórico, el riesgo es la parálisis: los economistas insisten, mediante el principio de Pareto, en que la tierra no puede ser adjudicada o distribuida de un modo diferente al de ahora, incluso aunque las leyes agrarias alrededor del globo se hayan dispuesto para privilegiar a ciertos grupos (la clase media americana, el emprendedor indio, etc) de una manera que Adam Smith habría considerado inconcebible. Las políticas económicas actuales proporcionan la excusa para lo que es un simple robo por parte de las élites. En este contexto, hay que revisar las soluciones y modelos alternativos que dieron otras generaciones para comprender la propiedad, el poder del estado y la sostenibilidad de los ecosistemas. Revisar el pasado es un trabajo de historiadores y filósofos, algo que puede ser el preludio de un debate fructífero sobre lo que hay que hacer después.

A.L.: En su obra está a favor del compromiso político como historiadora. Me pregunto cómo encaja eso con autores conservadores como Niall Ferguson o Francis Fukuyama.

J.G.: Fukuyama y Ferguson escriben anclados en la tradición de las grandes narrativas decimonónicas, donde la historia de una tribu (habitualmente nacional, protestante y blanca) verifica su destino. Para Ferguson, esa tribu es el dinero, mientras que para Fukuyama es Estados Unidos. Ninguna se ha considerado mayoritaria en los departamentos de historia debido a la revolución crítica que se llevó a cabo en los años setenta en torno a figuras como Hayden White, para quien la historia era múltiple, conflictiva y encapsulaba muchos puntos de vista, y también por culpa de los microhistoriadores de los que hablé en el manifiesto, que dedicaron sus carreras a resucitar fuentes enterradas que complicaban las grandes historias. Se puede decir que Fukuyama y Ferguson son más irrelevantes que malos en la mayoría de temas sobre los que reflexionan los historiadores. Son ampliamente leídos porque sus simplificaciones sobre el destino de Estados Unidos y el capital son útiles para otros campos (las relaciones internacionales o la ciencia política) que necesitan una justificación breve y fácilmente digerible de por qué las cosas son de una determinada manera y no de otra. Ambos merecen ser maestros por cómo sus estilos retóricos compactan ideas y se ponen en circulación: esto es algo con lo que lidian la mayoría de los historiadores actuales, formados en la exigencia de "sofisticación" de las narrativas.

La accesibilidad y la difusión no son tanto una elección estética como una postura ética

Es complicado reducir un programa de investigación de diez años en un párrafo, como cualquiera que ha escrito una propuesta de libro te podrá contar. Pero ese ejercicio es necesario si las ideas se van a difundir más allá de un público lector compuesto por una docena de colegas de profesión. El tema de la circulación y la audiencia se ha tratado como una opción estética ligada a la decisión de emplear el método histórico. La obra de Hobsbawm (que se ha leído muchísimo desde que vio la luz) demuestra que el método histórico crítico no tiene que ser necesariamente arcano o inaccesible. La accesibilidad y la difusión no son tanto una elección estética como una postura ética que tienen que llevar a cabo los historiadores cuando valoran si su obra servirá para algo más que para el mundo académico.

A.L.: Intelectuales como Steven Pinker o Bjorn Lomborg están usando estudios a largo plazo para afirmar que todo está mejorando. ¿No será que los historiadores son más pesimistas por definición?

J.G.: La perspectiva a largo plazo es un vacío que tiene que rellenarse, y como especie lo hacemos con historias. Piensa en el despertar teológico-existencial que surgió tras el colapso del cristianismo en Europa y Norteamérica; los clérigos explican cada vez más un relato histórico sobre el progreso desde la creación del Big Bang. Personas como David Christian y otros pensadores evolucionistas están tratando de ocupar ese espacio. Tenemos que situarnos en el espacio y el tiempo para que podamos discernir con claridad el mundo que habitamos.

