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13/03/2016 10:14 CET | Actualizado 13/03/2016 10:14 CET

La consunción del alma, una grave enfermedad

Que llevemos cinco años de inhumanos recortes en nuestros derechos sin que, no sólo no se haya producido una revuelta general entre los perjudicados, sino que el partido recortador haya sido el que más votos ha obtenido en las últimas elecciones generales, prueba el marasmo general en que nos hallamos.

Ayer me topé con la palabra consunción (RAE: Acción y efecto de consumir o consumirse. Extenuación, enflaquecimiento. En términos médicos: Adelgazamiento y pérdida de fuerza que se observan en todas las enfermedades graves y prolongadas). Acabé saltando a esta otra: emaciación (adelgazamiento morboso, peso inferior al que corresponde a la estatura.

En la mayoría de las entradas encontradas en Google (al servicio del mundo rico), está relacionada con el VIH: la emaciación producto del hambre, la hambruna y la malnutrición severa, apenas se menciona.

Enseguida trasladé ambas palabras a la realidad del corral donde vivo, a esa realidad que tiene que ver con el marasmo (un tipo de desnutrición por deficiencia energética, acompañada del resultado de un déficit calórico total), y especialmente con el marasmo anímico, con el marasmo vital. Que, por ejemplo, la UE y el Gobierno en funciones de Españistán (tanto monta, monta tanto...) den por completo la espalda a los refugiados sirios y del este sufriente introducidos en sus fronteras no produce la más mínima reacción entre el común de la población (creo que hablar en este caso de "ciudadanía" equivale a pervertir su verdadero significado).

Que llevemos cinco años de inhumanos recortes en nuestros derechos fundamentales sin que, no sólo no se haya producido una revuelta general entre los perjudicados y el resto de la ciudadanía, sino que el partido recortador haya sido el que más votos ha obtenido en las últimas elecciones generales, prueba el marasmo general en que nos hallamos. Sabemos que hay millones de parados, miles de profesores sin trabajo, pensionistas con pensiones de miseria, hospitales con plantas cerradas, mientras se conciertan miles de millones de euros en centros sanitarios privados, etc. Pero nada ocurre, nada se mueve, salvo algunos en contra de los desahucios y algunos grupos de trabajadores que han dado ejemplo de lucha y de compromiso. Es el marasmo, es la consunción de nuestra entidad e identidad.

España, un país -un corral, dentro del panorama mundial global- donde hay gente que pasa hambre pero nadie se muere de hambre. Incluso se habla de qué hacer con las toneladas de alimentos que las grandes superficies suelen tirar y abandonar en los cubos de basura de nuestras ciudades. Hay gente necesitada de muchas cosas, pero ninguna, o muy pocas de ellas, están en trance de consunción, de emaciación. Sin embargo, además de la pobreza existente en Españistán, de toda la gente que bordea o está en pleno trance de caer en la pobreza severa, hay otra pobreza, igual de grave, debida a la consunción del alma, a la emaciación del espíritu de un ser humano,

Se trata de la parálisis de nuestro pathos, de nuestra capacidad de pensar, sentir, hacer y deshacer en el ámbito de los valores. Lo que sucede nos afecta en el mismo sentido que las ondas luminosas que recibimos para ver o el frío del invierno para abrigarnos. Pathos, pasión, padecer, tiene que ver con sentir, aunque finalmente haya terminado primordialmente en los baúles de las patologías (enfermedad, sufrimiento, padecimiento).

La enfermedad más grave de Españistán (de Europa y de Occidente en general) es la consunción de su pathos: nos estamos autoconsumiendo, autoengullendo, huimos del mundo, de la solidaridad, de los valores del Humanismo y la Ilustración, de los derechos de todos y cada uno de los seres humanos del mundo, a cambio de no perder el trozo de tarta que aún engullimos cada día, a cambio de nuestro silencio, de nuestro no mirar o mirar hacia otro lado, de que todo lo que moleste al verdadero pathos de nuestro espíritu no sea nombrado ni mostrado y así deje de existir.

En Españistán, el alma es autodevorada a cambio de los cachivaches que consumimos. El alma es suplida por sucedáneos puestos al servicio del consumo, hasta tal punto, que me estoy preguntando si nos resta algo de alma, si ya nos parece incluso ridículo hablar de pathos, de alma, de espíritu, de derechos, igualdad, solidaridad, libertad, fraternidad...

Se nos va la fuerza por la boca. Hablamos, y hablamos, y hablamos, y con ello intentamos justificarnos. Pero la realidad es que el proceso de consunción parece imparable. Escribe Martín Caparrós, en su excelente libro El Hambre: "La pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. La que te deja sin horizontes, sin siquiera deseos: condenado a lo más inevitable".

En Níger ocurre de pura hambre. En Españistán, de puro empacho.

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