BLOGS
24/06/2018 11:21 CEST | Actualizado 25/06/2018 10:48 CEST

'La familia No', sí, gracias

David Ruíz
Escena de La familia No con Jacinto Bobo y Emilio Gómez

Gon Ramos saltó a la fama teatral con Yogur Piano. Esa obra que se estrenó en el Espacio Labruc, ahora clausurado, y que cada vez que anunciaba su despedida, la avalancha de público era tal que tenían que prorrogar. Éxito que llevó esta obra hasta la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán. Un favor del público que se acompañó de un debate profesional sobre la propuesta. Si a eso se añade que su segunda obra, Un cuerpo en algún lugar, llegó a estar en El Pavón Teatro Kamikaze, no es de extrañar el gran interés que había por La familia No, del mismo autor y director, que se estrenó en La Cuarta Pared este mayo en el Festival Surge 2018. Interés que ha sido correspondido con una sorprendente propuesta y que ha hecho que la obra salte rápidamente al teatro Fernán Gómez-Centro Cultural de la Villa donde va a hacer una larga temporada, y donde el día y a la misma hora que se jugaba Irán-España eran capaces de llenar el 75% u 80% del aforo.

¿Se justifica este interés? Sí. Claro que se justifica. Por la propuesta en sí misma. Cuatro niños abandonados a su suerte por unos padres que, según cuentan ellos, se querían y los querían, pero que un día les dijeron que se iban de compras y no volvieron. ¿Cómo ocupan ese abandono unos niños? ¿Cómo crecen y se desarrollan? ¿Hasta dónde son capaces de llegar? ¿Cómo se hace uno cargo del abandono? ¿Y de la separación que supone el crecer, el hacerse adulto? Todas estas son las preguntas que se pueden pensar viendo cada una de las escenas. Viendo lo que hacen, dicen y muestran sus personajes. Unos actores que juegan como niños, hablan como niños, pero dicen cosas de adultos.

Que esa combinación no chirrié, que esa transición de discursos parezca y suene normal, desde lo más infantil a lo más profundamente poético o filosófico, para volver a esa infantilidad en la que empezó, habla de lo bien que está escrito el texto. Y, también, habla de lo bien que está actuado (dicho y hecho) en escena por esos cuatro actores en estado de gracia que son, por orden alfabético, Jacinto Bobo, Fabia Castro, Emilio Gómez y Eva Llorach. Si todos están más que bien, la modulación de la energía de Eva Llorach en la escena de las montañas (y en general en toda la obra) merecería que tuviera ya una nominación a todos los premios de teatro que se estén preparando.

David Ruíz
Elenco de La familia No de Gon Ramos

El texto y el elenco no son el único acierto de esta obra. La escenografía ese simple cuasi esqueleto de coche, un sketche que esconde sencillas sorpresas, que acoge a estos cuatro hijos del abandono, tampoco se queda manco. Cómo esa magnífica idea de subir y bajar el telón, el rojo, rojo telón, que tienen los grandes teatros de toda la vida y que las salas más pequeñas o alternativas no se pueden permitir. Pues Gon Ramos ha encontrado como hacerlo de una manera bella e integrada en la obra.

Sin embargo, no son sus elementos técnicos los que hacen esta pieza un must de fin de temporada. No. Es su fluir en un mundo aparentemente extraño en el que el espectador se reconoce. Sobre todo el espectador que no va al teatro a entretenerse sino a divertirse, a pasárselo bien y no a pasar el tiempo o a ver la vida pasar mientras la pierde y la dilapida una tarde cualquiera en un centro comercial. Ese espectador interesado reirá, por supuesto, pues el ser humano es ridículo y los niños, ese niño sobre el que está construido cada personaje, tiene la capacidad de mostrar esa ridiculez que como poco arranca sonrisas, cuando no una carcajada por su sencillez y su simpleza.

Ese espectador, también pensará en quién es para sí mismo y, en ese ser para sí mismo, lo que es para otros. Los otros que nos construyen. Cuáles son los juegos en los que unos y otros nos entretenemos. Los juegos y los discursos que hemos ido construyendo y que estarán presentes a lo largo de nuestra vida. Los adquiridos a través de las lecturas y el aprendizaje, descrito como el recuerdo de un momento perfecto, y también del juego. Juego que para disfrutarse y que sea útil siempre se tiene que jugar con ese espíritu infantil. Ese que permite multiplicar dientes con plátanos, o barbas con perros, y dar un resultado. El resultado que no puede dar la razonable razón. El resultado, no de la emocionalidad, no hay que equivocarse, sino de la consciente sensibilidad humana, como la que tiene esta nueva propuesta de Gon Ramos.