Desgraciadamente, tanto Pinker como Lomborg simplifican muchas de las fuerzas que comprenden la modernidad, convirtiendo el progreso científico o el sistema capitalista en bondadosos ángeles que nos garantizan más felicidad a todos. Los lectores que confían ingenuamente en esas explicaciones corren el riesgo de no cruzarse nunca con el abundante material que hay sobre las complejas realidades que han sido históricamente empaquetadas allá donde aparecía el concepto de capitalismo o de ciencia; por ejemplo, los privilegios dentro de las instituciones, el capitalismo monopolista, el patriarcado y así sucesivamente. No tienes que leer mucha historia de la ciencia para descubrir que la medicina solo ha tratado de forma muy reciente los problemas de salud de las mujeres como una cuestión verdaderamente científica.

Para comprender otras revoluciones o acontecimientos, el lector ordinario necesita saber cómo situarlo cronológicamente

Una introducción muy breve a la revolución industrial como la de Emma Griffin es suficiente para sugerir que el progreso tecnológico, con todas sus ventajas, también inauguró una era que fue terriblemente cruel para la clase trabajadora y sus familias. ¡Debería escribirse un artículo sobre Emma Griffin por cada uno de los artículos sobre Steven Pinker! Ella ha conectado el capitalismo con el entorno de una forma legible y crítica, y su voz merece ser oída. Desgraciadamente, Pinker tiene más experiencia y quizás esté mejor conectado con el mundo de la edición gracias a su eminente trabajo en lingüística, pero apostaría por el libro de Emma a largo plazo. Su quehacer con la investigación es más serio y cada pedacito de historia nos dice mucho sobre quienes somos como personas modernas.

En el manifiesto, hemos recordado a los lectores que las perspectivas excesivamente largas no tienen mucho que ver con las herramientas de la historia moderna o con las preocupaciones de las naciones, las instituciones o los movimientos populares. Todas esas preocupaciones se dan en una moyenne durée o periodo intermedio de décadas y siglos, algo un poco más largo que el horizonte temporal biográfico de las vidas individuales y bastante más extenso que las pesquisas microhistóricas en archivos. Bueno, dice la gente, las biografías se venden bien. Y es verdad, siempre que la biografía sea sobre alguien que vivió en 1776, digamos Ben Franklin o Thomas Jefferson: los lectores saben cómo encajan esas personalidades en su tiempo. Incluso un estadounidense sin nada más que la escuela primaria sabe dónde van esas historias. Para comprender otras revoluciones o acontecimientos (digamos la comuna de París o la historia del carbón), el lector ordinario necesita saber cómo situarlo cronológicamente. Y ahí es donde la historia a largo plazo cobra relevancia: en la amplitud de cincuenta, cien o doscientos años. Es una herramienta para la educación y la comunicación. Necesitamos historias a largo plazo sobre luchas, movimientos y reformas que funcionaron, y necesitamos docenas de ellas.

A.L.: En España se estudia historia en términos globales, pero la literatura siempre es española. ¿Aspiramos a tener una historia global sin renunciar a una literatura nacional?

J.G.: La historia nacional y el canon literario nacionalista crecieron a la vez en el siglo XIX, cuando el nacionalismo llegó a ser el recipiente de las energías románticas. En un mundo hegeliano, estaba bien visto por los intelectuales y los jóvenes con formación definirse como siervos del espíritu humano a través de la nación. El hecho de que los departamentos de historia y de literatura estuvieran organizados alrededor de las tradiciones nacionales es una forma de pereza institucional, y hay alternativas de diferente calibre. Por ejemplo, la literatura comparada (mi primera carrera), la literatura universal [world literature], los estudios internacionales y la historia mundial. Si yo aconsejara a un joven sobre qué hacer con todas esas opciones, le animaría a leer tanto y tan variado como fuera posible: Lope de Vega yDickens... yShah Tahmasp yTagore.

