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20/02/2019 07:29 CET | Actualizado 20/02/2019 07:29 CET

Mi novio me dejó en vacaciones y fue el mejor viaje de mi vida

Photo Courtesy of Anita Senaratna
Anita Senaratna, en Piccadilly Circus (Londres).

Mi novio y yo íbamos caminando de vuelta a nuestro hostal en Berlín después de tomarnos algo cuando me dijo que necesitaba quedarse un momento a solas. No llevábamos ni dos semanas viajando juntos.

Él estuvo de mal humor y callado desde que aterrizamos en París. Lo achacó al jet lag, pero ese jet lag le duró los siguientes 10 días. Intenté estar más conversadora y cariñosa cuando él se mostraba distante, pero parecía que eso le irritaba aún más. Sabía perfectamente que no se lo estaba pasando bien, pero yo no le había obligado a estar ahí.

Mientras nos tomábamos unos margaritas y charlábamos con unos mochileros británicos, él volvió a ser prácticamente como antes. Hasta me dio la mano brevemente en el camino de vuelta al hostal. Se me llenaron los ojos de lágrimas cuando me di cuenta de que era la primera vez que lo hacía en los últimos días. Se me escapó un sollozo de los labios antes de que pudiera pararlo.

"Odio cuando haces eso". Me soltó la mano. "Necesito un tiempo. No deberíamos haber venido a este viaje".

Nunca me había hablado así antes, especialmente no cuando yo estaba llorando.

"¿Entonces por qué has venido?"

"¡Porque no sabía que que sería así! Eres tan pegajosa. ¿Por qué no puedes dejar de actuar como un gatito abandonado?".

"¿En serio me estás llamando pegajosa?". Vi que un taxi frenaba cerca de nosotros. "¿Haría esto una persona pegajosa?".

Crucé la calle, me subí en el asiento de atrás y desaparecí en la oscuridad de la noche, dándole todo el espacio que quería. ¿Que si era inmaduro? Totalmente. ¿Si habría actuado igual ahora? Probablemente no. Pero en ese momento me sentí bien.

Pensé en seguir de fiesta toda la noche, pero todo parecía cerrado, así que pedí al conductor que me llevara al hostal. Cuando mi novio entró a trompicones por la puerta una hora después, no había cambiado de opinión. Empezó a enumerar todo lo que había hecho que lo había llevado hasta el límite. Estaba enfadado conmigo por haberle empujado a hacer el viaje. Me acusó de esconder mi cara bajo el flequillo y de esconder mi cuerpo con chaquetas enormes. Me dijo que mis inseguridades eran como marañas de telarañas que oscurecían mi verdadero yo.

La última vez que lo vi fue en la estación cuando yo cogía un tren con destino a Praga. Allí teníamos una habitación de hostal reservada para cuatro noches. Pensaba pasar unos días reorganizándome antes de planear el siguiente movimiento. Él se quedaría una noche más en Berlín antes de volar de vuelta a casa. Me senté en el tren y me puse a mirar fotos en el móvil... cualquier cosa con tal de evitar el contacto visual con él esos últimos segundos antes de que el tren arrancara.

Pasé la primera hora del viaje llorando en silencio e hipando fuerte, dando sorbitos a una botellita de vino de regalo. Por suerte, no tenía a nadie al lado.

Los recuerdos del año y medio anterior se reproducían en bucle en mi cabeza: las vacaciones con su familia en la costa, nuestro beso de Nochevieja en la fiesta de sus amigos, los días en la playa leyendo en voz alta en nuestro último fin de semana en casa.

Busqué cualquier error y me prometí no volver a repetirlo. Me consideraba una novia atenta. Le daba espacio, nunca me ponía celosa con sus amigas ni me quejaba cuando daba conversación a camareras guapas. A veces me enfadaba cuando cancelaba planes a última hora. Sabía que él tenía muchas cosas que hacer; pero deseaba que él se organizara mejor. En cualquier caso, no había nada que explicara por qué ahora no podía estar en el mismo continente que yo.

Pensé en algo que una compañera de trabajo me dijo antes de viajar a Europa. Ella y su entonces novio habían hecho un viaje de mochileros cuando eran veinteañeros, y ella volvió a casa convencida de que él era el adecuado.

"Sabía que si podíamos pasar por eso, podríamos pasar por cualquier cosa", me dijo. Ahora llevan 16 años casados y tienen tres hijos.

