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20/06/2012 10:32 CEST | Actualizado 19/08/2012 11:12 CEST

Too much sectarismo

Lo natural es que cada uno tenga su ideología y aborde las cuestiones de la actualidad desde su propia perspectiva, pero no es normal que se niegue el pan y la sal al que no coincide con las ideas de uno.

La política española, y todo lo que le rodea, se ha llenado de un sectarismo que me asfixia. Lo natural es que cada uno tenga su ideología y aborde las cuestiones de la actualidad desde su propia perspectiva, pero no es normal que se niegue el pan y la sal al que no coincide con las ideas de uno.

En esta radicalidad caemos, sobre todo, políticos y periodistas. Servimos de ejemplo a los ciudadanos que nos siguen, y con nuestra actitud colaboramos a extremar las posiciones en la sociedad. Esto que está pasando, no nos hace ningún bien y empieza a ser un problema añadido a los económicos y sociales que padecemos.

No puede ser que todo lo que hagan los de un color sea impecable y lo que hagan los de otro sea un desastre y una corrupción. No es sensato que un hecho objetivo sea para algunos negro y para otros blanco, sin grises y con la verdad absoluta siempre de la mano. Y no es bueno que unos sean vistos como demonios y otros como santos. Me refiero a las "dos Españas".

Que nadie interprete esta reflexión como un rechazo a la sana confrontación de ideas. Lo que realmente pretendo es protestar contra los fundamentalismos que nos impiden los debates enriquecedores, contra una actitud que se está extendiendo y desacredita la actuación pública. El sectarismo rampante dificulta los consensos por el interés general, más importantes ahora que nunca, y son un freno para la modernidad del país.

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