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02/10/2018 07:14 CEST | Actualizado 02/10/2018 07:14 CEST

Los obispos que no creen en Dios

PIXABAY

Ramón Echarren Ystúriz (Vitoria, 3 de noviembre de 929/Las Palmas de G.C., 25 de agosto de 2014) fue uno de los más fieles colaboradores del Cardenal de la Transición Vicente Enrique y Tarancón, aquel a quien los ultras y los carcas famoseaban en las paredes: "Tarancón al paredón", decían, porque era progresista y no tenía problemas en celebrar los funerales del franquismo; de hecho era antifranquista reconocido. Como no era político —al menos en el sentido de pertenecer a un partido— no formaba parte de la maquinaria del 'consenso', pero la apoyaba.

Echarren, entonces obispo auxiliar de Madrid, fue después Obispo de la Diócesis Canariensis, con sede en Las Palmas de Gran Canaria, desde enero de 1979 hasta 2005, en que se jubiló. Tenía, eso sí, mucho carácter; o sea, era algo gruñón y terco. No en vano presumía de su cruce genético vasco-navarro. Tuvo un buen lío con el alcalde de la Ciudad, del PSOE, Juan Rodríguez Doreste, por un quítame allá esa fiesta del calendario que al final le costó la habitual misa de 'corpore insepulto' en la catedral al viejo socialista. Pero hasta las última fue un enorme admirador su antiguo jefe.

Con motivo de un aniversario del fallecimiento del icónico Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal, una revista eclesial le pidió una colaboración al obispo de Las Palmas, que rápidamente fue de fotocopia en fotocopia y de mano en mano. En ella decía, como uno de los grandes valores taranconensis que Don Vicente "era uno de esos obispos —o cardenales, no recuerdo ahora exactamente— que creían en Dios". Y se quedaría tan Ramón como siempre, con su sonrisa pícara y su gesto bonachón.

En eso pensé ipso facto cuando leía la pasada semana que cuatro obispos holandeses habían abusado sexualmente durante años de docenas de niños. Al hilo de esta información se fue desenrollando el ovillo, como antes pasó en Irlanda, y en Chile, y está pasando en EE. UU., y aparecieron otros muchos casos de prelados abusadores y de muchos más prelados consentidores impasibles ante el dolor que habían permitido con su silencio e inacción y a los destrozos psicológicos que habían ocasionado a miles de almas, atormentadas por los recuerdos.

No. No es posible que estos lobos con piel de cordero crean en el Dios de los Evangelios; es imposible que sean discípulos de aquel gran activista de los derechos humanos y rebelde.

De esta imagen pasé a otra, a esa que acompaña al frú-frú de las sotanas de los cardenales en los pasillos del Vaticano. Allí, en la guarida de los 'lobos' que obligaron a dimitir al papa Benedicto XVI, los mismos que ahora se lanzan en jauría a la caza de su sucesor, como si fuera un zorro perseguido por los lebreles de la aristocracia rural del campo inglés. Francisco, el argentino jesuita que quiso ser franciscano, una mezcla explosiva, se ha convertido en la pieza a cobrar. Entre otras razones por su 'liberalismo', su campechanía, su humildad al alejarse del palacio papal e irse a vivir a la Casa de Santa Marta, su conexión con el mundo de lo real, y, sobre todo, con el Concilio Vaticano II.

Pero una de las razones ocultas, no dichas, pero que son más o menos evidentes por aplicación de esa ley, que a lo mejor me estoy inventando, que dice que cuando hay más de tres casualidades puede descartarse que sea una casualidad, quizás el motivo más inmediato para ese levantamiento sea la determinación del Papa argentino para poner fin a la pedofilia, a la relajación de las costumbres —la corrupción es un pecado venial en muchos recovecos— o a la impunidad de los alzacuellos.

Me he preguntado muchas veces si toda esta gentuza, con grandes cruces en el pecho, y grandes aspavientos en los oficios religiosos, vestidos con ofensiva pompa, creía en Dios, y si era así, en qué Dios creían. ¿Y de qué hablarían en sus reuniones, en los ágapes mundanos o en los corrillos de las conferencias episcopales, de los sínodos o de los concilios? ¿Se referirían con ironía florentina a sus hazañas con los chicos y chicas indefensos, que a pesar de todos esos pesares en una parte siguen creyendo en el Dios al que sus intermediarios traicionaban?

No. No es posible que estos lobos con piel de cordero, estos depredadores, crean en el Dios de los Evangelios; es imposible que sean discípulos de aquel gran activista de los derechos humanos y rebelde con muchas causas que echó del templo a los mercaderes, que dejó sentadas las bases del estado del bienestar con las 'obras de misericordia' y que murió en la cruz por su rebeldía ante Roma y el peligro de sus enseñanzas para aquel Imperio.

Aunque, bien mirado, hay otros muchos miembros de la organización que no pueden creer en el crucificado: sean sacerdotes, párrocos, obispos, cardenales, o en otras épocas abiertamente, papas.

¿Creían, y creen realmente en Dios, padre, hijo y espíritu Santo, los obispos y curas que impedían los funerales a las víctimas de ETA en muchas iglesias y basílicas del País Vasco en los años de plomo? Aquellos personajes melifluos, ambiguos, hieráticos en su arrogancia, a los que no bastaba con pedir la otra mejilla a los inocentes asesinados, sino cientos de vidas humanas; esos que igualaban a los verdugos con las víctimas, y que trivializaban dos de los mandamientos clave, el segundo, no tomarás el nombre de Dios en vano, y el quinto, no matarás.

Quienes de verdad se han cagado en todos los dioses habidos y por haber han sido las altas y arrogantes dignidades y eminencias eclesiales que han tolerado el abuso de menores.

Estas semanas está de actualidad el actor Willy Toledo, a quien un juez quiere procesar por blasfemo, siendo un simple malcriado, por haberse "cagado en Dios y la Virgen", y supongo que por extensión en los demás dioses, sin dejar uno limpio, supongo. Y yo reflexioné en que, ya sin la más mínima duda razonable, quienes de verdad se han cagado en todos los dioses habidos y por haber han sido, sin embargo, las altas y arrogantes y encopetadas dignidades y eminencias eclesiales que han tolerado el abuso de menores, o que lo han ejercido por su propia mano u otras extremidades, o que fueron indiferentes ante el horror del terrorismo, o que se alinearon con los mercaderes que Jesucristo echó del templo para apoyarles en sus políticas de rapiña y de desdén hacia la pobreza. Quizás deban pensar en el porqué de la quema de iglesias por las turbas en la república, y antes. O si es moral 'inmatricular' propiedades ajenas construidas por los vecinos para hacer uso discrecional y libérrimo de esos inmuebles.

O, por qué no, los que predican el odio, por acción u omisión, como esos abades, párrocos y obispos catalanes que ayudan a dinamitar la unidad de su pueblo, la igualdad de los catalanes, y que siembran la semilla del odio entre los nacionalistas y los no nacionalistas. No sólo han arropado las mentiras y el retorcimiento de la historia, sino que han callado ante la grave ruptura de las familias y de todo un país creyente del mismo Dios, al que han convertido en pura esquizofrenia.

El problema que tiene Francisco no es que haya una manzana podrida en el cesto; es que hay miles.

La Iglesia es Universal, y lo es porque sus enseñanzas tienen valor universal. Promover el separatismo fundado en la soberbia, en el supremacismo paleto, en el odio furioso y talibán hacia lo español, ni es razonable, ni es europeo, ni es católico. Ni es rentable económicamente en la UE y en el mercado global. Para comprenderlo se puede usar la parábola de quien ve la paja en el ojo ajeno pero no ve la viga en el propio. Como esos abades o monjas con afán de notoriedad, orgullosos en su pecado de soberbia, que rompen la obligada objetividad de los justos y se convierten en conspiradores guerracivilistas. Y como los benedictinos del Valle de los Caídos, que parecen la Guardia de Franco, como si fueran una burbuja ajena a la realidad de España y a la voluntad de las Cortes. Sólo cuando la jerarquía de la Iglesia ha sentido el rumor del precipicio se ha decidido a poner orden en sus filas.

El problema que tiene Francisco no es que haya una manzana podrida en el cesto; es que hay miles. Hay tantas que cualquier intento de acabar de raíz con el diablo escondido en las sotanas sería una revolución. Porque a todo lo podrido al final se lo comen los gusanos. "La salvación —me decía un humilde cura— está en la fortaleza de Francisco. Recemos por él".

Pero realmente, hace falta más que rezos. Y ahí tiene que intervenir la Ley. Los fiscales y los jueces con sus sentencias son, en realidad, la única salida para una organización acorralada por la corrupción. Lo que valió para el PSOE o para Rajoy vale para el catolicismo: o hay catarsis, o hay caos.

Roma se encuentra hoy, salvando las distancias, como se encontraba cuando el fraile y teólogo agustino alemán Martín Lutero se rebeló frente al papado y declaró la Reforma. Por cierto, se casó con una monja y se anuló el celibato obligatorio en el protestantismo. Después de millones de muertos, la historia le ha dado la razón.

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