Lobos vegetarianos, piratas honrados y educadores destructores

Lobos vegetarianos, piratas honrados y educadores destructores

La verdadera autoridad no se impone, sino que se reconoce. La auténtica autoridad del profesorado debería ser moral, más que académica y funcionarial. Es en la persona misma de quien tiene autoridad donde residen la dignidad, la valía para que se acepte y se reconozca en ella libremente esa autoridad.

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Imagen: Alfonso Blanco

"Érase una vez

un lobito bueno

al que maltrataban

todos los corderos".

Pocos poemas han resultado ser tan conocidos por todos los públicos como Érase una vez, de José Agustín Goytisolo, principalmente en su versión cantada por Paco Ibáñez, donde figuras supuestamente infantiles de signo opuesto pretenden expresar "un mundo al revés". A propósito de corderos, Ernesto Sábato escribe, a modo de memorias, en su libro Antes del fin que las presuntas bondades del neoliberalismo y de la libertad de mercado se le antojan un falaz oxímoron, pues el mundo le parece poblado de lobos y de corderos, y aunque haya corderos que proponen a los lobos que se hagan vegetarianos, la idea neoliberal de libertad tiene como axioma fundamental: libertad para todos, y que los lobos se coman a los corderos. Pues bien, estos días ha hecho aparición otro oxímoron de carne y hueso que tiene muy mala sombra: el maestro que, lejos de formar y educar, destruye lo más valioso de su alumnado.

"Y había también

un príncipe malo,

una bruja hermosa

y un pirata honrado".

Érase una vez que se era en la ciudad de Zaragoza un profesor de Educación en la Facultad de Ciencias Humanas y de Educación - Facultad de Ciencias Sociales y Humanas. Empezó hace unas semanas el curso universitario, comenzaron las clases, especialmente nervioso y expectante estaba el alumnado de primer curso de Grado, y todo transcurría con normalidad, hasta que tocó el turno a la asignatura Contextos Diversos. Entró el profesor en el aula, echó una ojeada panorámica a su auditorio, e indicó ipso facto a una alumna, de nombre Soraya, que saliera del aula, expulsada por vestir hiyab o velo islámico, que suele cubrir la cabeza y el pecho de las mujeres musulmanas desde su pubertad. Ahí y así comenzó a enseñar aquel profesor lo que en ningún caso debería ser enseñado en un aula: los propios prejuicios individuales y los fantasmas interiores. Puede leerse en una "Breve presentación de la asignatura" que su horizonte común es "favorecer el éxito de los escolares", teniendo en cuenta también "las condiciones derivadas de la heterogeneidad de la población" y "la heterogeneidad de los alumnos en el momento actual". En resumidas cuentas, ¿no querías caldo? Pues bien, toma dos tazas: expulsada por llevar hiyab.

"Todas estas cosas

había una vez.

Cuando yo soñaba

un mundo al revés".

Soraya expuso los hechos al decano de la Facultad, y la noticia corrió como la pólvora por el campus y los medios de comunicación. A la siguiente clase de Contextos Diversos, un jueves, la expectación era enorme. Soraya, acompañada también de algunas autoridades de la Facultad, la Universidad y Asociaciones de alumnos, que se quedaron en el pasillo, se preguntaría, sentada ya en el aula, si amanecería despejado o con fuerte chaparrón. A los veinte minutos de clase, el supuesto profesor espetó a Soraya, delante de todos sus compañeros de aula: "Me obligan a tenerte en clase, pero no eres bienvenida". Primero, un alumno, puesto en pie, afeó la actitud y la conducta de su profesor; a renglón seguido, todos los alumnos y alumnas fueron abandonando el aula.

La suerte estaba echada y el daño estaba hecho. Cualquier explicación o justificación del profesor ya sería en balde, y las paredes de aquella Facultad de ¡Educación!, de ¡Ciencias Sociales y Humanas! quedaban teñidas de indignación y vergüenza. Posteriormente, se produjeron conversaciones separadas entre las partes (Soraya, autoridades académicas, profesor y alumnado), pero el desencuentro ha ido aún a mayores, y el profesor mismo se negó a impartir clase y abandonó la Facultad, cuando a la clase siguiente vio al propio vicerrector como asistente en el aula. La educación (en sus múltiples sentidos) había quedado destruida a manos de un presunto educador usando la razón de la prepotencia. ¿Para cuándo una apertura de expediente y una probable suspensión fulminante de empleo y sueldo en el caso de lesión pública y grave de derechos humanos fundamentales, especialmente en un aula educativa dentro de una Facultad de Educación? ¿Espera alguna autoridad de la Administración Pública que con diálogo los lobos se vuelvan vegetarianos?

Crece la exigencia, sobre todo en algunos sectores de corte conservador, de un mayor reconocimiento público de la figura del profesor y un reforzamiento de su autoridad. Por autoridad suelen entender ante todo la potestad para imponer el orden y la disciplina, y para sancionar a los alumnos problemáticos. Confunden así la auténtica autoridad con un elenco institucional de automatismos sancionadores o impositivos. Sin embargo, la palabra autoridad proviene de los términos latinos auctor y augere (hacer crecer o aumentar). El auctor, quien tiene autoridad, es, pues, fuente u origen de algo, y está relacionado con engendrar, dar vida, hacer que alguien o algo se desarrolle. Según esto, la autoridad no proviene propiamente de fuera, sino que se ejerce y va haciéndose dinámica y constantemente en la medida en que alguien crece y se desarrolla.

La verdadera autoridad no se impone, sino que se reconoce. La auténtica autoridad del profesorado debería ser moral, más que académica y funcionarial. Es en la persona misma de quien tiene autoridad donde residen la dignidad, la valía para que se acepte y se reconozca en ella libremente esa autoridad.

La educación debe buscar formar y desarrollar personas libres, iguales, críticas, autónomas, solidarias, cultas y bien formadas profesionalmente, lo cual conlleva fomentar su libertad, identidad y responsabilidad. Lleven o no lleven hiyab.