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06/12/2018 09:57 CET | Actualizado 06/12/2018 09:57 CET

Una Constitución de miedo

No hay nada mejor que pasar, una a una, las páginas de los periódicos muertos en los nichos de metal de una hemeroteca, para recuperar la memoria. E incluso para enterarse, por primera vez, de unos hechos que se escaparon en su día a nuestro conocimiento, porque no pudimos leer el diario o no tuvimos tiempo de escuchar con atención las radios. Así, en la mesa de la redacción, me fui embebiendo en la lectura de los doce gruesos tomos de la colección de La Provincia (de Las Palmas) de todo el completo año mágico de 1978. Sí, mágico, porque también hay una magia que combina la suerte con la determinación, la ilusión con la realidad, las ganas de vivir con la certeza de que si no se hacen determinadas cosas la vida será peor y más gris.

Hoja a hoja, con los ácaros formando nubes sobre el papel momificado, amarillento y frágil, en los pasillos de los pasos perdidos del almacén del sótano, húmedo y solitario, volvía a ser 'actualidad' cuatro decenios más tarde aquella sorprendente, en todo caso, concatenación de circunstancias y hechos que fueron lugar a lo que poco a poco fue convirtiéndose en la Transición. El tránsito, sin que se hundiera el mundo, es decir, sin esa guerra civil que nadie descartaba, desde la dictadura del viejo general superlativo, el Generalísimo, hacia una democracia normal. Porque éramos más los que queríamos ser normales, europeos corrientes, que los que querían vivir en la anormalidad subcutánea, ajenos a la corriente europeísta de la historia.

Cuando empecé a pasar las hojas y llegué, allá al mes de marzo, cambié la configuración del libro que estaba preparando, y que llevaría, y lleva por título : El 68 y la larga Transición. Una forma de enlazar las primeras grietas en el monolitismo del régimen del 36 con el invento necesario del Consenso y las distintas etapas que nos han llevado hasta esta España desconcertada, minada por la corrupción, el despilfarro y la incompetencia, el nacionalismo desquiciado y provinciano, empeñado en volver al big-bang, y los populismos verduleros.

Decidí, pues, resucitar mes a mes aquellos días del 78; con los mismos títulos, el mismo lenguaje, la misma inquietud, zozobra o ilusión con que la prensa surfeaba las olas de aquel mar embravecido. Allí estaba, completo, el relato que se ha ido difuminando, como si todo hubiera sido como un gran túnel hecho por una enorme rasca-rocas mecánica que fue capaz de horadar una impenetrable montaña, dejar atrás la oscuridad y ver la luz, por fin.

Oyendo los discursos actuales de Podemos y de los nacionalistas, sobre todo de los catalanes y los vascos, mucho suena a increíble desconocimiento, o mala fe...

Así que empecé a meterme, otra vez, con tanta intensidad pero una nueva curiosidad, en aquel tiempo, cuyas puntas lograba agarrar en el lugar donde descansan en paz los periódicos. De repente constaté que, en efecto, metidos en el día a día, con la adrenalina de aquellas jornadas apasionantes, habíamos pasado entonces por alto la perspectiva y el encadenamiento de episodios que, por las urgencias del relato, no habíamos acertado a contextualizar. En mayo o junio fue inevitable que recordara estremecido, como cuando la vi por primera vez en el multicine, la película Master and commander (o Al otro lado del mundo), uno de los típicos tramas de las novelas de mar de Patrick O'Bryan. Aquella fragata inglesa, la Surprise, un quinta clase de 28 cañones, persiguiendo al buque francés Acheron, más grande, con 44 piezas de artillería, que siempre se le escapaba con sus tretas. La navegación por el Cabo de Hornos, con aquel mar bravío, los vientos huracanados que rompían jarcias y velas, que golpeaban el casco por la amura de estribor, y también a babor, que abrían grietas en la tablazón por donde se colaban ríos de agua, con aquél frío antártico... En condiciones similares naufragaban los veleros, que se convertían en pecios que nunca se encontrarían. Pero llegaron al Pacífico, a las Galápagos, y un golpe de suerte les permitió localizar al enemigo, engañarlo, con un disfraz de ballenero...

