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01/07/2018 10:09 CEST | Actualizado 01/07/2018 10:09 CEST

Acaba el curso teatral, ¡empiezan las muestras!

Nave 73

Resultado de esa movida teatral madrileña que se está gestando (si no se ha gestado ya), y que las administraciones públicas pero sobre todo los medios nacionales y locales están ninguneando, surgen en la capital distintas escuelas de distinto pelaje y condición. Ya sea en centros de largo recorrido y prestigio como el Teatro de la Abadía o la Cuarta Pared a pequeñas salas, modestas, como Estudio Teatro Madrid. Salas que una vez acabado el curso muestran lo que han conseguido, hasta donde han podido llegar con todo ese entusiasmo y, a veces, el poco tiempo que los estudiantes le pueden dedicar pues hay que cubrir esas pequeñas necesidades vitales (la mala costumbre de comer, vestirse y alojarse en algún lado) y pagarse el curso.

Muestras de muy variado pelaje. Como ese pequeño y emotivo espectáculo que el Teatro de la Abadía ha montado con sus espectadores activos y fieles. Público que no solo compra entradas para este teatro sino que se apunta, una y otra vez, a los cursos que le organizan para activarlo. Para intentar convertirlo en un público crítico que aprecie el arte teatral en lo que vale y no en lo que le dicen que vale. Y que esta vez, bajo la atenta mirada de la actriz Inma Nieto, la bailarina y coreógrafa Teresa Nieto y la ayudante de dirección Andrea Delicado se han remontado a los recuerdos, propios o de sus familiares, para contar esa posguerra que ha hecho de Madrid lo que es hoy, aprovechando que se iba a representar en el teatro la dramatización de la novela Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos. Sí, era pequeño. Y, es verdad que carecía de la tensada técnica de los profesionales. Sin embargo, era bello porque en sus palabras y en sus movimientos en escena rezumaba verdad. La verdad de las cosas que ocurrieron y que los profesionales les enseñaron a contar y mostrar de sí mismos.

Teatro de la Abadía - Elena Pascual
Ensayo del Curso de Espectadores en Re-Acción

Muestra que contrasta por planteamiento con la que seguramente es la mejor, How to disappear completely, motivo por el que ha sido seleccionada para el Festival Surge 2018. Detrás está la compañía Grumelot, con Carlota Gaviño e Iñigo Rodríguez-Claro, que han trabajado con los alumnos de último año del curso de la Escuela Nave 73. Historia de los astronautas que iban en Challenger, el transbordador espacial que estalló al poco de despegar en la era Reagan. Su exceso entusiasma con la historia de todos estos astronautas, mejor dicho con las ausencias que crearon sus muertes. Obra llena de referencias, de mensajes, de imágenes que fluyen en escena y cargan de tal modo al espectador que, con algunos ajustes, debería verse más aunque fuese en el off-Madrid. Lo que, quizás sea imposible debido al número de actores y actrices necesario para representarla y será una pena que se queden sin verla todos aquellos que no consiguieron una entrada.

El mismo motivo que seguramente hace inviable el Marat- Sade, el clásico de Peter Weis, que se ha visto en la Cuarta Pared. Un espectáculo en el que los personajes se desdoblan o se triplican para dar cabida a todos los actores que terminaban el Curso Regular de Interpretación de esta escuela. Actores y actrices que interpretan a los pacientes del manicomio de Charenton, donde se supone que pasa la obra, y donde representan para los benefactores asistentes (el público que ocupa la sala) el debate filosófico entre Marat y Sade en tiempos de la Revolución Francesa. Actores capaces de decir un texto un texto excesivamente complejo en completa desnudez, a la intemperie, boca abajo o mientras el resto le ponen pinzas en la piel. Lástima que la dicción falle porque son jóvenes profesionales de los que saben ponerse generosamente al servicio de la historia y de la imaginación de la directora Rakel Camacho. Una combinación, ponerse al servicio de una dotada imaginación, que seguramente es responsable del resultado que se ve en escena.

