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18/01/2018 07:31 CET | Actualizado 18/01/2018 12:05 CET

Pongamos que hablo de abuso policial

EFE

La tentación de jugar sucio por parte de la autoridad.

Los monopolistas de la violencia legítima.

Voy a contar una pequeña historia sobre abuso policial. Nada que contenga violencia extrema o un trasfondo racial, como muestra la reciente película Detroit. La historia que voy a contar es un abuso policial menos trascendente. Si (la poli) me deja hacer una analogía, este relato sería como una carga policial en la que solo hay porras o tonfas, no pelotazos de goma que le puedan saltar el ojo a alguien.

Pongamos que hablo de un hermano que está en casa cuidando de su bebé. Pongamos por caso que la policía llama al portero electrónico y dice: "Somos la policía, abra que necesitamos entrar en su portal". Ese hermano que tengo es desconfiado y contesta que él no abre a nadie ya que no tiene videoportero. La policía se las apaña para entrar y se dirige al hogar donde hay algún tipo de conflicto. Cuando lo resuelve (si es que lo resuelve), llama a la puerta del incauto que no quiso abrirle. Los polis malos (aquí ninguno hizo de poli bueno) le reprochan que ha obstruido a la justicia. Pongamos que mi hermano responde que, le crean o no, él no abre la puerta a nadie por desconfianza. La policía insiste en que eso es obstrucción a la justicia, le pide el DNI (en su propia casa) para identificar a un padre coraje tan sui generis y se va. Al cabo de unos meses, llega por sorpresa una sanción de seiscientos euros por obstrucción a la justicia y por "otras cosas" (delito tipificado en el código penal, como todo el mundo sabe).

No basta con ser un policía íntegro y transparente, hay que parecerlo.

Ese modus operandi es el de un cobarde consumado: multo y que se joda el afectado porque no puede identificarme (ni se identificaron entonces, ni la sanción viene con nombres y apellidos o con número de placa). En otras palabras: "Cómete la multa, cabrón, que aquí mando yo". Esto no es una anécdota sacada de una novela de Philip Roth, donde una pequeña acción obstinada conduce a la fatalidad. Es una historia real made in Málaga.

Pongamos que hace años yo mismo llamé a la policía por un caso de violencia machista. La policía tocó en mi portero electrónico para poder entrar en el portal y frenar un caso de violencia que se daba en un piso cercano. Los vecinos solo vieron que varios policías llamaban a mi casa. Si quieres discreción, desaconsejo este procedimiento. Además, pongamos que hay dos coches de policía fatal aparcados al lado de mi casa. Hasta hice fotos, pero un servidor no quiere ser sancionado por ir de listo y querer sacar las vergüenzas al cuerpo. A propósito, el tópico dice que los policías nacionales tienen vocación y voluntad de servicio público, mientras que los locales solo quieren ganar más dinero que los nacionales. ¿Adivinan de quiénes eran los coches mal aparcados?

De todos modos, esto nos desvía de la cuestión crucial: la policía tiene que ser ejemplar y la ejemplaridad pública es casi la única baza que tiene para lograr algo de credibilidad.

Lo repito, ya que los policías hasta hace poco no necesitaban ni sacarse el Bachillerato (esto no es un ataque a los polis, sino a quienes diseñan las oposiciones): no basta con ser íntegro y transparente, hay que parecerlo. La ejemplaridad pública no es un capricho, sino una virtud ciudadana.

Anunciar una denuncia de abuso

En los cines pueden ver la genial Tres anuncios en las afueras, la historia de una madre que paga por unos carteles que conminan a la policía a que encuentre al asesino de su hija, en lugar de dedicarse a no hacer nada o a dar palizas a negros.

Esta columna del Huff debería funcionar como uno de esos desagradables anuncios: queridos polis, por favor, esfuércense por hacer bien su trabajo. Den ejemplo. Dejen de multar a gente que cambia pañales y solucionen los problemas en vez de crearlos.

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