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22/07/2018 10:29 CEST | Actualizado 22/07/2018 10:29 CEST

'Ding Dong', una sofisticada verbena teatral con chiringuito

TeatroLab - Nacho Peña
El elenco de Ding Dong con Gabriel Olivares el director

La comedia, Gabriel Olivares y Teatro Lab en la terraza del Teatro Galileo se están convirtiendo en un clásico del verano madrileño. Una fórmula que poco a poco han ido definiendo y ajustando. Algo que se podría llamar el teatro-verbena o teatro-chiringuito a la fresca en el que se puede comer y beber mientras se ve una comedia montada en un escenario siempre singular. Una buena alternativa al cine de verano y el bocadillo.

Este año la comedia la pone Georges Feydeau, el clásico francés del vodevil Belle Époque, del teatro burgués o de bulevar, que se ve poco o nada en España. Su 'Ding Dong' es una historia de maridos, mujeres y viceversa en el que el deseo sexual reprimido está, siempre, a flor de piel. Obra que sucede en entornos sofisticados de paredes llenas de Fragonards, Renoirs e impresionistas (mejor dicho, de las copias de sus cuadros). Casas con mayordomos y dos puertas (que malas son de guardar). Hoteles elegantes con botones para pe(s)car. Y personajes que van a la ópera, toman té y hablan idiomas de aquella manera. Historias de cuernos satisfechos e insatisfechos y sus supuestas venganzas que, hay que reconocerlo, siempre han divertido y siguen divirtiendo al personal que compra entradas en una España cuyo teatro clásico le ha educado en la honra y cómo burlalla.

Historia ligera y complaciente, es decir, de espíritu veraniego, para la que se ha creado un escenario que sorprenderá y gustará a quien vaya. Una estructura de plataformas y toboganes por la que se deslizan los personajes marcando sus entradas y salidas, o a las que se suben para marcar tiempos, espacios, momentos. Recurso muy usado, pero bien usado, pues a pesar del abuso no cansa, sino que divierte y da juego para muchas de las acciones que necesita la función.

Choca más ese aire gay que tienen los machos de la obra. Actores que interpretan afectados en el decir y el moverse cuando están haciendo de hombres que persiguen una falda en cuanto la ven. Hombres que poco necesitan para desnudarse y acostarse y que el decoro, de la época en la que se escribió, y el de la nuestra, más pacato de lo que nos gustaría pensar, impiden desnudos integrales en un producto de gran vocación comercial, como es este.

Aunque tampoco hay que equivocarse, el ser comercial no quiere decir que no asuma ciertos riesgos dentro de unos límites. Como es la escenografía o esa forma de interpretar a los hombres. O como es ese imaginativo vestuario hecho de chándales que resultan, gracias a como lo llevan y se mueven los actores, atractivos y con un nosequé. O esas coreografías y acciones para representar cuadros, hacer transiciones entre tiempos o expresar deseos ocultos por el mismo género que con cierta seguridad no serían explícitos en la obra, pero si se quieren sobreentender se sobreentienden. Y el compromiso de unos actores y actrices que se entregan a lo que hacen para hacerlo presente (al menos en el primer reparto, que es al que pertenece este post, aunque no hay que dudar que pase lo mismo con el segundo.)

Obra que no habla tanto del querer a otra persona hasta matrimoniarse y más allá, sino de las excusas que los matrimoniados se buscan y se dan para pensar en la posibilidad de disfrutar del divertido pecado del deseo. Solo eso, pensarlo que no disfrutarlo, hacerlo más en potencia que en realidad, porque uno (ya se sabe que en el imaginario colectivo son los hombres los que se excusan para estas lides con más facilidad) no lo puede remediar. Divertido pecado porque les divierte de su amada y fuertemente buscada cotidianeidad.

Todo puesto al servicio del equivoco, las entradas y las salidas de personajes por unas y otras puertas. Y, también, lo finamente soez, un reclamo seguro para la risa o risotada. Recurso del que no se abusa, pero que está colocado estratégicamente para mover al buen humor y el beneplácito del público, asegurando una valoración o corriente positiva del respetable hacia lo que escucha y ve. Dejando un simpático y refrescante sabor de boca al final de la función. Igual que el que deja el sofisticado tinto de verano con su gotitas de Martini que se puede comprar antes y en el intermedio de la función.

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