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27/01/2019 09:31 CET | Actualizado 27/01/2019 09:31 CET

'Los otros Gondra', ¿hay consuelo para las familias rotas?

Sergio Parra
Elenco de Los otros Gondra de Borja Ortiz de Gondra

La cierta calma y el cierto sosiego que ha traído el abandono de las armas por el entorno abertzale, también ha traído una reflexión, un pensarse, lo que sucedía antes, no hace mucho tiempo, en un lugar que se llama País Vasco. A la Patria literaria de Fernando Aramburu se añadió el éxito teatral de Los Gondra de Borja Ortiz de Gondra en el Centro Dramático Nacional. De aquellos barros viene ahora este lodo de Los otros Gondra, también de Borja, al Teatro Español. Obra con la que ganó merecidamente el prestigioso Premio Lope de Vega de teatro en el año 2017.

Historia enraizadamente vasca que revisa la separación ideológica de una familia. Ese roto por el que las familias se pierden y que parece imposible de coser. Un dolor que se cultiva con mimo a ambos lados para que fructifique. Crezca sano y fuerte. Robusto. Del que poder estar orgullosos a cada lado. Convirtiéndose en mi dolor, lo que me duele, lo que me duelo. Un dolor imposible de reparar porque no se hace nuestro. Nuestro problema, el dolor de todos.

Es ahí donde cava Borja Ortiz de Gondra con preguntas como ¿dónde está la dificultad para entenderse?, ¿dónde está el punto en el que poder (con)dolerse? Son esas preguntas las que superan el conflicto concreto del que parte esta obra. La que la convierte en una historia universal. La que hace el silencio en la pequeña sala del Teatro Español y, más de una vez, pone la lágrima en el ojo. En el ojo ajeno del que lo ve desde fuera, del público. Incluso, pone alguna nota de humor, que lejos de ser humor negro, aunque la negritud es un factor importante (y no hay que contar más para evitar el spoiler), pone en su lugar el debate. Calificándolo de manera sutilmente potente, y dejando una gran pregunta que resuena en la cabeza del espectador.

Una obra muy bien escrita, que justifica el premio recibido, siguiendo la estela de ese teatro documento, documental o autoficción tan en boga. Que a diferencia del de Angélica Liddell, por poner el ejemplo paradigmático de este teatro, se oculta en las formas clásicas de contar una historia. Más cercano a la dramaturgia del popular Sergio Blanco. En los que hay un tiempo y un lugar, que conforman, antes que nada, un espacio sentimental. En la que todos trabajan con lo que pasa y con lo que hacen con lo que les pasa.

Tráiler de 'Los otros Gondra' de Borja Ortiz de Gondra.

Espacio conformado por los sentimientos de una madre que ve cómo se pierden sus hijos. Uno, el que cuenta la historia, el autor, el propio Borja, porque deja ese lugar sentimental, al que niega toda posibilidad, para crear el suyo propio, lejos, muy lejos. Y el otro hijo, porque se queda y ese quedarse es un sepultarse en vida, un ahogarse en una situación incierta en la que resulta difícil nadar, sacar la cabeza, porque significarse tenía el correlato de condenarse.

Enfrente los sentimientos de una sobrina y prima a la que Cecilia Solaguren sabe hacer presente, presentar, con humanidad. Mujer que busca su sitio para ella y para el cadáver de su madre en ese territorio sentimental de la familia. Un territorio vivido como hostil en el que le pesa el cadáver citado, enterrado allá en La Habana, donde vivió y murió sola y desterrada. Un cadáver al que ni unos ni otros dejan descansar en paz. Para el que se reclama un espacio, el de la patria.

Es así como lo que pasó en el País Vasco adquiere la dimensión humana que no tiene la Historia, la que no ofrecen ni los hechos ni los puros datos. Donde el sentimiento se personaliza y el dolor se expone. Tratando, de alguna manera, que la herida cicatrice. Pero siendo consciente de que si logra cicatrizar, la cicatriz quedará, va a quedar, y que, de vez en cuando, con el cambio de tiempo (¿político?) o de estación, como poco picará cuando no dolerá y dolerá en profundidad.

Mostrando que la memoria es antes física, de carne y hueso, que racional. Más de tierra o de la tierra. Cómo esa pella de barro que el autor, o su sosias, dice hacer con la arena que recoge en el cementerio frente al mar en el que, ya sea de forma real o metafórica, se entierra esta familia. Y el público comprende de un modo poco racional, de una manera muy sentimental, cómo se entierran en cualquier parte del mundo las familias que en algún momento se rompieron, y ese roto se convirtió en desgarro, y ese desgarro en un dolor sin posibilidad de consuelo. Aunque el anhelo que tienen todos de poder consolarse, deja un sabor de esperanza en el cielo de la boca de un público que aplaude muy mucho cuando acaba la función.

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