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11/12/2018 07:24 CET | Actualizado 11/12/2018 07:24 CET

Cuidado con el Big Bang

Reuters
Quim Torra, en una sesión en el Parlamento de Cataluña.

La antología del ridiculario español, Celtiberia Show diría Luis Carandell, se ha engrosado últimamente con nuevas aportaciones que pasarán a la historia de la estupidez nacional. Recuerdo una historia que nos contaba un concejal de Sanidad de Las Palmas de Gran Canaria cuando a finales de los años 60 puso en marcha el primer plan de desratización. Decía con voz de Orson Welles narrando la invasión de la Tierra por extraterrestres, que mientras las tropas de Napoleón invadían España, por debajo, subterráneamente, se producía otra invasión invisible: la de las ratas, que llegaron a las Islas, y ya no se fueron, a bordo de los veleros que hacían el tráfico con la Península.

Así, debajo de la superficie real del paisaje político español hay otra realidad paralela: la ola de estupidez que, en la variante castiza, se está extendiendo por Europa, y que nos ha llegado corregida a peor y aumentada: la demagogia, las mentiras, el desvergonzado mensaje populista que, como demuestra la historia, es el clásico engañabobos de los ambiciosos.

Esto lo vemos reflejado en las redes sociales, que rezuman odio, mezquindad y frustración mutada en resentimiento e inquina. El gota a gota de las falsedades cala en el pueblo, que a veces corre el riesgo de degenerar en populacho. Las fake news han tomado carta de naturaleza, e interfieren en la política hasta extremos antes impensables. Son capaces de modificar estados de opinión y descerebrar a grandes masas de población propensas a las teorías de la conspiración y a las pamplinas de los papamoscas, que diría Tom Wolfe.

Hay en España ejemplos diarios de alta categoría en la especialidad. Un caso concreto: la valoración que hacia el subjefe segundo de Podemos, Pablo Echenique, sobre el aplauso y ovación que las Cortes – menos los diputados podemitas y separatistas- le dedicaron al Rey Juan Carlos I. "Fue vergonzoso", dijo, impermeable a la gilipollez, que hoy parece una señal de distinción peronista.

Este dirigente morado había puesto, metafóricamente hablando, a un elefante y una novia de SM en un platillo de la balanza, y en el otro, a la entera Transición y a la labor del Monarca durante cuarenta democráticos años de paz en España.

Casado y Rivera, en cuanto han tocado el cielo en Andalucía, se han quitado la careta de modosidad y altura de miras.

Gentes de izquierda, honestas, comprometidas con el proceso hacia la democracia, recién llegados del exilio, fueron muy claros al respecto: vestidos con austera elegancia, en señal de respeto al lugar donde reside la soberanía popular, alertaron de que los radicalismos podían acabar con la delicada operación para la reconciliación nacional. "Nunca más – dijeron, y así figura en actas y hemerotecas- otra guerra civil".

El aplauso de los parlamentarios puestos en pie tuvo ese motivo. No aplaudieron la aventura desgraciada en Bostwana mientras cazaba elefantes, ni los amoríos e infidelidades del Rey ahora emérito, es decir, medio florero, ni sus meteduras de pata, ni sus malas compañías. Aplaudieron su importante papel en la democratización, en acabar con el aislamiento español en el mundo, y en todo el proceso de normalización del país, que progresivamente dejó de ser el de la charanga, la pandereta y la chapuza; aunque algo queda aún.

Es lógico, por otra parte, que Podemos o al menos el 'núcleo duro' que no oculta su admiración por la brujería bolivariana de Venezuela, no estén de acuerdo con el papel del monarca, ni con los 'padres constituyentes', porque su modelo 'máximo' es otro muy distinto.

La celebración de los 40 años de la CE78 coincide con otras circunstancias que si algo sacan a la luz es la baja calidad intelectual y deficiente sentido de Estado de la mayor parte de la clase política. No hay líder que, en momentos de verdad azarosos para la Nación haya sido capaz de hilar un discurso y un programa acorde con las necesidades del pueblo. Ni las nuevas promesas de la derecha, ni las de la izquierda. Casado y Rivera, en cuanto han tocado el cielo en Andalucía, se han quitado la careta de modosidad y altura de miras.

Cuando Podemos pisa el acelerador de su tic antisistema que lleva en los genes dominantes, y con sus aliados y franquicias busca un caladero de votos con la guerra a la monarquía, el presidente Sánchez habla de que hasta el propio Felipe VI estaría de acuerdo en liquidar la inviolabilidad del Jefe del Estado. No lo plantea desde la seguridad que daría contar con un Tribunal Constitucional, un Tribunal Supremo, un Consejo General del Poder Judicial, en los que no hubiera banderías y socarronerías partidarias, sino cuando todavía son actualidad los escándalos que rodearon la nominación del nuevo presidente del TS y del CGPJ por el desvergonzado cambio de cromos de unos partidos que se pusieron de acuerdo al margen del canal parlamentario. A mayores, poner sobre la mesa la desinviolabilidad del monarca en medio del disparatado y explosivo conflicto separatista de Cataluña es, sencillamente, una clara demostración de minusvalía política, por no emplear la más acertada palabra 'subnormalidad'.

El 'oasis catalán', tan publicitado por el ex honorable Pujol, se ha convertido en un circo... al que le crecen los enanos. La última, podríamos llamar gamberrada, del presidente delegado Quim Torra, es de cum laude de la mala fe. Como es improbable que sea mero producto de la imbecilidad habría que convenir en que se trata de un meditado intento de agravar el conflicto... hasta el extremo.

Este hombre, según se acepta en el propio entorno 'indepe' es un dechado enciclopédico de mediocridad, cuyo único mérito es no sentir vergüenza de ser un títere del huido Carles Puigdemont, vanitas vanitatis.

Producto de su estrategia, o de la ajena, se ha esforzado en pedirle a los Comités de Defensa de la República, CDR, que aumenten la presión en la calle. En al menos dos ocasiones la actuación de los mossos, bien sea defendiendo la inviolabilidad del Parlamento autonómico, o protegiendo el derecho de reunión, manifestación y expresión de quien sea, de Vox por ejemplo, ha recibido la airada crítica de Torra, los CDR y la CUP. Hasta el punto de que el president ha llamado la atención al consejero de Interior, cuya destitución se cree inminente, por haber permitido que la policía antidisturbios de la Generalitat disolviera a los agresivos contra-manifestantes, con igual contundencia que la empleada por la Policía Nacional y la Guardia Civil contra los 'rebeldes' que tomaron las calles catalanas el 1-O, día del referéndum ilegal.

Tener vergüenza de la unidad, de España o de Europa, es como querer volver a ser bebé, semilla o polvo estelar del Big-Bang.

Llegados a este punto no solo es lícito, sino que es sensato, preguntarse si lo que Quim Torra está buscando es acaso que la 'marea humana' embravecida por las noticias falsas, las huelgas de hambre o las dietas de los figurones y las mentiras fabricadas por el estado mayor separatista, el mismo que preparó un golpe blando que trató de liquidar la legalidad autonómica y constitucional en Cataluña, podía provocar un enfrentamiento civil de imprevisibles, pero catastróficas consecuencias. La 'recuperación de las calles' para los separatistas, que ha sido un objetivo reconocido por los promotores de la causa contra el consejero de Interior, podría provocar heridos y quién sabe si un muerto. Ese 'muerto providencial' que buscan las revoluciones para incendiar los ánimos y aprovechar la ocasión para el enardecimiento y la revuelta prefabricada.

Aunque aún se pretende edulcorar la gravedad de la situación, e ignorar que algunos tratan de prender la mecha, Cataluña está al borde del precipicio.

Los sucesos de París, por otra parte, no son precisamente una señal tranquilizadora. Los 'chalecos amarillos' están acosando a Emmanuel Macron y a la República con este particular Diciembre del 2018, medio siglo después del Mayo del 68 que puso en jaque a De Gaulle y a su V República. Camioneros, trabajadores, la izquierda comunista, el populismo, la ultraderecha, los estudiantes...

No. España no está para otra cosa que no sea trabajar con responsabilidad nacional para solucionar los problemas que agobian a la gente. Trabajar con sensatez, dignidad democrática, lealtad constitucional, eficacia en la gestión y visión de futuro. Y firmeza en la defensa de la Constitución.

Sí, hay que cambiar algunas cosas de la Ley Fundamental: pero la más importante es obedecer sus mandatos sobre el Estado social, el interés general, la igualdad de todos los ciudadanos, hayan nacido en Cataluña, Madrid o Guinea Bissau, y la unidad de España.

Tener vergüenza de la unidad, de España o de Europa, es como querer volver a ser bebé, semilla o polvo estelar del Big-Bang. Ojo con las brujerías.

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