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21/04/2018 09:56 CEST | Actualizado 21/04/2018 09:57 CEST

Tengo un horrible trastorno obsesivo compulsivo del que pocos han oído hablar

Tero Vesalainen via Getty Images

Advertencia al lector: en este post hay contenido gráfico y perturbador.

Tenía 14 años y trabajaba de niñero cuando aparecieron por primera vez esos pensamientos.

"¿Y si quisiera hacerle daño al niño al que estoy cuidando? ¿Y si fuera a su cuarto mientras duerme y le hiciera daño?".

Lógicamente, sabía que no quería maltratar a este niño ni a ningún otro, pero esos pensamientos eran más listos que yo. Eran engañosos y siempre tenían una réplica para cada reafirmación que me hacía.

"Igual ya le has hecho daño", me insinuaban los pensamientos. "Igual ya lo hiciste al entrar en algún trance disociativo y por eso no lo recuerdas. Igual te has traumatizado tanto a ti mismo haciéndole daño al niño que has bloqueado esos recuerdos".

El pánico venía de la mano con mis pensamientos y solo me confundía más. El niño estaba durmiendo y estaba a salvo, pero a los pensamientos les daba igual. "Vuelve a comprobarlo otra y otra vez", me decían. Cada vez que iba a ver qué tal estaba el niño, estaba bien. Pero eso tampoco detuvo los pensamientos. Ni el miedo. De hecho, los intensificaba.

Llegaron las vacaciones de verano, pero eso no dio tregua a las imágenes que creaba mi mente sobre mí mismo dañando a la gente. Viví durante meses inmerso en una inestable neblina de pánico. Mis padres se fueron de vacaciones: "¿Y si violaba y asesinaba a la mujer que iba a cuidar de mí?". Fui a visitar a mi familia: "¿Y si empezaba a caminar sonámbulo y atacaba a mis primos?".

Era demasiada presión para un joven adolescente.

Cuando aprendí a conducir, cada bache en la carretera se transformaba en un niño en bicicleta. Empezaba a circular alrededor de la manzana para comprobar que no hubiera sangre por el suelo ni una bicicleta destrozada, y en ocasiones daba más de una vuelta. Comprobaba los partes de accidentes de la Policía para asegurarme de que no hubiera atropellos y fugas sin resolver.

No podía comer. No podía relacionarme. No podía trabajar. No podía con ello.

Era consciente de que no podía contarle a nadie lo que pensaba y sentía. Podrían pensar que era un joven peligroso o un loco. Quizás hasta habrían llamado a la Policía o me habrían mandado a un psiquiátrico. O ambas cosas.

Vivir con un secreto tan extraño era asfixiante. Hacía todo lo posible para mantenerlo oculto, pero mis padres notaban que algo me contrariaba. Aun así, nunca les dije lo que pensaba. En vez de eso, me tragué el pánico y seguí adelante lo mejor que pude.

Más adelante, cuando era un veinteañero y vivía en Nueva York, estaba rodeado de "objetivos potenciales" a los que tenía miedo de hacer daño.

"¿Y si subiera a ese vagón y atracara a ese niño pequeño que está yendo al colegio? ¿Y si contrajera verrugas genitales, contagiara a la mujer con la que estoy saliendo y esta acabara padeciendo cáncer de cuello uterino? Será mejor subir a otro vagón e ir a una clínica para asegurarme".

No podía comer. No podía relacionarme. No podía trabajar. No podía con ello.

Para cuando estaba a punto de cumplir los 30 años, mis pensamientos intrusivos eran tan hirientes que supe que, o me suicidaba, o buscaba una terapia. No quería destrozar a mi familia, así que decidí probar primero la terapia. Fue terriblemente intimidante intentar explicarle mis pensamientos a otra persona.

Para cuando estaba a punto de cumplir los 30 años, mis pensamientos intrusivos eran tan hirientes que supe que, o me suicidaba, o buscaba una terapia.

Pero lo hice. Me senté ante un agradable terapeuta y, por primera vez en mi vida, desvelé mis secretos a otra persona. Afortunadamente, lo comprendió, mostró empatía y me ofreció apoyo profesional. Fue un alivio tremendo. Aun así, este terapeuta no era un experto en TOC (trastornos obsesivos compulsivos), y menos un experto en el tipo concreto de TOC que tenía yo. Me ayudó, pero estaba claro que no sabía cómo tratar realmente esta clase de pensamientos. Por suerte, en ningún momento pensó que yo hubiera realizado lo que me sugerían los pensamientos, que lo fuera a hacer ni que estuviera loco. Sin embargo, no sabía qué más hacer por mí, de modo que mi primera ronda de terapias naufragó. Seguí teniendo ansiedad y los pensamientos de hacer daño a la gente me seguían persiguiendo.

En mi desesperación, busqué por Internet alguna experiencia que se pareciera a la mía. Al final, después de varios años, encontré una. Era una entrada de Wikipedia titulada Pensamientos intrusivos. El artículo decía que la mayoría de la gente tiene pensamientos inquietantes, pero que solo algunos se obsesionaban con ellos. En concreto, las personas que padecen una variante menos conocida de TOC llamada TOC obsesivo puro.

