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03/01/2019 07:20 CET | Actualizado 03/01/2019 09:28 CET

Por qué hay que tener propósitos de año nuevo

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"El ser humano es el único que trata de hacer mejor a uno mismo". Esta frase fue enunciada por el filósofo suizo del Siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau en su obra Discurso sobre el origen de la desigualdad en los hombres. El autor quería manifestar que, frente a otros animales que instintivamente buscan mejorar solo sus condiciones ambientales, las personas somos capaces de potenciarnos personalmente, es decir, proponernos desarrollar nuevas habilidades o actitudes que aportan un valor añadido a nuestra existencia.

El cambio de año es el momento que elige la mayoría de la gente para poner en marcha esa transformación. No es casualidad que sea entonces: el cambio de dígito en el calendario es visto como un fin de ciclo y lleva, de forma natural, a reflexionar si la vida que tenemos es la mejor de todas las posibles.

Poner fecha a un plan de mejora, como sería el 1 de enero, es fundamental para llevarlo a cabo, pero es insuficiente si nos atenemos al estudio de la Universidad de Scranton que concluye que solo el 8% de los propósitos de fin de año son concluidos satisfactoriamente.

Marcarse un objetivo es como iniciar un largo viaje: hay que saber de dónde se parte y a dónde se quiere llegar, pero también conocer la ruta que se ha de tomar y los recursos con los que se cuenta. Una pobre o nula planificación del viaje o una meta demasiado ambiciosa nos llevará indefectiblemente a fracasar.

Según Statista, los cinco propósitos de año nuevo más habituales son, por este orden: ahorrar dinero, perder peso, tener más sexo, viajar y leer más libros.

Decirse a uno mismo al inicio de año algo así como "Voy a gastar menos" no es nada si no viene acompañado de un plan detallado y realista: ¿Cuánto quiero ahorrar? ¿A qué voy a renunciar? ¿Cuánto debo acumular cada mes? ¿Cómo sabré que he alcanzado el objetivo?

La falta de concreción es el mejor aliado del fracaso. Si no sabemos cuán cerca o lejos estamos de nuestra meta acabaremos tirando la toalla.

Fracasar no debe desanimarle a la hora de marcarse propósitos de año nuevo. Es bueno que un año tras otro trate de mejorar. Cualquier propósito siempre tiene esa finalidad, cambiar a mejor. La vida es en sí un cúmulo de proyectos: querer ser, querer tener, querer estar, querer compartir, etc. El simple hecho de crearse un objetivo para el año que empieza tiene consecuencias positivas como estas:

  • Ofrece un rumbo. Un futbolista sin meta estaría deambulando arriba y abajo por el campo sin tener claro qué debe hacer. Conocer el objetivo le permite poner todos sus recursos en juego para lograrlo.
  • Hace reflexionar sobre los aspectos de nuestra vida que menos nos gustan.
  • Aporta felicidad. El simple hecho de ponerse en marcha, desde un punto de vista neuroquímico, genera ilusión, al margen del resultado. Iniciar un proyecto nos hace segregar dopamina, sustancia íntimamente ligada con el bienestar y el placer.
  • Trabajar por una recompensa que no es inmediata fortalece nuestros recursos para el autocontrol, lo que será también de utilidad en otras tareas.
  • Da sentido a nuestra vida. El autor austriaco Viktor Frankl, superviviente del holocausto nazi, escribió en su libro El hombre en busca de sentido que crearse planes para cuando saliera de Auschwitz le salvó la vida.

Los propósitos de año nuevo son, por tanto, algo más que el lado edulcorado de la Navidad. No son esos deseos de paz y felicidad que repartimos indiscriminadamente en diciembre. Son, por el contrario, una auténtica vía de progresar, de crecer, de mejorar. Es una oportunidad más que nos ofrece la naturaleza, en exclusiva, de evolucionar.

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