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20/05/2018 11:51 CEST | Actualizado 20/05/2018 11:51 CEST

'La valentía', un Sanzol envalentonado

Javier Naval
Inma Cuevas y Estefania de los Santos protagonistas de 'La Valentía'

Está claro que con La valentía de Alfredo Sanzol que se acaba de estrenar, El Pavón Teatro Kamikaze tiene un blockbuster teatral. Lo tiene en el sentido de que será popular y comercial, es decir, venderá entradas, por ser una comedia, provocar la risa, sobre todo si uno es de risa floja. A lo que se añade la coartada de producto cultural de calidad que dicho teatro le da a todas las producciones que pasan por el mismo. Por tanto, será un petit plaisir que nadie ocultará habérselo dado, más bien al contrario, lo contará porque ya se tiene bastante con los sinsabores de la vida como para hacerle ascos a unas risas.

La historia, que bebe de Jardiel y sus habitantes de la casa deshabitada y tiene ramalazos de las comedias de Lina Morgan (que hacen pensar que hubiera sido mejor programarla en el Teatro de la Latina), es sencilla. Dos hermanas viven en una casona de pueblo cercada por una autopista y deteriorada por el tiempo y por la falta de cash. Una se quiere quedar y otra se quiere ir. Para conseguir echar a la primera y vender la casa, la segunda contrata a una empresa supuestamente experta en echar gente de sus casas simulando apariciones y psicofonías. Apariciones y psicofonías falsas que coinciden, aunque no lo saben, con unas verdaderas. Un lío que permite el vodevil, el equivoco, algo lo sicalíptico y la astracanada.

Aunque la anécdota es típicamente sanzoliana, el Sanzol de obras como En la luna, Esperando a Godot de Beckett, La calma mágica o La respiración no está. Y, aunque se encuentra en la estela de la exitosa La ternura queda lejos de esta. No totalmente. Es cierto que se ve la mano certera del autor en algunas partes. La más importante, saber que la buena y alta comedia necesita dejar descanso y reposo, que el espectador no puede estar continuamente hiperventilando y moviendo el diafragma. Pero, al contrario de otras que se han citado, esta comedia es arrítmica y le haría falta un marcapasos.

Javier Naval
Jesús Barranco y Font García como los ghost buster de 'La valentía' de Sanzol

Tampoco le ayuda la escenografía. De nuevo, hecha con inteligencia, pues se presenta liviana, ligera, con leves elementos escenográficos, como corresponde tradicionalmente a la comedia. Sin embargo, deja los laterales sin patas por lo que a veces se come la voz de los actores y actrices que, dependiendo hacia donde proyecten la voz no se les entiende lo que dicen o se les fuerza a gritar en muchos momentos de la función (en esto Inma Cuevas y Estefanía de los Santos las que más). Actores que no son gritones por naturaleza como se sabe por los muchos trabajos que han hecho en los últimos años.

Entonces ¿qué queda? Quedan un gran puñado de momentos y sketches. Unos divertirán al personal y otros lo emocionarán, como ese en el que Guada, el personaje Estefanía de los Santos, se defiende de su hiperprotectora hermana, momento en el que el silencio en la sala se corta a cuchillo. Quedan ese tipo de frases como la comparación entre un ser humano y un péndulo, o la referencia a que los seres humanos no tenemos raíces (¡y así nos va!), o esa de "la de vida es tan corta que no hay tiempo para morirse". Momentos que Sanzol sabe escribir y que Jesús Barranco, el actor, mete así, como el que no quiere la cosa, sorprendiendo y divirtiendo al personal. Al final, lo que se tiene es un producto gaseoso y veraniego que debería ocupar este verano varias plazas de España. También, sin duda, un producto de larga vida pues es fácil augurarle una larga gira.

Todo esto, sin que haya un discurso claro sobre la valentía que da título al montaje. Ni un posicionamiento ni un cuestionamiento sobre qué es la valentía y/o ser valiente. Se intuye, se vislumbra algo. Lo que hace pensar que es un trabajo que no está destilado, todavía, al que le faltasen ajustes (sobre todo reducir y/o concretar) y rodaje para sacar toda su potencia evocadora de preguntas sobre nosotros mismos. ¿Somos valientes o cobardes? ¿Son más valientes los que se enfrentan a los espíritus o los que se enfrentan a la realidad? ¿Hay que ser valiente para amar (a la familia, a una pareja)? ¿Y para declarar el amor o declararse enamorado? ¿Y para decirle a otra persona que si en tu casa o en la mía? ¿Qué nos hace cobardes o nos acobarda? ¿Qué nos hace valientes o nos envalentona?

Preguntas sin respuesta, que, sin duda todos los seres humanos nos hemos hecho y a las que en su gran mayoría hemos respondido de forma ridicula. Respuestas que vividas resultan serias, pero que vistas resultan graciosas por su ridiculez y pueden llegar a provocar unas fuertes risotadas y hasta el aplauso de un público entusiasmado.

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