Vimos cómo el verdadero enemigo de ETA no era la dictadura, sino la democracia. Era España. Aquél año la banda terrorista efectuó una sangrienta escalada criminal que puso en peligro inminente toda la operación democrática. El acuerdo (el Consenso, le decían) excepcional (y de excepción de los líderes) permitió afrontar los que parecían insalvables desafíos del terror y la reacción. Los apasionados debates de las comisiones constitucionales del Congreso y del Senado, y los plenos de las cámaras, son la mejor acta histórica de aquél período. Y como reconocía Jefferson sobre la Constitución de los Estados Unidos, uno de los pilares del pacto fue la discreción. Las grandes líneas maestras no se sometían a la retórica parlamentaria, no se dejaban influir por el ánimo exaltado o los intereses tácticos de los partidos. O de las empresas, con la patronales ansiosas por dirigir el rumbo.

Los artículos iban llegando a la Comisión después de haber sido discutidos, negociados, enriquecidos y acordados por los grandes grupos: por la UCD y el PSOE, y por el PCE, que estaba fuera pero dentro. La Alianza Popular de los 'siete magníficos' (exministros franquistas, unos con voluntad de reciclaje, y otros con voluntad de engaño y de a ver lo que pasa) y los grupos nacionalistas tuvieron un protagonismo residual y en ocasiones pintoresco.

Sí, la Transición parecía imposible. Todos los elementos parecían alineados en maléfica conjura en su contra: los bandidos de ETA, el Grapo, el Mpaiac en Canarias, la abierta rebelión de algunos mandos militares, que querían llevar los tanques al País Vasco y a donde hiciera falta, el cabreo de policías y guardias civiles ante los atentados etarras, la complicidad de una parte de la Iglesia con los violentos, las maniobras de Antonio Cubillo, Argelia y Libia en la OUA y en el Comité de los No Alineados para la 'descolonización' de Canarias: el secretario general de la OUA Ednen Kodjo se desplazó a las islas para ver si los canarios éramos negros o qué; los efectos del abandono apresurado del Sáhara español; las acciones terroristas y piráticas del Frente Polisario; el azaroso día a día de una economía atrasada...

Oyendo los discursos actuales de Podemos y de los nacionalistas, sobre todo de los catalanes y los vascos, mucho suena a increíble desconocimiento, o mala fe. Como cuando los iglesistas hablan de que la Transición fue un invento borbónico para perpetuar el régimen del 18 de julio. Fue al contrario. Felipe González, que hasta el final mantuvo por cuestiones domésticas del socialismo la enmienda republicana, dijo el día en que finalmente se aprobó la Constitución que en ese momento el rey ya no era el heredero de Franco, sino el rey constitucional; lo mismo que Santiago Carrillo, lo mismo que Adolfo Suárez. Todos ellos defendieron, sin fisuras, el que luego fue el artículo 155 cuando se refundieron los textos del Congreso y del Senado. Todos los grandes partidos defendieron la unidad de España.

¿Qué lo que se hizo fue por miedo? Naturalmente. El miedo es causa principal de la paz y el avance de los pueblos. Quién no tiene miedo cuando está al borde del precipicio es un insensato...

El ritmo de los acontecimientos del milagroso 78 a veces produce zozobra, ansiedad. No apto para cardiopatías. Si no estuviéramos escribiendo desde el futuro estaríamos atenazados por el miedo a lo peor. Además, hay tantas semejanzas con hoy que, como decía el poeta (Nicolás Fernández de Moratín) "arte diabólico es".

Lo que resulta extraño, o, incluso perverso, es que haya políticos que no hayan aprendido del pasado y cabalguen a galope tendido hacia el error, ignorando criminalmente que la Transición y el Consenso fueron los botes salvavidas de toda una generación, o de dos, o de tres, de españoles.

¿Qué lo que se hizo fue por miedo? Naturalmente. El miedo razonable es causa principal de la paz y el avance de los pueblos. Quién no tiene miedo cuando está al borde del precipicio es un insensato. Yo mismo lo tengo cada vez que me alongo (asomo) a los grandes acantilados de Tamadaba en mi tierra canaria: de 500 a 600 metros en picado en Andén Verde. Pie firme en el murete anti derrapes, procuro que el viento no me dé una sorpresa, y hasta miro de soslayo por el rabillo del ojo por si alguien quiere darme un empujón.

Viva pues el que tuvo miedo prudente, pues para que Pablo Iglesias y los suyos, y Abascal y los suyos, y los de la rama radical del PNV, y los soberanistas catalanes, que parecen hartos de Soberano, y sus franquicias varias, hayan podido y puedan insultar, decir tonterías, insensateces y cafradas... Decirlas, porque hacerlas tiene una barrera infranqueable y con costas. Y no marítimas, precisamente.

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