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04/03/2016 07:14 CET | Actualizado 04/03/2016 07:14 CET

Lo viejo, lo feo, o Polifemo en Teratolandia

Dentro de la zoología, hay una palabra rara y poco conocida (teratología) que significa el estudio de lo monstruoso, de las anomalías y monstruosidades del organismo animal o vegetal. Hoy nos hemos acostumbrado a vivir en las antípodas de Teratolandia, y evitamos sin disimulo a los teratolenses, a lo monstruoso, lo viejo, lo feo (tantas veces metidos en el mismo saco).

El mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que nos estamos construyendo un sistema de vida y de convivencia de ficción, es una anomalía que consideramos ya de lo más normal, según la cual, por ejemplo, una persona puede tener cuantas mansiones de centenares de millones se le antojen mientras otras muchas viven a la intemperie porque los ricos bombardean un país por intereses contrapuestos o porque no han pagado la hipoteca a un banco que han rescatado con sus partes alícuotas de estafados mundiales.

Teratolandia es una anomalía que pervierte casi todas las ideas y palabras: por ejemplo, la democracia es el menos malo de los sistemas políticos; la libertad termina donde empieza la del otro (¿qué libertad?¿qué otro?); todos somos iguales ante la ley; orden; seguridad; terrorismo; libre comercio; libre mercado; centro, radical, izquierda, derecha, etc.

En Teratolandia, nuestro primer país, desde donde nos llevaron, mediante una hábil maniobra del tocomocho, a Antiteratolandia, mutaron la extrañeza, la aversión o la resistencia frente a las anomalías en simple cacofobia (la aversión a lo feo y -hoy se identifica- lo viejo). Hay que ser joven, bello, bien cuidado, metrosexual, atractivo, sexy, nuevo. Para ello, hay que comprar y comprar lo que haga falta, sacrificar cuanto sea por la línea, el aspecto, la apariencia. La belleza es un anacronismo si no se ve, se compra, se admira, se ostenta. En Antiteratolondia lo feo es risible y lo viejo es, sobre todo, un problema para pagar las pensiones de la ciudadanía, salvo que se tenga un aseado plan de pensiones o se haya invertido en un sustancioso fondo.

Hay que ser joven, bello, bien cuidado, metrosexual, atractivo, sexy, nuevo. Para ello, hay que comprar y comprar lo que haga falta, sacrificar cuanto sea por la línea, el aspecto, la apariencia.

Hasta principios del siglo XVIII, con Anton van Leeuwenhoek y su primer avistamiento de un espermatozoide, se creía que con su semen el varón depositaba un ser humano completo muy pequeño (un homúnculo) que la mujer se limitaba a acoger y desarrollar en su vientre, dependiendo de factores como la humedad y el calor para que el bebé fuese niño o niña. Hoy, los seres humanos damos la impresión de viajar permanentemente sobre una cinta transportadora de homúnculos de pocos centímetros de racionalidad y humanidad, con más o menos defectos de fabricación, según nos acerquemos al canon sociocultural de belleza y apariencia. Nos creemos protagonistas y autores de nuestra propia belleza, cuando en realidad son los productores de nuestros fofos sueños los dueños de la mercancía.

¿El sistema es una anomalía, o la anomalía somos nosotros? ¿El hambre de miles de millones, la absurda y temprana muerte de miles de millones, son una anomalía que el sistema reparará pronto si dejamos de ser anomalías sociales? ¿El mercado es una anomalía o la madre reparadora de todas las anomalías proletarias?¿En Antiteratolandia, la anomalía de lo raro, lo extraño, lo feo, conduce a veces a irracionales reacciones frente a lo supuestamente monstruoso, como la exclusión, el mobbing, el racismo, el bullying, el linchamiento físico, social o moral, la intolerancia, el aislamiento, la xenofobia, la intransigencia, la discriminación, la segregación, la postergación, el alejamiento, la marginación, el fanatismo o el sectarismo?

Nos creemos protagonistas y autores de nuestra propia belleza, cuando en realidad son los productores de nuestros fofos sueños los dueños de la mercancía.

Nadie más incomprendido que un monstruo en Antiteratolandia. No hay más que pensar en el teratolense Polifemo, el feo cíclope aislado en su cueva, víctima del héroe Odiseo, que invadió su antro y comió cuanta comida quiso sin permiso del supuesto monstruo, del que se chanceó diciéndole que se llamaba Nadie. Quizá la actitud de tantos Odiseos tenga que ver con algo no superado y que no permite madurar, que hace ver lo raro, lo viejo, lo extraño, lo desconocido, lo inclasificable o lo extraordinario como verdaderas amenazas a la seguridad personal o comunitaria. Por eso corremos a comprar ropa que luzca y perfumes que atraigan, pues difícilmente se soporta quedar etiquetado como un feo, arrugado y viejo monstruo teratolense.

Cuánto mejor nos iría cultivando razonablemente la sympathia (como simpatía y como empatía). Y todo por no hacer caso a las reflexiones de nuestro aún presidente en funciones, Mariano Rajoy: "Somos sentimientos y tenemos seres humanos". ¿Teratolense o antiteratolense?