Sala Cuarta Pared
Foto de Marat-Sade de Peter Weiss - Sara Batuecas

También es la Cuarta Pared el lugar de la muestra del Taller de Dirección Escénica: Creación Colectiva de Marcelo Díaz. Un curso que es ya un clásico al que suelen llegar alumnos de distintas procedencias, del teatro (en su mayoría) o no, para aprender de este reputado director argentino que ha desarrollado y desarrolla su carrera fundamentalmente en países de habla alemana. Esta vez se muestra una creación colectiva escrita y pensada por los propios alumnos sobre el tema candente del desarraigo, del que no pertenece al lugar al que llega. Escenas que han ido creando entre todos en las clases mediante la prueba del ensayo y el error a medida que iban descubriendo sus fortalezas como equipo y agarrándose a ellas para construir un discurso y tomar una posición sobre lo que es ser extranjero en tierra extraña, tanto en su sentido directo como figurado, pues no todo es inmigración no deseada. Sin el dramatismo a que se tiene acostumbrado al espectador, incluso se atreven a meter el humor, pero con una fluida dramaturgia que al público dotará de argumentos.

Pero no todos se sitúan en la vanguardia. Hay escuelas que apuestan habitualmente por un teatro más convencional en sus presupuestos. Es decir en un texto que propone una situación, un conflicto que tiene comienzo, nudo y desenlace. Ha sido el caso del Estudio Teatro de Madrid que ha trabajado con sus alumnos El nombre una de las comedias francesas de más éxito de los últimos tiempos que hasta tuvo su película. Teatro de boulevard y de salón que estos actores no profesionales hacen como verdaderos amateurs del teatro. Personas que conscientes de su (dis)posición y sus talentos, defienden la obra hasta hacerla andar y hacerla decir a sus estereotipados personajes su verdad ante el público que ha agotado las entradas todos los días que se ha representado en la pequeña sala de la escuela.

Imagen promocional de 'El nombre' representada en Estudio Teatro Madrid.

Muestras entre las que sorprende el gatillazo en los Teatros Luchana de La rondade Work in Progress, la escuela de Dario Facal, director que tantos y buenos momentos está dando al teatro. Y eso que partía de un texto clásico de Arthur Schnitzler y la dirección del director de cine Jaime Chavarri que desde hace un tiempo se ha pasado al teatro. Sorprende más, teniendo en cuenta el proceso de esta escuela en la que los cursos son eliminatorios por lo que no todos los que comienzan llegan al final del curso. El caso es que en esta ronda amorosa, donde el sexo por dinero, por deseo, por amor y entre el mismo género, se va rondando, no permite ver, como en sus muestras anteriores, el entrenamiento y el pulido de los talentos individuales de los actores, esa apuesta pragmática por el oficio y la profesión que hace la escuela por ellos. Aunque, es cierto, que algunas escenas a pesar de una puesta demodé tienen su gracia y hacen reír al respetable, un respetable que, a diferencia de otras muestras de las que se ha hablado en este post, ha pagado una entrada.

No son todas. Faltan muchas. Como la muestra de los cursos que para jóvenes profesionales hacen en el Teatro de la Abadía. O, según cuentan, el interesante montaje de Rinoceronte de Ionescu que dirige Carmen Losa en el tradicional Laboratorio de William Layton. El caso es que Madrid es ahora mismo un hervidero de profesionales de la escena y de profesionales de la butaca de teatro que están creando entre todos un tejido cultural al que merece la pena acercarse. Es lo suficientemente atrevido y osado como para eclosionar, estallar. Una corriente vital que todos los años por primavera se muestra, se enseña, a familia, amigos pero, lo que es más importante, a extraños creando de forma espontánea una gran y silenciosa comunidad cultural. Ese tejido que tanto se echa en falta en esta España nuestra. El que se envidia a otros países que se consideran más avanzados y que, a lo mejor, por estar mirándolos, no se ve lo que sucede aquí.

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