Yo no esperaba que nuestro viaje fuera coser y cantar. A mí me gustaba buscar lugares y tener un itinerario básico, aunque luego no nos ajustáramos a él. Él pensaba que teníamos que ser más espontáneos. Aparte, él nunca llegaba a tiempo a nada, así que sabía que me tocaría a mí asegurarme de que no perdíamos ningún tren. Pero nos queríamos, o eso pensaba yo, y nos las apañábamos para resolver nuestros problemas hablando. Era nuestra primera prueba como pareja, y no sólo habíamos fracasado estrepitosamente, sino que además no tenía ni idea de qué había hecho mal. No esperaba un final feliz de cuento, pero al menos sí me esperaba uno con un poquito más de dignidad.

Dos horas después, miré bien por la ventana por primera vez. El sol se reflejaba sobre las colinas verdes moteadas con vacas y cabañitas con techo de paja. Las colinas proyectaban una sombra oscura sobre la tranquilidad del río que fluía junto a las vías del tren. Vi a lo lejos una ciudad en el horizonte. Noté en el pecho una extraña energía que de golpe me sacó de mi estupor autocompasivo. Me hizo querer reír, llorar, chillar y rugir a la vez, tan alto que se formaran ondas en el río. Me sentí menos como un gatito abandonado y más como una leona dispuesta a atacar al siguiente turista que me lanzara una patata frita.

Photo Courtesy Of Anita Senaratna
Vista desde la ventana del tren de Berlín a Praga.

Me di cuenta de que podía seguir examinando el caos de nuestra relación en busca de respuestas que posiblemente nunca llegarían o podía dejar los restos en el suelo y seguir adelante. Me había esforzado mucho por ahorrar para este viaje. Todavía me quedaban un par de semanas en Europa, y no había reservado nada para después de Praga. No sólo podía ir donde quisiera, sino que además estaba soltera.

Pasé las siguientes dos semanas en un estado de intensidad en el que los colores parecían más brillantes, la comida sabía más dulce y las puestas de sol me provocaban las lágrimas. Me despertaba cada mañana sabiendo que podía hacer lo que me apeteciera, sin sentirme culpable ni preocuparme por si él se estaba divirtiendo. Exploré castillos y callejones grunge de moda en Praga. En Budapest, estuve de fiesta en bares al aire libre, besé a un desconocido en una pista de baile y me recuperé en las aguas termales. Me encontré con un viejo amigo en Londres, frikeé con el tour de Harry Potter y me gasté el dinero que me quedaba en un corsé y un cuaderno de piel en Camden Market. Hubo momentos en los que deseé que él estuviera a mi lado saboreando conmigo la experiencia, pero esos momentos no duraban mucho. Al fin y al cabo, él había elegido no estar ahí.

Empecé a sentirme más como mi yo pasado, esa chica que probaría casi todo alguna vez en la vida sólo con tal de poder escribir sobre ello algún día. Estar sola me obligó a entablar más conversaciones con desconocidos. A veces las conversaciones se convertían en cañas y en juegos de cartas en el hostal o en una noche fuera explorando una nueva ciudad. Otras veces, salía yo sola a comer algo y recordaba lo mucho que me gusta mi propia compañía.

Photo Courtesy Of Anita Senaratna
Senaratna, frente al muro de John Lennon en Praga.

Esperaba que la depresión llamara a mi puerta cuando volviera a casa y me tocara lidiar con la vida real, pero eso nunca ocurrió. Me descargué Tinder y empecé a acumular citas en el instante en que recuperé la cobertura del móvil al bajar del avión. Me teñí el pelo de rojo, empecé a dar clases de pole-dance y vendí en eBay los pendientes que él me había comprado. Estuvo unos meses mandándome mensajes esporádicos, diciéndome que me echaba de menos y que sentía cómo habían acabado las cosas. Dejé de contestarle cuando recuperé todas mis cosas.

De eso han pasado cinco años. No lo he perdonado por completo, pero de vez en cuando me permito sonreír cuando pienso en los momentos más felices. Cuando miro las fotos del viaje, veo la conmoción y el dolor en mis ojos, aunque esté sonriendo. Pero también veo destellos de la rabia que canalicé en mi carrera, consiguiendo el trabajo con el que soñaba. Veo chispas de creatividad cuando trato de captar lo que aparece en el papel. Veo un atisbo de esperanza de cura con la intención de volver a amar algún día. Veo a alguien que cogió su dolor y lo utilizó para crear la vida que siempre quiso para sí misma, en sus propios términos. Y no me arrepiento.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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