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17/07/2018 07:36 CEST | Actualizado 17/07/2018 07:40 CEST

El otoño del monarca

El rey Juan Carlos, a la salida de un centro médico tras una operación de rodilla, en 2011.
EFE
El rey Juan Carlos, a la salida de un centro médico tras una operación de rodilla, en 2011.

La Transición no hubiera sido la misma, seguramente, sin el rey Juan Carlos I. La elección de Adolfo Suárez demostró su olfato político, pero, con el tiempo, el olfato disminuye y se atrofia. Fueron años de gloria, de visitas a miles de pueblos y ciudades con un público entregado. Creó una monarquía sin monárquicos, pero con millones de 'juancarlistas'.

Hasta la izquierda republicana le apoyó en aquella travesía desde la dictadura a la libertad. Santiago Carrillo convencía a los militantes comunistas, reacios a reponer coronas, de que lo que importaba no era la forma sino el fondo: la democracia. En los debates constitucionales lo advirtió con claridad a los que mantenían la alternativa republicana: "Por ese camino nos podemos encontrar con que nos quedamos sin república...y sin democracia". Felipe González dijo, tras la aprobación de la Constitución, que Juan Carlos ya no era un rey franquista, sino un rey constitucional.

Fue otro de los 'grandes consensos' que hicieron posible el milagro español que asombró al mundo, y que fue tomado como ejemplo para otras transiciones. Luego vio el 23F, y el Rey cortocircuitó el golpe de Estado de Alfonso Armada, que quería ser un De Gaulle español y castizo; de Milans, Tejero y compañía limitada. Borboneando, que le venía de familia, o exigiendo disciplina a los generales. Lo que importan son los resultados, no las teorías.

En pocos días dilapidó irresponsablemente todo la credibilidad y la imagen adquirida desde 1976

Cuando salió en televisión, vestido de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, el pueblo respiró, en un enorme y sostenido suspiro de alivio. Aquél peligro latente de una guerra civil, a la que se referían los recién salidos de la clandestinidad o de las prisiones, como los salidos de las manos de Billy el Niño, o de los llegados del exilio, que estuvo soplando miedos desde el día en que murió Franco, desapareció, el caudillo hiperbólico, desapareció.

Excepto algunos pequeños reductos nostálgicos, la gente se hizo accidentalista. Los republicanos fueron perdiendo presencia y latencia. Seguían con sus ritos insobornables, inasequibles al paso del tiempo, las banderas, las celebraciones, pero el rey, y la reina Sofía, fueron haciéndose parte de la naturaleza. Por donde pasaban, muchas banderitas, muchos 'viva los reyes', muchas manos queriendo tocar las suyas.

De repente, y entretanto el Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, dejaba atrás la juventud y entraba en la madurez, reflexiva, responsable, bien preparada, y casado con una periodista plebeya, Leticia, su padre el Rey inició un declive, primero imperceptible, salvo algún rumor, algún pecadillo de bragueta, que hacía las delicias de tertulianos y periodistas rosas, hasta que sobrevino el terremoto de la caza de elefantes en Botsuana acompañado de una tal Princesa Corinna, en la madrugada del 13 de abril de 2012. Una metedura de pata – físicamente hablando, la otra vino a continuación- hizo que el suceso adquiriera carácter de escándalo nacional, y serio problema político. No solo afloró con toda su crudeza su infidelidad, que fue ocasión propicia para que saliera la nómina de amantes y amigas íntimas del monarca, sino que el Rey perdió su aura. En pocos días dilapidó irresponsablemente todo la credibilidad y la imagen adquirida desde 1976...

El Tribunal Supremo, tendrá que investigar lo que hay de verdad, lo que hay de trola y lo que hay de trama

Las desgracias nunca viajan solas, sobre todo con los años. El 'caso Urdangarín', el yerno aprovechado que quiso hacer caja traficando con sus influencias y con el prestigio de S.M. removió los cimientos de la monarquía desde 2010, pero sobre todo desde su imputación y la sentencia del 17 de febrero de 2017 que le condena a 6 años y tres meses de cárcel. Todo ello llevó a la abdicación de un Rey, convertido en leyenda viva, que acabó educadamente jubilado a la fuerza de los hechos. Aún cojeando por la caída en la selva de Bostsuana, con la cadera recompuesta, al salir del hospital dijo aquello de "lo siento, no volverá a suceder".

Pero volvió a suceder. No una cacería, eso era imposible ya, los años no perdonan, pero sí en sus aventuras extramatrimoniales, en sus a veces extraños viajes, en sus amistades...

Hace unos días solamente, aunque parecen años, un policía corrupto que está en la cárcel de Estremera, el famoso comisario Villarejo, conocido como uno de los grandes expertos en cloacas del Estado y fabricación de dosieres a la carta, volvió a poner en jaque al sistema político español. Justo en uno de los peores momentos.