También conocido como obsesión pura, este trastorno se produce sin la ritualización obsesiva que se asocia de forma habitual a los TOC. Los que padecemos TOC obsesivo puro no estamos obsesionados con lavarnos las manos. Tampoco contamos la cantidad de veces que encendemos y apagamos el interruptor de la luz. La obsesión pura está solo en la mente.

Quienes padecen TOC obsesivo puro temen haber llevado a la práctica sus más siniestros pensamientos, aunque la lógica diga lo contrario.

El TOC obsesivo puro, según descubrí, saca partido de los peores temores y los valores más apreciados de las personas que lo sufren. A una persona empática como yo, le atormentará convertirse en una amenaza y hacer daño a alguien. A una persona devota le perseguirán los pensamientos blasfemos. A un padre primerizo le angustiará estar abusando de su hijo recién nacido al bañarlo. A otra persona le puede aterrorizar estar "volviéndose" gay en esa misma situación. Por si fuera poco, quienes padecen TOC obsesivo puro pueden tener miedo de haber llevado ya a la práctica alguno de sus más siniestros pensamientos, aunque la lógica diga lo contrario.

Yo mismo pude verme reflejado en todo lo anterior. Era la primera vez en mi vida que leía algo similar a lo que me pasaba a mí. Los pensamientos y el pánico persistían, pero al menos ya no estaba solo.

Según fui aprendiendo, el TOC obsesivo puro es destructivo y difícil de suprimir, pero fácil de tratar, afortunadamente. Existe un tipo de terapia conductista cognitiva especializada que funciona exponiendo al paciente a sus pensamientos inquietantes. Aunque es aterrador empezar este tratamiento, en el que el paciente se enfrenta una y otra vez a sus peores temores, la exposición repetida a los pensamientos intrusivos bajo la supervisión de un terapeuta cualificado acaba reduciendo sus consecuencias. Conforme el cerebro y el cuerpo aprenden que los pensamientos intrusivos no son amenazas reales, el paciente se va insensibilizando ante ellos hasta lograr lidiar con sus temores e interrumpir la espiral del pánico y la continua búsqueda de seguridad que alimenta el TOC obsesivo puro.

Tuve suerte de encontrar a mi terapeuta, que está especializado en tratar el TOC obsesivo puro mediante terapia conductista cognitiva. El tratamiento fue intimidante y agotador, pero el doctor creyó en mí y yo me negué a darme por vencido. Me enseñó a prestar atención a los pensamientos intrusivos en cuanto aparecieran y que me recreara en los detalles más sangrientos soportando el terror hasta que se pasara.

He aprendido que, si se evitan esos pensamientos, el cuerpo entiende que son una amenaza real. Cada vez que uno intenta sacudirse de encima sus pensamientos intrusivos, lo que hace es robustecerlos, ya que confirma que el cuerpo tiene razón al reaccionar con miedo, alimentando así una espiral de ansiedad cada vez mayor.

Cada vez que uno intenta sacudirse de encima sus pensamientos intrusivos, lo que hace es robustecerlos.

Durante un par de años, mi terapeuta y yo progresamos e intensificamos la exposición a mis pensamientos. Encontré una noticia sobre un niño que había sufrido abusos sexuales y la leía a diario. Al final, escribí una carta de "confesión" en la que narré los detalles de mis más terribles "crímenes" y la empecé a leer también a diario. Al exponerme a estos pensamientos y soportar todo el pánico hasta calmarme, aprendí a gestionar mi TOC obsesivo puro.

Ya han pasado unos pocos años desde que acabé la terapia. Aunque los pensamientos intrusivos aún aparecen de forma esporádica, ahora tengo las herramientas para hacerme cargo de la situación. Llevo mucho tiempo sin sufrir ningún ataque de pánico. Gestionar mi TOC obsesivo puro es una misión siempre en proceso, pero ya no está en el primer plano de mi mente. Aunque soy consciente de que la vida y las tragedias pueden devolverme a la espiral de los pensamientos intrusivos, del pánico y de la oposición, sigo confiando en que ahora tengo las herramientas para afrontarlo. Si no, ya sé dónde conseguir ayuda si la necesito.

No termino de creerme lo mucho que me ayudó contar con el tratamiento adecuado. Ya no me siento solo ni aislado. Sigo sufriendo ansiedad, pero ya no es tan tóxica ni imposibilitante. Los pensamientos indeseados de hacer daño a la gente ya no me quitan el aliento. Aparecen, los asumo y se van. Estoy muy agradecido.

Desde que terminé el tratamiento, el TOC obsesivo puro no ha dejado de ganar reconocimiento entre los profesionales de la salud mental y la gente en general. OCD Online es un buen punto de partida si crees que puedes estar sufriendo TOC obsesivo puro. No tengas miedo. Échale un vistazo y verás que no estás solo.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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