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04/02/2018 09:20 CET | Actualizado 04/02/2018 09:20 CET

'Una vida americana', esa confortable incomodidad

Javier Naval
Una escena de Una vida americana

Hay una tendencia en el teatro español reciente a la melancolía. Hay algo que las obras y sus personajes echan de menos ya sea de su pasado, de su presente o de su futuro. La había en Verano en diciembre y en Viento de Levante de Carolina África. La había en Historias de Usera de Fernando Sánchez-Cabezudo y la hay en su actual Hablar por hablar. Y también en Una vida americana, obra recientemente estrenada de Lucía Carballal. Todas ellas recorridas por un mismo espíritu. Animadas por una risa en cierto modo triste, cariñosa, de una confortable incomodidad. Es decir, que conforta a quien las ve porque muestra lo simple que es la vida y lo compleja y complicada que nos la hacemos.

Sí, los seres humanos somos raros. Y esa rareza es bella, tan bella que es capaz de poner en un segundo plano una escenografía tan sugerente como la de esta obra. Un bosque de coníferas de Minnesota (¿alguien sabe situarla en Estados Unidos de América?) sobrevolado por una caravana que parece un ovni de una película de Spielberg, en el que han llegado tres marcianas de Tetuán con las que, curiosamente, si se es sincero con uno mismo, es difícil no identificarse.

Caricaturas nuestras que exigen actrices como las que están en escena. Desde la veterana Cristina Martos, que hará la felicidad de sus fans y de los que no lo son, a Esther Isla, que va camino de ser una veterana de la escena, pasando por esa fuerza de naturaleza actoral que muestra la joven Vicky Luengo. Tres actrices capaces de encarnarnos en esa familia desde la más absoluta modernidad social. A las que hay que añadir un actor, suficientemente conocido gracias a la televisión, como es César Camino que, como el buen actor que es, hace lo que tiene que hacer, dejarlas brillar a ellas.

Trailer de Una vida americana de Lucía Carballal

Personajes confundidos con las cuestiones de género, tan encima de la mesa ahora mismo, como con los de la paternidad o la maternidad, el amor, el sexo o la hermandad. Todos puestos en el texto, por su autora, y en escena por Víctor Sánchez Rodríguez, el director, como si tal cosa. Como si esos temas pasaran por allí y, ya que estaban, había que abordarlos.

Sin embargo, nada es casual en esta obra, se nota que las cosas están pensadas. Pensadas para ser contadas y para mostrarlas con toda la cotidianidad posible. Una cotidianidad que no está ni en lo que se ve ni en lo que se escucha si uno se queda en la superficie. Pero que sentirá todo aquel espectador que se deje pescar por los muchos anzuelos que le lanzan desde la escena. Una obra trabada y trabajada como si fuera una teleserie de la que se fuera a ver un capítulo todas las semanas. Porque el futuro de estas tres mujeres, habiendo visto y escuchado lo que les sucede, nos concierne ya que, de alguna manera, es ni más ni menos la confortable incomodidad de nuestra futura vida juntos. Un futuro en el que la música la pusiese un grupo tan del pasado como Mecano.

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