Una grabación realizada en Londres en junio de 2015 por este siniestro personaje ha sido filtrada al parecer para chantajear a la Fiscalía Anticorrupción y al CNI para salir de la cárcel. El audio es de una enorme gravedad: ahí está la novia o lo que sea despechada, la tal Corinna, contando a Villarejo y a Juan Villalonga, el compañero de Colegio de Aznar a quien el expresidente le dio Telefónica para privatizarla, (creo que es otro de los que fueron invitados al bodorrio insolente de El Escorial), que no se sabe todavía si tiene algún papel en esta trama.

Todo esto no puede quedar enterrado bajo la 'razón de Estado' ni en conceptos como 'seguridad nacional'

Lo cierto es que la princesa que no es princesa 'de sangre', sino de papeleo de divorcio, pues el príncipe es su exmarido, ha cantado un recital completo de ópera. Lanza en aquella intimidad 'grabada' de su piso londinense serias acusaciones contra el ex rey, que, técnicamente, la convierten en cómplice, como se diría desde la trama Gürtel, a 'título lucrativo'. Ahí suelta una increíble historia de cohechos, tráfico de influencias, dádivas, lavado de dinero negro, cuentas en el extranjero, comisiones de reyes y jeques árabes...

Por supuesto, todo esto no puede quedar enterrado bajo la 'razón de Estado' ni en conceptos como 'seguridad nacional', en lo que no afecte estrictamente a la misma. Parece obvio que la justicia, el Tribunal Supremo, tendrá que investigar lo que hay de verdad, lo que hay de trola (o 'fake news', que suena más moderno) y lo que hay de trama. Porque esto no ha sido una casualidad; y lo que no es una casualidad tiene una causalidad.

Por el carácter de los implicados, en especial por el protagonismo del comisario experto en alcantarillas, tiene que existir un guión fríamente trazado. El historial de Villarejo es ya de por sí una impresionante novela del género negro. Es decir, que en este asunto están todos los ingredientes de un buen thriller: policías corrompidos y que hacen trabajos de espionaje por encargo; los servicios de inteligencia, que le ponen cerco; negociantes, apandadores o comisionistas con misteriosas conexiones con el poder; la clásica amante despechada tras ser una 'valida' que prosperó a la sombra del rey en su tránsito a la condición de octogenario engañado y toreado; y los tradicionales enemigos de S.M., incluidas élites mediáticas con conexiones con los servicios de información desde viejos tiempos.

Desde que Don Juan Carlos no es rey-rey, o lo es emérito, por no decirle 'ex', ya no goza de inviolabilidad

Apenas acababa Felipe VI de superar la primera fase del golpismo catalán, cuando aún el separatismo mantenía la llama sagrada de sus visiones y fantasías de diseño, y el Estado se recuperaba de la inestabilidad crónica del último tramo del gobierno de Mariano Rajoy, aunque no del crecimiento de los populismos montados por profesionales muy racionales que han encandilado a un electorado 'transversal' desencantado y poco dado a la racionalizar la realidad, y estalla esta bomba lapa adosada a las cuadernas maestras del Reino. En un país, además, que ha adquirido en la UE el importante papel de ser un apoyo vital para la estrategia europeísta, a la que tantos enemigos le están saliendo, no solo en el este, sino incluso en el quintacolumnismo en naciones fundadoras.

El Gobierno, las instituciones del Estado, los partidos, no podrán mirar para otro lado, aunque tampoco se puede actuar en caliente, sin tener a la vista todos los ingredientes y los hilos, tantas veces invisibles, que mueven a las marionetas. Pero será inevitable que las Cortes intervengan, así como el Tribunal Supremo. Esto no será antes, con toda seguridad, de que esté perfectamente diseñado el cortafuegos que impida que las llamas incendien al estado.

De cómo se supere este nuevo desafío depende el futuro

Desde que Don Juan Carlos no es rey-rey, o lo es emérito, por no decirle 'ex', ( BOE del 19 de junio de 2014) ya no goza de inviolabilidad, y como él mismo dijo en sus discursos navideños post Urdangarín, la ley es igual para todos. Una prueba de la fortaleza de esta democracia será esa, precisamente: que se supere sin traumas ver a un ex rey tratado conforme a las leyes. Que se llegue a saber toda la verdad, pero no sólo esa única verdad, sino también las intenciones, si hay conspiración y qué se ha pretendido. Cómo ha sucedido y sigue sucediendo en otros países, sean monarquías o repúblicas.

De cómo se supere este nuevo desafío, mientras se sortea el frente catalán y se afronta el de la corrupción sistémica, y se encara el del resurgimiento de los fantasmas del pasado, y hasta el del porvenir de la UE, depende el futuro.

A veces es inevitable el desencanto y el pesimismo, es cierto. Pero el desánimo se combate con fe democrática. Si la Transición fue un éxito que nos sacó del pasado, su recuerdo es el camino.

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