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18/09/2018 07:18 CEST | Actualizado 18/09/2018 07:18 CEST

Europa, otra vez al borde del abismo

AFP

Suele citarse con frecuencia aquél chiste del general mexicano que arengaba a sus tropas en una de las revoluciones dentro de la revolución que asolaban al país: "¡Mexicanos! -gritaba desde el caballo a sus soldados y a la patria entera- México está al borde del abismo. ¡Tenemos que dar un paso al frente!".

Pues este es el actual dilema de Europa, que han vuelto los más perversos brujos de las tribus con sus pócimas que, como el más poderoso de los estupefacientes, han logrado entontecer a millones de ciudadanos convertidos, como diría el profesor Fernando Lázaro Carreter en uno de sus dardos, en meros humanoides catatónicos. Y estos charlatanes están poniéndonos otra vez al borde del risco.

Por todo el continente aflora un sarpullido de rencor y furia que se creía extinguido, conjurado, por la dolorosa experiencia de dos guerras mundiales con millones de muertos, caídos por una confluencia letal: el racismo, el populismo, el nazismo, el fascismo y el comunismo real. Hoy son audibles los aullidos de los lobos, que acechan como acechaban en el primer tercio del siglo XX. Los jinetes del apocalipsis moderno. Los verdugos disfrazados de corderos.

El liberalismo perdió por completo el sentido original y mutó en una teoría de la rapiña y del enriquecimiento sin estorbos

A estos movimientos mesiánicos y autoritarios sin rubor alguno, desacomplejados, les estorba la unidad europea. La Unión, con todos sus instrumentos para promover la paz y el progreso – incluyendo la ayuda de una Alianza Atlántica compartida con Estados Unidos y Canadá, en occidente, y con Turquía, en el frente oriental- ha sido una solución podría decirse que milagrosa para acabar con tanto dolor como el que ha padecido el Viejo Continente.

La paz y el orden, la democracia y la ley, estorban a los ambiciosos e irritan a los violentos. La pulsión dictatorial no lleva bien el corsé del autocontrol y el respeto a la diversidad.

Cuando parecía que el camino emprendido tras la II Guerra Mundial por los antiguos enemigos, convertidos en colaboradores por su propio interés, iba a conseguir, por fin, el ideal de una especie de gran estado federal continental, el sueño de Carlomagno, adaptado al mundo moderno, y que Europa iba a pasar de ser un mero escenario a ser actor en el concierto internacional y dueña de un destino común, agrupando naciones antaño enemigas, volvieron los fantasmas envueltos en las sábanas blancas que ocultaban su verdadera condición. De nuevo, el baile tenebroso de los endemoniados.

La crisis económica dio lugar a una enorme crisis social. El coste en Europa fue dramático

Suele darse como punto de arranque la crisis económica provocada por la caída de Lehman Brothers en Nueva York, cuyas ondas expansivas fueron destruyendo las economías nacionales... que ya estaban roídas por la carcoma. No conviene olvidarlo: si no funcionan los controles el mercado se convierte en una selva. Quien se encarga de que funcione subordinado al interés general y respete las reglas del juego, no puede descuidar la guardia.

Y la guardia se descuidó; es más, los guardianes se convirtieron en cómplices de la avaricia. El liberalismo perdió por completo el sentido original y mutó en una teoría de la rapiña y del enriquecimiento sin estorbos. Esta doctrina del todo vale fue desregulando lo que tanto había costado regular, y la realidad fue que, como establece el viejo refrán, la avaricia rompió el saco.

La crisis económica dio lugar a una enorme crisis social. El coste en Europa fue dramático: de inmediato el estado social cuyos cimientos fueron puestos por el canciller Bismark, y antes, pergeñado en el cristianismo por las obras de misericordia, entró en cuarentena. Las clases medias y bajas fueron forzadas a pagar el rescate de bancos, cajas y a aumentar la cuenta de resultados de los monopolios. De repente todo dio la vuelta. Todo fue como en la canción El mundo al revés.

Fue una bomba lapa adosada al proyecto europeo

Y en un infernal totum revolutum cobraron fuerza y ganaron poder, con su retórica salvadora y sus recetas adormideras, los discursos populistas. La democracia fue sometida a la duda. Y millones de europeos cayeron en el encantamiento, hasta que los bese un sapo.

Socios llegados al seno de la Unión desde el este, llenos de miedo al oso ruso, tras la implosión de la URSS, pronto consideraron que el club no colmaba sus aspiraciones. Tanta democracia, tanta liberalidad en las costumbres, tantos derechos conseguidos por las minorías, no era lo que esperaban, ellos, que vivieron en naciones congeladas. Acostumbrados a la lucha contra el comunismo, al blanco y al negro, sometidos a una inflexible y uniformadora tiranía, pronto empezaron a visualizarse síntomas de incomodidad y falta de comprensión. Las reglas comunitarias les parecían lo mismo que la soberanía limitada por Moscú. Con ocasión de la guerra de Irak, muchos se aliaron con los Estados Unidos de George Bush hijo –bien es cierto que llevados de la mano por los impulsores de la carta de los ocho, Blair y Aznar- contra la incipiente doctrina de seguridad y defensa común. Fue una bomba lapa adosada al proyecto europeo.

