BLOGS
30/10/2018 07:20 CET | Actualizado 30/10/2018 07:20 CET

El odio es lo que tiene, siempre acaba mal

Ricardo Moraes / Reuters
Un seguidor de Bolsonaro con una máscara de Donald Trump.

A veces, y a pesar de los consejos y hasta de los desprecios de Tom Wolfe por el empleo de frases hechas, no puedo evitar referirme a algún refrán, eso sí, con la sana intención de probar incluso lo evidente: que desde la más remota antigüedad está archidemostrado que "quien siembra vientos, recoge tempestades".

En el mundo de hoy, y más que nunca, porque las redes sociales son trinchera de malvados francotiradores, hay que tomar en seria consideración la capacidad destructiva de las palabras cargadas con la munición del resentimiento. Lo vemos en la America First del presidente Donald Trump, en la Cataluña abducida por Puigdenont, Torra, Tardá, Rufián, Junqueras y compañía ora pro nobis, y en general lo estamos viendo en todas partes. En la UE, pero también en la Venezuela trastornada de Maduro, en el Brasil que ha convertido la elección de su nuevo presidente en una mascarada tras un golpe 'justiciero' perfectamente orquestado – y si non e vero e ben trovato- para desbancar a Lula da Silva y a Dilma Rousseff... y dejar paso a Jair Bolsonaro, un exmilitar ultraderechista homófobo y admirador de las dictaduras milicas.

El actual inquilino de la Casa Blanca ya está considerado por la opinión pública mundial como el peor presidente que ha tenido EE UU; y eso que los ha tenido malos, incompetentes y embaucadores. Como en pocos momentos anteriores -excepción hecha de la Guerra de Secesión, cuando Lincoln no consintió la autodeterminación del Sur- el pueblo norteamericano se ha encontrado tan hondamente dividido. Los dos grandes partidos, el Republicano y el Demócrata siempre han solido respetar las formas y nunca han puesto en duda los valores fundacionales supremos sobre los que se sustenta la convivencia.

El 'efecto Trump' debe ser tenido en cuenta en toda Europa. Porque en toda Europa están aullando y enseñando los colmillos los lobos del pasado

Nunca, o casi nunca, se ha atacado con tanta saña la independencia y la función crítica de la prensa, consagrada en la Primera Enmienda; nunca se ha predicado desde la Casa Blanca el odio a los demócratas, con hitos de puro delirium tremens cuando se trata de Barack Obama o de Bill o Hillary Clinton, el odio a los inmigrantes –un odio cargado con los perdigones de la mentira- ; el desprecio a las mujeres, odio al fin y al cabo, y, resumiendo, declarando una particular y primitiva 'yihad' a todo lo que no coincida con los lugares comunes de la limitada inteligencia del millonario que concibe la Presidencia de la Nación como la dirección de uno de sus casinos.

No ha llegado aún a la mitad de su mandato y ya la superpotencia indiscutida ha dejado de ser un socio fiable para sus aliados, que poco a poco van a necesitarla cada vez menos. Mientras tanto, el odio hace su trabajo silencioso, y tantas mentiras lanzadas vía Twiter por este personaje psíquicamente inestable, y al tuiterismo compulsivo del despertar me remito, ya han tenido sus efectos: uno, es 'inmaterial', como los patrimonios de la UNESCO. Está, pero no se le ve. Es el virus que corroe por dentro a una porción de la sociedad americana, el que necesita palabras simples para sus simples cerebros, esa gente que siempre desea un 'hombre fuerte' que ponga ley y orden, aunque esa ley y orden contravenga el orden y la ley.

El otro efecto ya se puede ver. Como en ese votante republicano cargado de resentimiento que ha actuado como mensajero de los delirios del trumpismo y se ha dedicado a enviar bombas por correo a destacados personajes demócratas.

Probablemente esto no constituya una prueba para ese impeachment que ya cuenta con destacados promotores, incluso con millonarios que han donado grandes cantidades para sufragar sus costes. Quizás los juzgadores no juzguen suficientemente demostrada la causa-efecto. Palabras-bombas. Eso de la causa-efecto es muy complejo: en su día los jueces españoles no encontraron una relación causal indubitable entre los regalos a algunos líderes del PP y sus actos políticos. En principio parecía que se podía aplicar la primera propiedad transitiva, pero luego no fue así. Sin embargo, al cabo del tiempo ese hilo conductor quedó demostrado en cientos de casos, que, en su conjunto, dieron forma a los 'papeles de Bárcenas' y a los sumarios de la 'Operación Gürtel'.

