BLOGS
20/11/2018 07:05 CET | Actualizado 20/11/2018 07:21 CET

Una sesión de espiritismo

El magistrado del Tribunal Supremo Manuel Marchena.
Agencia EFE
El magistrado del Tribunal Supremo Manuel Marchena.

La gente quería regeneración, se decía como pocas veces antes se había exigido, hasta la ronquera, cuando aparecían los primeros 'papeles de Bárcenas'. Y como el gentío pretendía respirar un nuevo aire, vivir en una 'democracia real, ya', y como estaba harto de unos 'ajustes estructurales' que sólo se cebaban contra las estructuras de las clases medias y de los empleados, empezaron las movilizaciones que llenaban las calles de toda España de damnificados por la crisis, cada oficio y profesión con su color.

A los activos se les unieron pronto los jubilados, que no son en realidad 'clases pasivas' sino 'clases pacientes'. Vino el 15-M y aquel festival de esperanza en Sol (mayor), demasiado pronto infiltrado por lo que sería poco más tarde, y abiertamente, fuera complejos, el núcleo duro de Podemos. Los que nunca, nunca, nunca, serían como la casta; los que nunca, nunca, nunca, vivirían en chalés alejados de la gente; los que nunca, nunca, nunca, abandonarían sus barrios y se mudarían a las zonas pijas de Madrid; los que nunca, nunca, nunca entrarían en las piñatas del sistema (excepto del métrico decimal). Claro que ya confesaba el conde de Romanones que cuando decía 'nunca' quería decir 'por ahora'.

La movida retumbó en todos los partidos. La transversalidad trepanó los sesos de la derecha, la socialdemocracia, la izquierda comunista... sólo se salvaron los nacionalistas, porque su negocio es otro. Es, pero no sólo en ellos, la contemplación ensimismada de las distintas espirales de los respectivos ombligos. Una gran idea para el escultor Martín Chirino, domador del hierro, por cierto.

El pueblo estaba cansado de muchas cosas, aunque casi todas se reunían en un mismo bote en la despensa: corrupción y despilfarro

El clamor retumbó en el PSOE, y en medio del desconcierto apareció Pedro Sánchez, cabalgado y descabalgado por un Comité Federal después de sucesivos fracasos electorales; y renacido casi mágicamente después, y presidente del Gobierno porque el tren popular se salió de los railes, dio un rodeo, se subió Sánchez en un apeadero improvisado, y apareció como presidente del Gobierno. El 'interregno' sirvió, empero, para descubrir a un silencioso y pensativo y cabal hombre de Estado, Javier Fernández, presidente socialista del Principado de Asturias, que regresó a Oviedo cumplida la misión, sin un quejido, sin un atisbo de resentimiento o malhumor.

El fuerte oleaje también removió los cimientos de IU y del PCE, al que Alberto Garzón dio en leasing a Pablo Iglesias. El PP, ya digo, bajaba en picado por los asuntos de corrupción, en especial por todo lo relacionado con Bárcenas y la Gürtel –que siguen aflorando, ahora en forma de efecto secundario de las escuchas de Villarejo y compañía pues, ¿quién le robó parte de los papeles al tesorero?-. Y a la par, los efectos de los recortes, muchos de ellos innecesarios y crueles: la congelación de las pensiones (sí, sí, ya lo sabemos, el primero que las congeló en cuanto recibió la carta de la Troika al borde del abismo fue Zapatero, pero por un año), la venta de viviendas sociales a fondos buitre, las ayudas a la banca para rescatarlas por los efectos de su avaricia, el copago sanitario impuesto a los pensionistas, la condena a las universidades, a la educación, a la sanidad pública, con una reducción de fondos que beneficiaron a la privada...

El pueblo estaba cansado de muchas cosas, aunque casi todas se reunían en un mismo bote en la despensa: corrupción y despilfarro. Fraudes electorales y mentiras. Rapiña y trampas. Demagogia barata y cinismo sofisticado. Todo se mezcló, porque todo era mezclable: las preferentes, las hipotecas engañosas, el saqueo de las cajas de ahorro, conocido pero silenciado; las 'tarjetas black', las tramposas 'preferentes'; los infinitos asesores que constituían un escarnio para los funcionarios, una institución, la funcionarial, que es garante de la ley y las normas en las instituciones; una justicia que parecía un pollo sin cabeza, con algunos jueces que, abiertamente, eran, son, una vergüenza para la profesión; con algunas sentencias infumables, que al final eran neutralizadas, gracias a Dios o a quien corresponda, por los tribunales europeos; cabreo que aumentaba, y sigue haciéndolo, por la suicida partidización de la justicia, el casino en que se convirtió el CGPJ, que a su vez introducía serias dudas sobre la ideologización con carné efectivo y activo en el seno de los altos tribunales...

