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09/12/2018 11:42 CET | Actualizado 09/12/2018 11:42 CET

'Ante la jubilación' o esa parte humana que nos hace inhumanos

Felipe Mena
Pep Cruz en Ante la jubilación de Bernhard dirigida por Krystian Lupa

A raíz de los recientes resultados de las elecciones andaluzas con la entrada de Vox en el parlamento de esa comunidad Manuel Jabois se preguntaba en el diario El País, "¿se han hecho los andaluces racistas de forma fulgurante?" Más allá del análisis de su artículo la respuesta puede estar en el Teatro de la Abadía donde de la mano del Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid, del festival Temporada Alta y del Teatre Lliure acaba de aterrizar Ante la jubilación, un impresionante texto del austriaco Thomas Bernhard dirigido con mucha y extraña sensibilidad por el polaco Krystian Lupa. El lujo teatral que dicho festival le ha regalado a Madrid hasta el 16 de noviembre.

En dicha obra, la historia de tres hermanos que conviven en la antigua casa familiar y celebran su antiguo pasado nazi, se dice y se repite que solo el dos por ciento de los austriacos se declaran abiertamente nazis, pero que en realidad lo son muchos más y llegará un día que volverán a decirlo libremente, sin miedo. Esto lo escribe Bernhard que pertenecía al Partido Popular Austríaco, un partido conservador y católico. Así que, tal vez, y parafraseando al escritor, solo un dos por ciento de los andaluces (¿se podría decir españoles?) se declaren fascistas abiertamente, pero lo sean muchos más en sus casas. Y, quizás también, en Brasil, Francia, Estados Unidos, Holanda, Italia, Polonia o Reino Unido a tenor de los resultados electorales.

Acaso, como ocurre en la obra, ese tipo de manifestaciones se hayan hecho hasta ahora solo y únicamente en el seno de la intimidad familiar y con las persianas bajadas. Donde se contrata a un servicio sordo y mudo al que se le da libre en las celebraciones que solo se pueden hacer a puerta cerrada. A la que por obligación invitan a ese garbanzo negro y díscolo que tiene toda familia, ese con el que hay que cargar, pues la libertad, ¿o fue el libertinaje?, lo desgració, y se le vive como el lastre familiar. Alguien que hubo que salvar hasta de sí mismo y que sirve de punching-ball de todas las burlas, expresiones, desafecciones, que, al menos antes, no era posible hacer en la calle a cara descubierta. Un ser que pierde su tiempo leyendo periódicos, informándose, y escribiendo cartas al director, es decir, blandiendo palabras y argumentos en público sin, claro está, ningún éxito.

Un montaje con apariencia de tonos sepias y de blanco y negro desgastados, como si fuera algo antiguo. Eso colores melancólicos que ofrecen los filtros de casi todas las cámaras y apps fotográficas para dar una pátina de viejo y con carácter, de un tiempo pasado que se piensa mejor y heroico, a lo que se fotografía hoy y se sube a Instagram. Una melancolía en la que se ha instalado esta sociedad occidental y sus asimiladas o en proceso de asimilarse. Una falsificación estética en la que le gusta verse.

Felipe Mena
Marta Angelat, Mercè Aránega y Pep Cruz en Ante la jubilacion de Bernhard

En ese gastado blanco y negro de la obra se suceden las imágenes que se proyectan en el fondo del escenario. Imágenes de esos tiempos pretéritos que tanto se echan de menos. Donde las fiestas, los hoteles y una agreste naturaleza de cuento ocupada por los cuerpos nutridos y musculados de los sonrientes soldados nazis y de sus mujeres alternan con las fotos de los famélicos y piojosos represaliados con sus pijamas a rayas. Estos cuerpos últimos que serán anónimamente arracimados en fosas comunes e incinerados.

Ver a la familia, unida y con sus mejores galas, en su gastado y viejo salón pasar el ordenado álbum de fotos, como quien mira los recuerdos de la abuela mientras las comentan como si fueran fotos de la boda. Escucharles como añoran aquellos buenos tiempos, mientras la hermana lastrada, es callada y obligada a mirar y a escucharles asustada como un perrillo abandonado y maltratado. Todo esto es, como poco, revelador de cómo puede ser que se haya llegado hasta el día de hoy. Y de cómo los argumentos que convencieron, siguen convenciendo, que de alguna manera tienen algo que engancha con lo más atávicamente humano.

Tanto Bernhard como Lupa se toman su tiempo para contar como el mal va inflamando esa parte humana que nos hace inhumanos, como se va destilando el veneno. Un tiempo que saben aprovechar muy bien los tres fantásticos actores que se encuentran en el escenario (ya solo por su trabajo merece la pena acercarse al espectáculo). Ese espacio que saben llenar de silencios, miedos, obscenidades y reproches y así tensionar al espectador en la butaca cuando se da cuenta que los mira fascinados.

Personajes que hablan de retomar la música, de ir a conciertos, de escuchar a Mozart o a Schubert. De tener una actividad cultural elevada para no convertirse en bestias, como les aconsejaba su padre. El problema es que esas actividades culturalmente elevadas las han abandonado por el trabajo, por la familia, por el estudio. Si acaso las dejan para los tiempos de ocio. Algo a retomar para cuando estén jubilados, para cuando tengan tiempo. Sin darse cuenta de que la cultura que no te convierte en bestia es la que se lleva puesta en el día, como un pantalón, una falda, una camisa, unos calzoncillos o unas bragas. Que no está hecha ni de santos ni de marcas personales. Que no es la que entretiene los tiempos muertos, llena fines de semana o ameniza veladas con cualquier propósito o condición. ¿Seremos una sociedad de entretenidos los que les están sacando a los fascistas de sus casas, donde los colocan Bernhard y Lupa, y les estemos dejando entrar en el teatro y sentarse libremente en las butacas de patio?

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