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24/02/2019 11:39 CET | Actualizado 24/02/2019 11:39 CET

'El jardín de los cerezos' o Chéjov: nuestro contemporáneo

marcosGpunto
Parte del elenco de 'El jardín de los cerezos' de Chéjov en el Teatro Valle Inclán.

Todos aquellos que se acerquen al Teatro Valle-Inclán a ver El jardín de los cerezos de Antón Chéjov se van a encontrar con un Ernesto Caballero. El espectáculo tiene y contiene toda la poética de este director de escena. Al menos la que ha mostrado en los espectáculos que ha dirigido para el Centro Dramático Nacional. Con tres aspectos claves: la selección de un texto con una fuerte coartada cultural, la espectacularidad del montaje y los intérpretes. Tres aspectos que tienen su público y su (buena) crítica.

En este caso, el texto es el clásico chejoviano que no hay director teatral que no sienta la tentación de dirigir en al menos un momento u otro de su carrera. Historia de una noble familia rural que se aburguesa y se ciudadaniza. Tanto que llega a perder las propiedades del campo, ese jardín de cerezos del título. Pérdida que se produce ante la pujante llegada de los hijos de los siervos, los criados que se liberaron una generación anterior. Historia del ocaso de una clase social que deja de tener función en la vida y pasan a ser puro entretenimiento, puro papel cuché, y del advenimiento de una nueva clase social, la de hacer dinero, la de los hombres (y mujeres) de acción, los emprendedores que siempre quieren y están deseando hacer algo.

El primer choque que sufrirán muchos espectadores será el que se produce entre el texto y la caracterización de los personajes y los acentos de los actores. Debido, sobre todo, a que al público se le ha educado en la consonancia de formas de interpretar y decir. Ernesto practica libremente la disonancia contemporánea. Donde cada actor tiene su acento y su forma de hacer. Como ocurre en la vida. Eso da una frescura de riesgo al montaje porque está bien hecho. Porque de alguna manera, ha sabido crear elenco.

El segundo choque será entre el texto y el resto de elementos y decisiones estéticas. La forma en la que visten los personajes, cercana a hoy en día. El uso de móviles o el karaoke. Las canciones que se oyen o amenizan las fiestas. Todos son circunstancias que se refieren a nuestro presente y sobre las que vehiculan bien las palabras y, por tanto, las acciones de Chéjov.

Tráiler de 'El jardín de los cerezos' de Chéjov dirigido por Ernesto Caballero.

El tercer choque, sin duda agradable para la inmensa mayoría de espectadores, será la escenografía creada por Paco Azorín. Desde esa casa de muñecas, que sirve para poner en escena de forma muy interesante varias partes del texto y para crear unas potentes y hermosas imágenes, hasta esa plataforma que gira, se abre y se mueve por el escenario. Una escenografía que no estará exenta de la sempiterna crítica que se suele hacer a este tipo de propuestas. A saber, que son una paletada en sus dos acepciones. Una paletada de dinero y una paletada de paletos. El caso es que permite un interesante trabajo de puesta en escena porque da la posibilidad al director trabajar lo macro vs lo micro; lo grande vs. lo pequeño; lo social y su sociedad vs lo íntimo y personal. Un trabajo que le pide al espectador acomodar sus pupilas y sus oídos para poder ver y oír. Impidiéndole que se quede en la superficie, para que no hagan un ejercicio de melancolía, al que los centros dramáticos son muy aficionados y su público, también.

Todo ello da lugar a un trabajo que se vive desde la butaca como espectacularmente arrítmico. Como un montaje al que le faltase la melodía y el tono. Al que se le pudiese hacer la misma crítica que a la música clásica contemporánea. Nada más lejos. Lo que ofrece Ernesto es una nueva lectura sin muchos experimentos, aunque lo parezca. Una lectura que reivindica la contemporaneidad de Chejov, su actualidad, sin desvirtuarlo aunque lejos de la que ha hecho recientemente, por ejemplo, Veronese. Y a Carmen Machi la muestra como la señora que es, la señora en la que se ha convertido gracias a los años, la experiencia (incluida su experiencia en el papel cuché) y el éxito.

Porque lo importante en teatro no es que el público rememore, recuerde, sino que se reconozca como es hoy, aquí y ahora. Y en ese reconocimiento vea, lo malo y lo feo, y, también, lo que tiene de valiosamente humano. Ese amor por la vida, por vivir. Esa esperanza ciega en el futuro, esa confianza, que les hace olvidarse del más reciente pasado, incluso del presente, para seguir viviendo.

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