El 'proceso' separatista catalán también se ha ido construyendo con ladrillos de aversión

Hay que tener cuidado con los deseos, porque a veces se consiguen. Trump no lo tuvo en cuenta, quizá no pensó –aunque eso de pensar tampoco parece estar suficientemente acreditado en el personaje- que los odios que lanza al viento pudieran provocar crímenes de odio y bombazos. Pero sus recientes soflamas contra las caravanas de inmigrantes hispanos que huyen de la pobreza hondureña, en general centroamericana, y que vía México tratan de entrar en EEUU, con sus acusaciones de que entre ellos van terroristas, narcotraficantes – aunque los narcotraficantes viajan en aviones, lanchas y limusinas- están consiguiendo que en muchos lugares se mire con hostilidad y desconfianza al 'otro'.

El crimen de un negro es distinto al crimen de un blanco. Trump quiere una América blanca y rubia. Todo lo demás para él es peligroso. Huele mal. Es sospechoso.

El 'proceso' separatista catalán también se ha ido construyendo con ladrillos de aversión. Pocos lo quisieron ver; el primer empresario que lo advirtió públicamente hace casi un decenio fue el dueño de Planeta, José Manuel Lara. Dijo algo que nadie se había atrevido a decir hasta entonces en voz alta y ante micrófonos: que las familias antes unidas fraternalmente comenzaban a estar divididas. Era cuando asomaban ya las esteladas desafiantes en los balcones de Barcelona, que le iban robando ventanas a las senyeras de toda la vida.

Esa división quebró la unidad del catalanismo como elemento aglutinador de todas las sensibilidades políticas, la gran utopía de Josep Tarradellas. El catalanismo saltó por los aires, y destrozó a los últimos mohicanos, el PSC, porque tras el 'proceso' el separatismo confiscó ese territorio en zona de nadie.

La contemporización de la socialdemocracia con el podemismo y sus hijuelas pueden provocar una situación de caos político extremo

El fracaso del PSC jugando al equilibrismo y la ambigüedad no ha servido como lección aprendida para Ada Colau y sus comunes, muy comunes por lo visto, que quieren repicar y decir misa. La declaración municipal que se adhiere a la del Parlament, de reprobar al Rey Felipe VI y combatir la monarquía democrática sienta las bases de una nueva estrategia antisistema muy peligrosa: si los demás partidos constitucionalistas no paran con visión de futuro y razón de Estado este tipo de declaraciones en los ayuntamientos, diputaciones y comunidades de España, se corre el riesgo de volver a una situación guerracivilista, aunque sea una guerra por otros medios. Ya veremos.

El problema es que aunque no será esa su intención, el tango de Pedro Sánchez con varias parejas en pista, todas, malas compañías para el PSOE, puede dar fuerza a los enemigos de la Constitución y de la actual democracia parlamentaria. La contemporización de la socialdemocracia con el podemismo y sus hijuelas en la Comunidad Valenciana y Baleares, haciéndole arrumacos a la idea del delirante imperio de los Països Catalans, y sus hipotecas municipales o regionales, pueden abrir la esclusa de los complejos y resentimientos y provocar una situación de caos político extremo.

Pueden rasgarse las vestiduras los buenistas, timoratos y optimistas patológicos, pero parece haber comenzado la estrategia de una 'declaración republicana' a través de pronunciamientos de instituciones bajo el control de Podemos y de los nacionalismos independentistas, y compañeros de viaje.

Todo esto conforma una 'internacional' que tiene la vista puesta en el Parlamento de Estrasburgo

El 'efecto Trump' debe ser tenido en cuenta en toda Europa. Porque en toda Europa están aullando y enseñando los colmillos los lobos del pasado. La explosiva combinación del populismo y el nacionalismo es el nuevo fantasma que recorre el continente. La extrema derecha quiere reconquistar Alemania, y ya ha tomado posiciones en Francia, y asoma en los países nórdicos, gobierna en Italia, infecta a Polonia y Hungría, arrulla a los holandeses, es clave en Austria... Todo esto conforma una 'internacional' que tiene la vista puesta en el Parlamento de Estrasburgo.

Es, en el ámbito europeo, el equivalente a los por ahora invisibles planes de desestabilización y debilitamiento de la democracia española mediante el ataque a la monarquía constitucional desde unas instituciones manejadas como quinta columna.

Y Sánchez ¿no lo ve? Aunque en Babia (León) no se vea el mar, se estudia en los libros de texto.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs