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26/02/2019 07:18 CET | Actualizado 26/02/2019 07:19 CET

…y Sánchez empezó la repesca

Juan Medina / Reuters
Pedro Sánchez.

Hace un par de años un viejo socialista, de los que tuvieron un papel activo en la lucha contra la dictadura y en la Transición se quejaba resignadamente de que su hijo, o hija, no recuerdo bien, iba a votar a Podemos. Escribí algo sobre eso. En otra familia, que siempre había votado al PSOE, la fuga se presentía hacia Albert Rivera y Ciudadanos. Eran los tiempos en que este partido aún estaba fresco, antes de pasar a ser fresco. Se le veía nuevo, renovador, y de ese liberalismo al modo europeo, desenfadado pero respetuoso, que tiene una arraigada sensibilidad social.

El socialismo español estaba en horas bajas, roto por dentro y desteñido por fuera. Las secuelas de la crisis, la falta de complejos, que suele ser una simple falta de educación, del PP, con unas contramedidas de una desmedida agresividad diseñadas como cortina de humo para ocultar sus casos de corrupción y sus luchas intestinas, habían dejado al PSOE hecho trizas. Así y todo, pese a haberle dado aire a Pablo Iglesias para desgastar a Pedro Sánchez, Mariano Rajoy, "un elegante y cauto señor de Pontevedra", era rehén de las circunstancias, de las suyas propias, pero sobre todo de las heredadas desde los años del aznarato. Polvos de una calidad extraordinaria para crear malolientes lodos duraderos.

Y en medio de todo, los casos de corrupción, que literalmente no dejaban títere con cabeza ni respetaban ideología, aunque la abundancia de crápulas es directamente proporcional a la cantidad de poder que se maneja... y el conflicto separatista que partía en dos a la sociedad catalana, ahondado cada día, cada hora, cada minuto, por la persistencia de un adoctrinamiento masivo desde las guarderías hasta la jubilación, puesto en marcha desde el hito fundacional del pujolismo, pese a las advertencias de Josep Tarradellas, que vio al lobo bajo la piel de cordero ambicioso.

De repente, todo cambia, con igual celeridad a como había cambiado unos meses atrás. Cambio sobre cambio, "y tiro porque me toca", que parece ser el santo y seña de los 'cambistas', la aguja del compás casi completa los 360 grados hasta quedar aproximadamente señalando en la misma dirección que otrora.

La aparición de Podemos y su discurso 'constituyente' activó las neuronas dormidas de los radicales de derecha. Aparece pues Vox, que tiene un nacimiento tan espectacular como el que tuvo Podemos en sus días de gloria y esperanzas.

Pablo Iglesias e Irene Montero dejan el pisito obrero en un barrio obrero y se mudan a una señorial mansión con piscina y cenador en Galapagar, con guardias civiles haciendo guardia en el exterior para proteger la intimidad de los señores, que hasta ese instante defendían la okupación de viviendas –de las ajenas...- como un instrumento más de la lucha revolucionaria puesta a su disposición por la maldecida 'democracia borbónico-franquista'. Como diría don Mariano, "este no es un tema menor, que es un tema mayor", al menos para muchos podemitas.

Era una traición a las esencias del movimiento; un pecado burgués, nada más, que cantaba Nacha Guevara en No llores por mí, Argentina; una falta de coherencia. Fue el detonante para un estallido interior: fuga de Carolina Bescansa, harta de que Iglesias y su guardia hablaran más para los independentistas que para los españoles; tocata, primero, y fuga después de Íñigo Errejón, que se fue con la 'neutral' alcaldesa Carmena, harta de las extravagancias de antisistemas incapaces de adaptarse a la realidad. Ocurrió lo peor: comienza a cambiar la tendencia de los sondeos.

A Albert Rivera a su vez le da la pájara de las alturas, y empieza a perder esa atildada compostura, esa seguridad tranquila, que le daba consistencia de líder. Ciudadanos, que se había definido liberal y algo socialdemócrata, se quita este último adjetivo mientras da un golpe de timón a estribor, para ganar barlovento en una competición con el Partido Popular. Pero el PP de Pablo Casado quiere volver al futuro... regresando al pasado. Se derechiza aún más, y grita. Vuelve la furia, asoma el rencor, el insulto, y los mensajes y las actitudes, y las aptitudes, que lo metieron de lleno en el pantano del caos. Con algún antológico disparate de infante: aboga por eliminar el aborto para producir trabajadores que paguen las jubilaciones. ¿La próxima ocurrencia será pedir al Papa Francisco que se casen los curas parta que su descendencia contribuya a las sostenibilidad de las pensiones?

