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31/12/2017 11:43 CET | Actualizado 08/01/2018 11:30 CET

'Canela' es canela fina y champán gitano con mucho duende

Teatro Tribueñe
Raquel Valencia y Jesús Chozas en una escena de Canela en el Teatro Tribueñe

Canela, el nuevo espectáculo de Hugo Pérez de la Pica en el Teatro Tribueñe, confirma lo que todos los que han visto sus espectáculos ya saben. Es capaz de hacer siempre lo mismo. Es decir, usar la misma técnica, los mismos referentes, y, sin embargo, no repetirse. Habrá quien piense que es magia. Incluso habrá espectadores incrédulos que se froten los ojos y, en estos espectáculos, además, los oídos. Porque Canela es, de nuevo, un espectáculo basado en el folclore español de predomino andaluz o gitano, pero no solo, que hace aplaudir al público casi en cada número y acaba, como una fiesta en un tablao flamenco. Todos de pie, los artistas en el escenario, bailando, y el público en el pequeño patio de butacas, aplaudiendo, gritando bravo y ¡olé! Y ¡ele!

El cómo lo hace y lo consigue es un misterio. Tal vez, el truco esté en que es un espectáculo sin doblez. Es sincero en lo que hace y en lo que ofrece. Sinceridad que se acompaña de un profundo conocimiento del material con el que se trabaja. Ese teatro musical español del que se apropiaron unos cuantos y lo convirtieron en su santo y seña cultural. Un rasgo definitorio de su grupo y de su clase, generando el rechazo de la intelligentsia de aquellos oscuros años que parece que muchos de esta misma intelligentsia parecen echar de menos y querer que vuelva.

Lo de Hugo no es un revival. No hay en su apuesta ni una pizca de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No hay melancolía en su mirada, pero sí interés, conocimiento y compromiso. El que le permite ver todo lo bueno que tiene que ofrecer todavía. La picardía de un cuplé, la melancolía de una habanera, el ripio y la referencia a un arte que fue popular, y que lo seguiría siendo todavía, si el prejuicio citado anteriormente no existiese. Algo que se ve en la platea donde un público mayor se mezcla con un público más joven que mira aquello como si nunca se lo hubieran contado. Extrañado pues no es ni lo que uno y ni otros le habían dicho.

Teatro Tribueñe
Candela Pérez en una escena de Canela en el Teatro Tribueñe

No lo es porque el espectáculo tiene luz y color. Una luz trabajada como en las varietés de otro tiempo. Ese foco que recorta a la cantante y muestra un movimiento de ojos, de abanico, de bata de cola o de mantón de Manila (que te voy a regalar) y hace brillar los zarcillos que cuelgan de las orejas de las cantantes. Esa sensación tan moderna de vintage que comienza con la maestra repetidora al piano que tanto recuerda a una película muda. Una película de las de antes. De cuando el cine era mágico.

Una magia de la que gusta participar. De ahí que Juan Mata, el creador junto con Antonio el Bailarín del Ballet Nacional de España, abandone su retiro para taconear una noche a la semana en el Tribueñe. Y que Jesús Chozas, ganador del Festival del Cante de las Minas, se preste a prestar su exquisita e impresionante dicción de cantaor flamenco a este espectáculo que por el lugar y el número de butacas que ofrece, algunos llamarían pequeño. Y que Raquel Valencia mueva las manos en escena con una elegancia exquisita, casi japonesa. A la vez que, su cuerpo serrano, embutido en trajes rojos de flamenca, se mueva como si su técnica estuviera poseída por la intuición y la presencia de Lola Flores.

Puede que el espectáculo tenga un bajón justo después del intermedio. Probablemente porque la primera parte del espectáculo acaba en punta. También puede ser debido a que es un número más largo que los otros y, además, trágico. Un número difícil ya que necesita movimiento y espacio para moverse, para construir cuadros, un espacio que el pequeño escenario no tiene.

Teatro Tribueñe
Candela Pérez y Helena Amado en una escena de Canela en el Teatro Tribueñe

Sin embargo, como se decía al principio, Hugo Pérez de la Pica ha vuelto hacerlo. Ha vuelto a crear un musical de carácter totalmente español que se ríe de sí mismo. Un teatro musical que no se queja de su suerte. No juega a ser un teatro-víctima que necesita ser resarcido. Ni tampoco un animal en peligro de extinción que tiene que ser preservado. Ni un bien cultural que reclama ser protegido.

Es un teatro que ni si quiera reivindica la necesidad de su presencia en los escenarios. Es un teatro que hace lo que hay que hacer sin miedo al qué dirán o al qué pensarán. Consciente de que lo que hace es un teatro del presente lleno de posibilidades que solo alguien como Hugo Pérez de la Pica es capaz de sacar adelante, como si contara con los recursos (económicos) que necesita para ello. Que lo mismo te monta esta obra que la cena de Nochevieja Flamenca que se va a celebrar en el Tribueñe y para la que ya ha implicado al elenco de este espectáculo. Seguro que acaban a las tantas, cantando y bailando.

Porque el musical español, a pesar de su tragedia, tiene arrestos, tiene fuerza, para seguir suspirando por España que, antes que en las banderas, se debería mirar en su cultura teatral, en su manera de ser, decir, bailar y cantar en escena. Ese teatro que es tan apreciado como la canela fina, el champán gitano (hecho de tinto y casera) que hace y disfruta la gente con duende. La gente inquieta al que le gusta la zambra.

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