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13/01/2019 11:29 CET | Actualizado 13/01/2019 11:29 CET

'Hermanas', pura distracción para amantes de Rambert, Lennie y Escolar

Vanessa Rabade
Bárbara Lennie e Irene Escolar en Hermanas de Pascal Rambert

Hermanas, de Pascal Rambert en el Pavón Teatro Kamikaze, es sin duda el estreno de la semana. Lo es por su autor que ya ha tenido un gran éxito con sus dos anteriores obras: La clausura del amor y Ensayo. Lo es porque el Kamikaze está detrás del proyecto y eso siempre es sinónimo de calidad. Y lo es por sus dos actrices, Bárbara Lennie e Irene Escolar, ahora mismo en la cresta de la ola. Aclamadas por la crítica y muy queridas por el público por su buen hacer.

Por tanto, se llega al teatro con las expectativas en alto para ver una obra que cuenta el encuentro entre dos hermanas posterior a la muerte de la madre (aunque no está claro) para decirse de todo menos llamarse bonitas. Encuentro que se produce justo antes de que una de ellas vaya a dar una conferencia sobre refugiados, alguna causa social o emergencia humanitaria. Puntos de vista opuestos sobre el amor materno y paterno filial, sobre la posibilidad del amor fraternal y sobre maneras de afrontar las mismas causas sociales, los mismos problemas.

El autor y director, fiel a su estilo, convierte esta discusión en una suerte de flujo de conciencia que cada actriz debe decir durante largo rato con una energía extenuante para ellas y para los que las están viendo. Hay que entrar y mantenerse arriba, nunca bajar. Es cierto que los monólogos son más cortos. También es cierto que la ensoñación o la poesía que en sus otras obras rompían estos monólogos, ha sido cambiado por diálogos más comunes y corrientes. El intermedio musical, un intermedio que se entiende poco en este caso, se ha mantenido como marca de la casa.

El problema es que todo lo que se dice es esperable en la ficción. La típica competición entre hermanas por el amor de unos padres. La típica copia de la una a la otra en la infancia. El típico reproche sobre los amantes, las parejas, los matrimonios, las carreras profesionales. Tal es así, que si uno es capaz de salirse del hipnótico y complejo texto, dar un paso atrás, se da cuenta que está ante una discusión de patio de colegio y no de dos adultas que según lo que se supone que dicen se estarían jugando lo que son. La discusión en escena suena a "Y tú más" que tanto disgusta cuando los políticos la llevan al Congreso o la pasean por los platós de televisión. Por infantil, sobre todo.

Vanessa Rabade
Pascal Rambert autor de Hermanas

Igual de pueril que los movimientos que se imponen a las actrices, un movimiento que se confunde con acción dramática. Haciéndolas salir del escenario hacia el patio de butacas, como si se las perdiera de vista. Pura distracción. Como no se sabe si por puerilidad, adolescencia no resuelta o rijosidad, se le hace decir a Irene un texto que sugiere al público, como si de una película porno se tratase, una escena de ella dando placer (sí, ese es el texto) a su adolescente amante iraquí termina con su mano llena de semen. Una mano que mantiene en alto y dedos abiertos en la que su calidad de actriz permite al espectador ver ese semen escurriendo aunque ella solo lo dice. De tal manera que surge la pregunta ¿cuál es la necesidad de esta escena? ¿De este parlamento? ¿Se habría montado igual si fuera un hombre?

Por tanto, la obra gustará, sobre todo, a aquellos que hayan creado una adicción a este autor y sus propuestas, pues les da su dosis anual, aunque no les va a pegar tanto como con los dos espectáculos anteriores (y a los que habría que recordar que las adicciones son patológicas y hacen daño). También a quien vea el espectáculo por primera vez y sea aficionado a las obras de tesis que le permitan hilar discursos filosóficos y/o rocosos, perderse y darse vueltas siguiéndose el rabo sin pillárselo, como hacen los perros. Y gustará, por supuesto, a los fans de las dos actrices que son, como ya se sabe, legión.

Al final, son ellas las que salvan la función. Por las que se aplaude mucho. Por el esfuerzo, la tensión y el trabajo que tienen que hacer para decir esos endiablados textos. Dotarlos de sentido y lanzarlos como si fueran dardos certeros que van al meollo de una cuestión que no se sabe cuál es. Dos profesionales que se ve, como se ha visto otras muchas veces, que tienen inteligencia, sabiduría y educación para hacer lo que hacen en escena.

Es por lo anterior que se entiende porque han sido elegidas para hacer esta obra. Y se entiende porque ellas eligieron hacerla. Pascal Rambert había sabido sortear todos los riesgos que tenían sus textos en los dos espectáculos anteriores y sobrevolar un discurso difícil, duro, manteniendo a la audiencia. Pero en este caso, cae en todas y cada una de sus trampas. Se mete en arenas movedizas y cuanto más trata de salir más se hunde.

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