No tienen en cuenta algunas lecciones de la historia, de la suya propia, que explican muchas cosas. Cuando José María Aznar es elegido por el dedo de Manuel Fraga el PSOE había iniciado el camino hacia los infiernos tras una brillante trayectoria que hoy se estudia como el 'milagro español': pero la corrupción afloró con tanta fuerza, con tantos casos simbólicos...que el lobezno lo tenía fácil, "leña al manzano hasta que caigan nísperos". Pablo Casado, sin embargo, emplea la misma técnica aznarista del "váyase señor González" cuando la totalidad de la oposición gritaba "váyanse, señores del PP", y Rajoy, noqueado, comprobaba que hasta el pragmático PNV contribuía a sacar la moción de censura presentada por un aventurero Pedro Sánchez que en su exilio interior había aguzado la estratégica cualidad del instinto en la ruleta.

Sí, es verdad: el título de sus memorias preliminares del inquilino 'provisional' de La Moncloa es exacto: Manual de resistencia. Ese olfato en el fondo responde a una fría evaluación táctica: es un buen comienzo para la campaña electoral. Durante las antevísperas la actualidad nacional pivotará en buena parte sobre sus palabras. Sobre la imagen que el protagonista ofrece de sí mismo: un resistente noble, desclasado, apaciguador, dialogante, que lucha contra una coalición de Goliats, y gana... pero que para seguir ganando les necesita a ustedes. Para rebajar la tensión, para trabajar por lo que "de verdad nos interesa a los españoles" todos y todas y viceversa...

En resumidas cuentas, se había oficializado, o al menos trazado, una nueva CEDA. Un 'frente popular' de derechas.

Rivera y Casado olvidan pronto las lecciones, y quien repite, repite errores. Las tensiones no desaparecen enterradas con nuevas tensiones. Los insultos, las amenazas, el talante crispado, la organoléptica de la ambición, las líneas intraspasables, los cordones profilácticos, la cuarentenas, los "os vais a enterar", todo eso tiene serias contraindicaciones en estas circunstancias. Aquél rosario de insultos casadistas, uno detrás de otro, solo enardeció a los ya enardecidos, solo fue un efecto alucinógeno producido por el brebaje de unos cínicos chamanes.

El conflicto civil de Cataluña –que ahí está, y estará aún más tiempo porque los antibióticos ya son insuficientes a estas alturas y se precisa un cóctel de fármacos como el VIH y una larga convalecencia- no es un curalotodo para la derecha nacional, ni una buena ni prudente excusa para volver a las andadas. Un problema no se soluciona ocultando todos los demás problemas. Por eso la 'foto de Colón', que en frase propia de los populares sería 'un pacto de perdedores', despierta los recelos de una Europa que no entiende el very tipical spanish fandango de ir de la mano con Vox, que en el otro lado de los Pirineos huele a 'ranciedumbre' franquista. No es la mejor aportación que se espera de España para fortalecer el espíritu de la UE ante tantas amenazas como se ciernen sobre el proyecto.

El manejo cruel de la crisis, con una clase media y obrera que tuvo que pagar los errores y los vicios del capitalismo de casino, fue la causa del descontento social que acabó en una marea que casi se traga la España moderna y progresista alumbrada en la Transición y cimentada en un contrato social y político que dio forma a la constitución de España en un 'estado social y democrático de derecho'.

Seguramente, la aparición de Podemos, y su discurso 'constituyente' activó las neuronas dormidas de los radicales de derecha. Aparece pues Vox, que tiene un nacimiento tan espectacular como el que tuvo Podemos en sus días de gloria y esperanzas. El 'retrato' de Colón, en la manifestación convocada ex aequo por Casado y Rivera, tuvo un gran significado simbólico: Ciudadanos había dejado el centro- centro para escorarse hacia la derecha tradicional del PP, que a su vez había abandonado el centrismo marianista para neutralizar a Abascal, surgido de un extremo duro. En resumidas cuentas, se había oficializado, o al menos trazado, una nueva CEDA. Un 'frente popular' de derechas.

"No sé qué hacer", murmuraba por lo bajini el socialista del principio de esta historia con su mujer, aquél que iba a cambiar su voto de toda la vida. Temeroso de la deriva de Rivera, compañero de viaje ahora de Abascal, resumió gráficamente su destino: "Virgencita, virgencita, déjame como estoy". Sánchez había empezado la repesca.

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