Todas las certezas se han ido convirtiendo en incógnitas

En un santiamén histórico, en el este y en el oeste, en el norte y en el sur, y en el propio centro, florecieron ideas disolventes, bien en forma de nacionalismo de opereta, tipo la Padania italiana, y el reforzamiento del nacionalismo catalán, gracias a una depurada técnica de la mentira que cuajó en buena parte gracias a la irresponsabilidad y ceguera suicida del propio Estado, o del nacionalismo del Estado-Nación, caso de Polonia, de Hungría, de los dos pedazos de Checoeslovaquia...

Una política internacional insensata, y un olvido del compromiso humanitario con las naciones más pobres, facilitó otro ingrediente al cóctel explosivo: las migraciones. El hambre, las dictaduras, la anarquía aprovechada por señores de la guerra y traficantes de armas, dogas y personas, el radicalismo islámico... provocaron desde finales del siglo XX, pero acentuado el fenómeno en la primera década del XXI, una nueva era de huidas masivas.

Poco a poco se fue montando la bomba atómica que está a punto de explotar en Europa y destrozar la Unión. Con el peligro añadido de que hay muchos botones rojos y maletines nucleares. La ultraderecha renace, y eso no es nada acientífico: se puede contar en votos. Ningún país es inmune. Incluso en los fundadores del Mercado Común, que afortunadamente ha ido evolucionando hacia una unión política democrática, mejorando sus instituciones, el alzheimer se ha combinado con la necrosis por una tumoración cada vez más extensa. Holanda, Bélgica, Gran Bretaña, Francia, Italia, España, Alemania, Austria... nadie parece estar a salvo de la infección.

Las reglas del club, trabajosamente definidas por los socios, tienen una tasa creciente de incumplimiento

Lo grave es que se ha ido formando, a la chita callando, una diabólica alianza extrema. La extrema derecha racista convive y crea sinergias con la extrema izquierda; el populismo fascista y hasta nazi comparte tribuna con el populismo comunista o con el populismo redentorista latinoamericano. Estas nuevas internacionales van conquistando unas valiosas posiciones, que por su parte van perdiendo la socialdemocracia, la cristiano democracia y el liberalismo europeo de corte humanista, los factores que han ido configurando el moderno Estado del bienestar y la unidad en la diversidad europea.

Cierto es que no se pueden negar los problemas internos. Sería necio desconocer la existencia de serios conflictos de diverso tipo. La inmigración masiva, con cientos de miles de personas que huyen del hambre o de la persecución política o religiosa ha roto muchos de los equilibrios sociales y culturales que se han ido forjando tras la II Guerra Mundial. Las reglas del club, trabajosamente definidas por los socios, tienen una tasa creciente de incumplimiento. A lo que se suma la sensación, sólida y real, de que el mundo del que venimos se está acabando.

Los enemigos del europeísmo, los de dentro y los de fuera, no buscan su mejora; buscan el caos

Todas las certezas se han ido convirtiendo en incógnitas, igual que el optimismo ha ido derivando hacia el pesimismo. La alegre confianza en el modelo se quiebra a golpe de corrupción o a mazazo que destruye los pilares del bienestar, la sanidad pública y universal, la educación, las pensiones, los salarios justos, el empleo... todo lo que implica el ascensor social. Por el contrario, ha aumentado la brecha entre ricos y pobres, crece el desconcierto, aumenta el enfado, y las redes sociales son un hervidero de conspiraciones contra el sistema en donde se exalta abiertamente el pasado dictatorial como alternativa de futuro. Con una ayuda cada día más notoria de la Rusia de Putin, de los EE UU placenta del trumpismo, de los depredadores intereses financieros a los que estorba una UE potente que comparta protagonismo con los súper-grandes de la escena mundial... y del islamismo radical que hace su propia revolución fanática a través de imanes trastornados que predican la yihad y la muerte al infiel.

Sí, Europa vuelve a debatirse entre el ser y el no ser. Esa es la cuestión. Tras el loquinario Brexit, todo es posible. Los enemigos del europeísmo, los de dentro y los de fuera, no buscan su mejora; buscan el caos. Y el caos suele ser la guerra. Desgraciadamente, siempre ha sido así.

Quizás haya que coger al toro por los cuernos y encerrarlo en el toril. Mientras se pueda. Pero el tiempo se agota.

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