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22/04/2018 11:15 CEST | Actualizado 22/04/2018 11:16 CEST

'Elvira', religión para amantes agnósticos

Fabio Esposito
Toni Servillo en 'Elvira'

Acaba el Festival de Otoño a Primavera 2017-18 por la puerta grande. Siguiendo con el símil taurino se podría decir que ha cortado las dos orejas y el rabo con la programación de 'Elvira' de Brigitte Jaques dirigida y protagonizada por Toni Servillo en el Teatro Pavón Kamikaze. Y es que la obra es un miura difícil de torear, pues trata de una clase de teatro a lo largo de un año para enseñar a una actriz a interpretar una sola frase del Don Juan de Moliére, de la que salen indemnes los actores y entusiasmados los espectadores. Ese tipo de entusiasmo que huele a éxito, a triunfo, a largos aplausos.

¿Por qué ocurre todo lo anterior? Porque Toni Servillo hace en escena todo lo que dice su personaje, ese gran hombre del teatro francés que fue Louis Jouvet. Desde entregar una palabra a alguien hasta vaciarse como persona para que como actor le accione la emoción del texto que dice e interpreta. La emoción de estar enseñando a una muy buena alumna en 1940, poco antes de que los nazis entren en París, una alumna que es judía. Insistiendo en que aprenda a decir una sola frase, solo una, que doña Elvira le dice a Don Juan cuando se va a ir a convento. Aplicados a la tarea de enseñar y aprender en un entorno donde el enseñar y el aprender estaban dejando de tener valor (si es que alguna vez lo tuvieron o lo tienen).

Teaser de 'Elvira' de Brigitte Jaques

Una frase que analiza y explica al detalle dicho profesor para hacer comprender a su alumna, y de paso al público, qué está pasando en esa escena. De dónde viene y a dónde va sentimentalmente esa frase. Un trayecto que solo pueden hacer excelentes actores como son él y la actriz que hace de alumna, Petra Valentini. Capaz de ir dotando de densidad a la interpretación que se le solicita una y otra vez coincidiendo con la transformación de la chanson que suena en la radio en discursos agresivos, nazis, llenos de una unívoca emoción, llenos de indignación, de barbarie.

Y frente a la barbarie la poesía, un arte marginal y resistente. La de Moliére, pero podría ser cualquier otra. Una poesía que se derrama en abundancia llenando el escenario, casi vacío de elementos escenográficos, y el patio de butacas, en el que no cabe un alfiler, gracias a sus dos actores principales. Entonces, la metatreatalidad del texto se convierte en vida. Deja de ser una clase de interpretación teatral para sufridos aprendices de actores para convertirse en una gran reflexión sobre el amor, qué se quiere y a quién se quiere y su sublimación más allá del objeto o la persona amados. Esa transustanciación en el que el amor nos vuelve a religar al mundo del que ese mismo amor separa o aísla en un principio. Un mundo jodido, para quién lo sufre como Elvira, la estudiante judía, o del que exiliarse, para quién puede.

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