El conflicto entre élites internacionales y movimientos populares propician escenarios como el Brexit

En realidad, esto no es más que una respuesta preliminar bastante trillada. La perspectiva crítica sobre el estado-nación lleva ya tiempo: Kant vislumbraba un sujeto cosmopolita e internacional a través de las ideas y de los intercambios internacionales del capitalismo; Marx vislumbraba un movimiento internacional de sindicatos que superarían la idea misma de estado-nación. La literatura comparada floreció en los años setenta. La historia mundial surgió en los noventa. Actualmente, seguimos en estados-nación, pero las élites han sido desplazadas de sus propias tradiciones y los movimientos populares que se organizan a niveles locales aún tienen una escala nacional: Podemos, el Movimiento Girasol de Taiwán o Black Lives Matter. El conflicto entre élites internacionales y movimientos populares propician escenarios como el Brexit, que puede entenderse como el intento por parte del británico corriente de expulsar a las adineradas élites internacionales de Londres, una ciudad que ya pocos de nosotros se pueden permitir visitar.

La pregunta sobre qué leer, ya sea en historia o en literatura, se convierte en una cuestión ética: ¿con quién necesito ser solidario como consecuencia de mi propia integridad intelectual? Para mí, como norteamericana que vive en una época imperialista mitificada por el lenguaje de la democracia y el capitalismo, eso significa estudiar el Imperio Británico y los orígenes de la democracia moderna y del capitalismo. También significa prestar cada vez más atención a la periferia del Imperio, especialmente Escocia, Irlanda e India, donde las promesas de prosperidad se resquebrajaron y las culturas políticas alternativas se desarrollaron con ímpetu. Eso significa que ahora mismo estoy leyendo mucho más a Yeats y a Tagore.

Uno de los grandes desafíos de hacer historia de manera crítica es encontrar alguna verdad que las personas habitualmente no comprenden

A.L.: Imagine que usted es una hispanista reputada. ¿Qué periodo estudiaría?

J.G.: Trabajo en un monográfico sobre la reforma agraria, así que se necesitaría una historia panhispánica de la distribución de las tierras, desde las culturas indígenas en Latinoamérica a las revoluciones del siglo XX. Hay excelentes estudios nacionales y obras muy convincentes sobre la cartografía y los espacios en grandes periodos de tiempo. Me encantaría ver cómo llega ese tipo de investigaciones al lector medio. Hay importantes reformas de la tierra en Brasil y Colombia en estos momentos, y el resto del mundo necesita acercarse a esos dos movimientos tan diferentes en un rango mayor de luchas más duraderas.

A.L.: ¿Qué me dice del cine? ¿Se atreve a recomendar algo?

J.G.: Estoy prendada de Adam Curtis porque cada generación extrae diferentes lecciones de esas producciones. Creo que hubo un momento anterior en los estudios culturales donde los historiadores decían algo así como: "Mira, la película está impregnada de ideología" y eso suponía una revelación. Mi generación, moldeada por la teoría cultural, creció aprendiendo a ver cómo la ideología se filtraba en todos los medios. Lo que hace Curtis es ir un paso más allá. Trabaja con archivos descomunales (material de archivo del siglo XX) e intenta contar historias a escala global. Esa es una dimensión realmente abrumadora con la que trabajar. Plantea algunas cuestiones de escala que se dan en los archivos digitales. ¿Cómo hacer buenas elecciones para acotar la búsqueda? ¿Cómo desafíar las narrativas heredadas? ¿Cómo tomar ejemplos que vayan más allá de los sesgos de otros historiadores? Curtis a veces toma prestadas narrativas de historiadores críticos que han estudiado esas conexiones, pero él encuentra materiales nuevos para iluminar su relato. Y eso es impresionante, aunque tan solo sea por la escala. Es como el aforismo que los deconstruccionistas solían emplear: "La verdad está oculta a plena vista". Después de todo, uno de los grandes desafíos de hacer historia de manera crítica es encontrar alguna verdad que las personas habitualmente no comprenden o de la que no se percatan, incluso aunque esté frente a nosotros todo el tiempo.

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