¿Qué mejor regalo a los golpistas catalanes y a sus parroquianos separatistas, y a los europeos que piensan que aún tenemos tics de la dictadura franquista, que esta insensata demostración de que la Justicia está controlada por partidos titiriteros?

Pero, vino el cambio en fascículos. Y con él fueron apareciendo las contradicciones, el dijo digo se convirtió en digo Diego y viceversa. Y con la evidencia de la demagogia fullera, la frustración se hizo mayor. La esperanza, dice el refrán, es lo último que se pierde. En esa falacia se basa el cuponazo de la ONCE, 'la ilusión de todos los días'. Porque todos los días hay un desengaño para el 99% de los que compran el cupón, que siempre, en su corazoncito, su fuero interior, esperan que mañana les toque, y así sucesivamente. Sí, 'la ilusión de todos los días' hace que la ONCE sea una organización poderosísima, que trabaja a fondo las mejores y más elaboradas artes de la psicología de masas, y del marketing. La diferencia con el cepillo en las iglesias es que a cambio de la limosna no se da un vale para la rifa de un jamón de Jabugo. En esa diferencia está la diferencia, que diría Mariano Rajoy, el rey de los silogismos y de las obviedades solemnes.

Las cosas, pues, parecían empeorar sin remedio, conforme a las 'Leyes de Murphy'. Aunque la opinión pública, o el 'votante potencial', se tranquilizara en apariencia al ver la contundencia con la que los nuevos dirigentes de todos los partidos, los viejos y los recientes, apenas salidos del horno, ofrecían otra forma de hacer política. "Qué alegría, madre mía", decía un iconoclasta de barra de bar ante la tele Y de repente, el Tribunal Supremo se empeña en hacer el ridículo y en desacreditarse a sí mismo cuando revisa la famosa sentencia sobre las hipotecas que establece que la tasa de los 'actos jurídicos documentados' la pagaría banco. El revuelo en la banca, poco acostumbrada a que el cliente tenga la razón, llegó al TS. Que revisó la sentencia y le dio la vuelta, para que todo siguiera como siempre.

El escándalo fue fenomenal, tanto que a Pedro Sánchez no se le pasó la oportunidad de que el Gobierno repusiera mediante decreto la cordura que le faltó a la mayoría, raquítica, pero mayoría, de los magistrados. Aunque sin duda era una medida electoralista no hubo apenas crítica, porque parecía justa y favorable al interés general.

Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias ¡se ponen de acuerdo en algo!. Pero ese algo es una inoportuna e irresponsable componenda a cuatro para repartirse los miembros del Consejo General del Poder Judicial

Y mientras los líderes se enzarzaban en la campaña electoral, todos contra Sánchez y Sánchez cintra todos (por cierto, Casado y Rivera parecen bobos, critican a Sánchez por contar con los podemitas, cuando ellos cortan todos los puentes con él, incluso los del sentido común) ocurre lo peor que puede ocurrir en una democracia que, no sólo por el conflicto catalán, es observada con lupa en Europa. Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias ¡se ponen de acuerdo en algo!. Pero ese algo es una inoportuna e irresponsable componenda a cuatro para repartirse los miembros del Consejo General del Poder Judicial y pastelear a su presidente. ¿Qué mejor regalo a los golpistas catalanes y a sus parroquianos separatistas, y a los europeos que piensan que aún tenemos tics de la dictadura franquista, que esta insensata demostración de que la Justicia está controlada directamente por partidos titiriteros?

Ni siquiera se tienen en cuenta las formas: v.g. elegir primero a los miembros del CGPJ para que estos elijan a su presidente... porque ahora, como no sea en una sesión de espiritismo nunca sabremos cuál habría sido su voto real. ¿Se imaginan que los tribunales europeos tumben el pacto y sea nulo el procedimiento y el nombramiento de Marchena? Bueno, y la disculpa de Podemos por entrar en el juego es de nota. Todos repiten a una el argumentario oficial: entre quedarnos fuera y que todo siga igual y entrar para cambiar el sistema desde dentro, hemos entrado. Que es como decir que para resolver mejor el contencioso con el sindicato de prostitutas hay que meterse de puta o de puto en una mancebía (o prostíbulo).

Cuidado, no tropecemos otra vez en la charanga y la pandereta.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs

EL HUFFPOST PARA HONEST