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12/02/2019 07:27 CET | Actualizado 12/02/2019 07:27 CET

Y Guerra tocó el cornetín

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Concentración por la unidad de España convocada por PP, C's y Vox en Madrid este domingo.

Andaba Pedro Sánchez dando tumbos con los separatistas, un paso adelante y otro atrás y viceversa en la cuerda floja, cuando estalló el caso del 'relator'. Dicen los gallegos "chamalle a o burro cabalo". O sea, que el 'relator' puede ser muchas cosas, todas sinónimas: un personaje ajeno, supuestamente independiente, que se interpone como un ejército de cascos azules entre dos contendientes a quienes trata con equidistancia, como iguales entre sí. En una democracia es un recurso insólito, pues implicaría que esa democracia no cuenta con instrumentos para canalizar los conflictos internos.

La estrategia del diálogo con los separatistas, también conocida como 'medida ibuprofeno', para desinflamar la hinchazón, o combatir el dolor muscular, o el de muelas, llegó a un punto crítico. El presidente catalán 'encargado', Quim Torra, –el que le manda es Puigdemont desde Waterloo- y la abigarrada tropa más fundamentalista se plantaron: si no hay un 'mediador' internacional no hay Presupuesto. Y sin Presupuesto, Sánchez se vería obligado a convocar elecciones.

El mediador se convirtió así en el botón nuclear. A unos pocos milímetros estaba el pantano, el reconocimiento de que el problema catalán era un problema entre dos estados en el que debía de intervenir para poner paz la comunidad internacional, mutatis mutandis.

A las siete y unos minutos de la tarde del miércoles 6 de febrero, en el Auditorio Ernest Lluch del Congreso de los Diputados, Alfonso Guerra hacía su entrada, rodeado de cámaras, para presentar su último libro, La España en la que creo, un duro alegato contra el separatismo en la mejor línea del patriotismo socialista. Como muchos históricos del exilio y la Transición, el ex número dos del PSOE rescataba la E, que poco a poco parece olvidarse en estos tiempos de desconcierto. Una E, de español, de España, que pende como una espada de Damocles sobre las testas poco ilustradas en la historia del socialismo.

Sánchez, sin duda, es un hábil táctico, un resistente, o mejor, un superviviente que ganaría con nota el reality show de Tele5. Consiguió una cadena de hitos que parecían imposibles: ganar una moción de censura contra Rajoy que convirtió en aliados incluso a sus enemigos, por aplicación del principio maquiavélico de que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", fue elegido presidente para convocar elecciones, y las convocará cuando no tenga más remedio; logró marear la perdiz catalana, hasta que Puigdemont perdió la paciencia y Torra exigió la figura trampa de un 'hombre bueno' que demostrara que España era una malvada construcción antidemocrática.

La medición pivotaba sobre una explosiva carga de goma2: el derecho de autodeterminación. El tabú de los tabúes para cualquier democracia. La negación de su propia condición.

Cuando Alfonso Guerra terminó de hablar, más de 300 personas que rebosaban la sala que lleva el nombre del diputado y exministro socialista catalán asesinado por ETA, símbolo tras símbolo, todo medido, se pusieron en pie como activadas por un resorte común. El aplauso duró varios minutos. Fue un rotundo respaldo al discurso patriótico de Guerra, una desautorización en toda regla, a la política del apaciguamiento. Los tigres, se ha dicho, no se sacian con donuts. La imagen también es el mensaje, y el mensaje tenía que ser que todo es posible dentro de la Constitución y su arquitectura; y nada fuera de ella.

Solo hacía falta un Calvo Sotelo o un Gil Robles de la CEDA para crear el clímax adecuado para la 'salvación' del país.

El estruendo por la rotundidad del alegato, y sus gotas de corrosivo sarcasmo marca de la casa, llegó enseguida a Moncloa y Ferraz vía Twitter y Whatsapp. Los secretarios generales territoriales (barones, se les dice para abreviar, pero también para desprestigiar) que ya habían expresado sus dudas, se vieron rotundamente respaldados en sus aprensiones, compartidas a viva voz y sin los complejos castradores de lo 'políticamente correcto', por uno de los refundadores más carismáticos del Partido Socialista Obrero Español.

