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18/11/2018 09:43 CET | Actualizado 18/11/2018 09:43 CET

'Cama', ¿campo de batalla o salón de baile?

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Jacobo Medran
María Morales y Carlos Troya en Cama de Pilar G. Almansa

¿Qué tiene Cama de Pilar G. Almansa para llenar cada sábado la sala 1 de los Teatros Luchana? Tiene una sencilla, mínima, historia de (des)amor de nuestro tiempo protagonizada por una mujer y un hombre. En la que muchos y muchas se verán reflejados. Una historia con un gran texto, una gran dirección de la propia autora, una actriz superlativa, María Morales, y un actor también grande, Carlos Troya, que se desnudan tanto real como metafóricamente para bailar ese baile que bailan los (des)enamorados. En el que la cama siempre es presente y se vive en presente.

Pues esta obra va de eso, de acostarse, porque se quiere, con quien contigo quiere acostarse. De desnudarse. Tocarse. Besarse. Dar rienda suelta al deseo en los tiempos en los que los hombres heterosexuales ya no saben como responder a esa atracción que le provoca una mujer, a ese impulso, a esa diversión tomada en serio. Deseando no ser su padre, deseando no comportarse como su padre, abandonar la (mala) educación que se le ha dado.

Ese impulso que la mujer heterosexual actual también quiere de él, y ella tiene, pero en otros términos. En los términos de igualdad. Una pareja de iguales que se comprometen en un territorio común, una cama que pertenece a los dos. Porque como Ella, el personaje de María Morales, dice esto va de lo que quieren hacer ambos. No de imponerse el uno al otro sino de hacer juntos y en ese hacer, construir(se) ambos.

Trailer de Cama de Pilar G. Almansa

¿Y qué quieren los dos? Quieren amarse, hacer el amor más allá de un polvo de una noche. Un sexo que se materializa en escena en una de las formas más sensuales que se han visto últimamente sobre un escenario gracias a la coreografía de Amaya Galeote. Un sexo poético, pues durante toda esa escena la prosa de la vida y del teatro se tornan verso. Un verso que recitan, entre la mecánica y la intención al decirlo, mientras se desnudan el uno al otro, mientras ruedan bajo las sábanas, mientras se acoplan. Y la cama, que en la actualidad tiende a describirse como un campo de batalla campal, se convierte en esta obra en una pista, insisto, de baile.

¿Qué hace tan difícil que ese baile se materialice en el tiempo más allá de la cama? ¿Qué lo deteriora? ¿Qué lo perjudica hasta hacer pensar que aquello tan bueno que construye una pareja, gracias a ese baile inicial y los que vendrán después, merece ser disuelto? ¿Qué cultura estamos creando por la que una pareja corriente y moliente que sabe que se quiere vea su bien en otra parte? ¿Qué nos hace tan vulnerables?

Todo esto lo cuentan en apenas una hora una pareja de actores en un escenario en el que solo hay una cama. Puede parecer poco. Sin embargo, es tal el espectáculo que hace olvidarse que se está ante un montaje mínimo. Pequeño, cómo las vidas pequeñas y anónimas de todos nosotros. La historia de siempre en cualquier lugar. La que se repite una y otra vez. La de una chica y un chico (y, ahora también, la de dos chicos o dos chicas) que se conocen y, a partir de ahí, serán ellos tratando de bailar y sus circunstancias (im)poniéndoles la letra y la música de la canción que les hace bailar. Una historia tiernamente triste, de la que se sale con muchas ganas de abrazar.

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