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17/06/2018 13:46 CEST | Actualizado 17/06/2018 13:46 CEST

Islandia no es Nueva York, donde los sueños pesadillas son

May Zyrcus
Escena de 'Islandia' de Lluïsa Cunillé

Se acaba de estrenar en el Teatro María Guerrero de Madrid Islandia de Lluïsa Cunillé procedente del Teatre Nacional de Catalunya. Una de las propuestas que más debate debería generar esta temporada. Varios serían a los motivos. El primero y más importante su texto, un texto que coincide con lo que intuitivamente se entiende como texto teatral. Otro, la forma en el que los actores dicen lo escrito y, más importante, lo accionan. Y, por último, la escenografía y su iluminación. Todos ellos elementos que remiten fundamentalmente a Sanchis Sinisterra, en la forma de construir el texto, a Robert Lepage, sin sus trucos escenográficos, y a Ostermeier, sin los tics que (im)pone a sus personajes. Con lo que Xavier Alberti, el director de escena, genera una confortable extrañeza, una incómoda comodidad, pues como espectador hay un cierto reconocimiento en lo que se ve, a la vez que el público no acaba de reconocerse en ello.

La historia es simple. Un adolescente islandés se planta en el Nueva York post 11S y post crisis de 2008 para buscar a una madre que hace poco ha dejado de responder a sus correos y a sus llamadas. Viaje en el que se irá encontrando por azar, un azar muy trabajado por la autora, con distintos personajes, restos de la marea que dejo la crisis, mareados por la crisis. Todos ellos suponen una posibilidad de encuentro, una pista para (des)orientarse por azar en una ciudad que, al principio de la obra, se describe como la ciudad que crea realidad puesto que si no sucede en Nueva York, no existe. Al menos eso dice un personaje al leer una guía de Nueva York.

Historia que se toma su tiempo para ser contada. Su tiempo para ser dicha. Una morosidad que se acompaña de toses, algún bostezo y, a veces, de risas nerviosas, las que se producen cuando se piensa que la cosa es ridícula. Una historia que pide detenimiento, calma, atención puesto que no sucede nada extraordinario (excepto una escena resuelta con sencillez y que es mejor no desvelar). Todo es anodino porque puede ser la vida de muchos, de cientos y de más que pasaron y sufrieron por y para la crisis. Creyentes, a su pesar, que siguen fieles a un dios caído en desgracia que pretenden volver a levantar. Incluso lo levantan en función de sus posibilidades.

Trailer de 'Islandia' de Lluïsa Cunillé dirigida por Xavier Alberti

Tal vez, sea esa necesidad de contar lo mínimo añadido a lo ordinario, que no necesariamente sórdido, lo que lleva usar una determinada iluminación. Una luz que huye de lo brillante, de lo deslumbrante. Una luz melancólica para espacios semivacíos, ligeramente ocupados. Una luz que le da a este texto comprometidamente teatral (hay que insistir en ello) esa pátina de película antigua, vieja, polvorienta y norteamericana, la ficción de nuestra época, en la que uno se cría y se consume. La misma luz que tienen las discutidas voces con las que a los actores se les hace decir el texto, acompañándose de gestos y movimientos corrientes.

El caso es que al final se tiene la sensación de la saudade portuguesa o la morriña gallega. Y, a pesar de que el adolescente protagonista quiere ser cantante de ópera, música que se dice oír y él cantará en un momento de una forma muy especial, viendo el espectáculo se piensa más en el fado. Un fado que se oyese por las calles de Lisboa cuando se pasea tarde, de noche, en una ciudad que ya duerme y que está hecha de palabras.

Islandia, tierra mítica, tierra lejana. Entre América y Europa. Lugar que no se creó para vivir pero donde se vive y se puede vivir. No como la real Nueva York. Capital del reino de los sueños habitada por tipos que insomnes sueñan con formar parte de una realidad a la que no pertenecen los mortales, a la que ellos no pertenecen. Mejor volverse a las tierras altas y decir al viento, gritar, todo aquello que nos da miedo como dice que hizo el adolescente protagonista de esta obra. Hacerlo a pecho descubierto en pleno invierno. Envalentonarse. Pues si todo es azar, todo es posible. Menos la vida que solo se tiene una posibilidad de vivirla, posibilidad que no es para dormirla en un mundo de pesadilla. Mensaje oculto en una aparentemente anodina obra que si se hubiera escrito en inglés, es muy probable que ya la estuviesen tentando como poco en el off-Broadway para estrenarla.

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