Al día siguiente fue Felipe González quien hizo la misma advertencia. Las aguas se habían desbordado. El diálogo, cuya importancia nadie niega en su hábitat natural, los parlamentos de Cataluña y España, se había salido de madre. Ya no era solamente un camino: había pasado a ser un lago helado donde el patinaje entrañaba peligros. Prescindir de los referentes, como hizo Rodríguez Zapatero, de sus consejos y experiencias, siempre es un grave error, y los errores terminan por pagarse, y con el IVA del tramo alto.

A un lado estaban los neo-golpistas y los separatistas irredentos que no se daban por satisfechos hasta que el Estado aceptara el inexistente derecho a decidir como eufemismo del también inexistente derecho de autodeterminación. "Es la ilusión de nuestro pueblo", decía alguien en una televisión. Pero también millones de españoles tienen la ilusión de todos los días y todas las semanas de una buena Primitiva, o un buen Euromillones, o el gran cuponazo de la ONCE o del Gordo de la Lotería de Navidad... Las ilusiones no son una fuente del derecho, y menos si arrancan de un lavado de cerebro minuciosamente planificado.

Y al otro lado, la reacción de una derecha azuzada hacía el extremo por la aparición estelar de Vox. Solo hacía falta un Calvo Sotelo o un Gil Robles de la CEDA para crear el clímax adecuado para la 'salvación' del país. El Partido Popular, liderado por un claro delfín aznarista, Pablo Casado, dejó el centro político libre; Alberto Rivera, líder de Ciudadanos, se subió a ese tronco en el río revuelto, y apareció en una derecha tradicional que le disputaba el radicalismo al PP de Aznar.

En un tris tras, los partidos se extremaron: en la derecha, el PP y Ciudadanos competían con Vox desde la condición de aliados. En la izquierda, Podemos, previa fagotización de Izquierda Unida, recuperaba el espíritu de la revolución bolchevique en versión bolivariana, y sufría por ello frecuentes deserciones, la última, la de Errejón; y el progresivo alejamiento de Carmena de la influyente órbita antisistema podemita.

La manifestación en la plaza de Colón en Madrid el domingo pasado fue un éxito de público y banderas españolas, aunque la España constitucional es multicolor. Pero como buena parte de las concentraciones de la derecha, quizás ha sido a destiempo, justo cuando Sánchez comprendió que no podía comprarle a los independentista el Presupuesto 2019 con distracciones, y que lo del 'relator' fue un paso en falso. Pero llevándole la contraria al refrán, muerto el perro no se acabó la rabia.

Pasado este Rubicón, cuando se pase, habrá que retocar la Constitución, para lo que será necesario revivir el Consenso de la Transición al menos con el PSOE, PP y Ciudadanos como núcleo duro.

Rotas las negociaciones entre el Gobierno y los soberanistas, la manifestación se ciñó a pedir elecciones; pero la foto que quedará será, como la del 'trío de las Azores', la del 'trío de Colón' en la que el PP y C's, amarrados a Vox en Andalucía y en las imágenes parecen haber iniciado el camino del abandono del centrismo que intentó Rajoy para ensayar una especie de 'suarismo popular'.

Antes de las elecciones queda aún una rompiente que amenaza la navegación: el juicio a los que promovieron la declaración solemne de la república catalana y violaron el Estatuto de autonomía y la Constitución. Un episodio que no se puede 'desjudicializar' porque se cometieron varios delitos encadenados.

El discurso de los autores que comparte al menos una parte de Podemos y la ambigua sinuosa y serpenteante Colau de que se trata de un problema político y no judicial pudo ser pero ya no es. Dejó de ser posible un arreglo político cuando la Generalitat abandonó la legalidad y lideró algo muy parecido a un 'golpe', desoyendo las advertencias de los Altos Tribunales. En ese momento Puigdemont y compañía abandonaron la vía política y se adentraron en la judicial.

Pasado este Rubicón, cuando se pase, habrá que retocar la Constitución, para lo que será necesario revivir el Consenso de la Transición al menos con el PSOE, PP y Ciudadanos como núcleo duro. Y una de las reformas tendría que ser la equiparación del delito de ruptura del orden constitucional a las distintas constituciones de la Unión Europea, por si las moscas del futuro. Perfilar la rebelión y definir la alta traición así como cerrar la configuración del Estado autonómico y adaptar el Senado a cámara de las regiones son materias que deben entrar en el paquete.

Los propios nacionalismos recibieron la Autonomía en 1978 como la solución final a un problema histórico. Y el mundo les dio la razón. RIP. España no puede ser la excepción europea, una nación excéntrica y autodestructiva en un 'brexit duro' permanente.

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