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24/07/2018 07:26 CEST | Actualizado 24/07/2018 07:26 CEST

El endeudamiento mutuo

La Inteligencia del Éxito.

Sebastián y Alejandro se conocían hacía tan sólo unos meses, pero, sin embargo, habían logrado alcanzar un grado de amistad al que muchos amigos no consiguen llegar en toda una vida. Tenían una frase para definir su casi hermandad:

#LaInteligenciadelÉxito.

No te conoce mejor quien mucho te ha visto, sino quien con poco te capta.

@Anxo

De las múltiples virtudes con las que Alejandro definía a Sebastián había una que le había cautivado por encima del resto: su generosidad. Curiosamente, si alguien hubiera pedido a Sebastián que elogiase algún atributo de Alejandro, hubiera destacado de él exactamente el mismo. No obstante, ninguno de los dos hubiera sabido que esa generosidad era el secreto de su gran sintonía.

Todo empezó cuando durante las primeras semanas, justo después de conocerse, cada vez que salían a tomar una copa Sebastián tenía la manía de desenfundar su billetera más rápido que un pistolero su pistola. Alejandro tenía la sensación de que nunca había forma de invitarlo a nada. Mientras Sebastián lo hacía sin ser consciente de su generosidad, Alejandro fue tomando cada vez mayor consciencia de ese hecho y por fin, una semana en la que ambos se tomaron una bebida juntos varios días casi seguidos para debatir la posibilidad de hacerse socios y montar un negocio, Alejandro se le adelantó a la hora de pagar y lo invitó. Primero lo invitó a la comida del lunes, luego a los cafés del miércoles, al día siguiente a la cena del jueves, y cinco días después pagó los desayunos del martes. Sebastián se vio abrumado por tantos actos consecutivos de altruismo, y obviamente sintió que la balanza estaba muy descompensada a favor de él y en contra de su amigo, pero Alejandro entendía que él sólo estaba poniendo las cosas en su sitio, ya que el perjudicado durante mucho tiempo había sido su amigo Sebastián.

Huelga decir que Sebastián se empeñó con total ahínco en pagar la cuenta todas y cada una de las veces sucesivas en que ambos se encontraron, y la consecuencia de ello fue un aumento todavía mayor de la sensación de deuda que Alejandro tenía hacia él. Ambos habían entrado en el círculo virtuoso del endeudamiento mutuo, y gracias a él, acabarían siendo amigos hasta su último día en la Tierra.

La amistad siempre es una alianza voluntaria.

Nunca exigida, sino sólo merecida.

Esta historia es fantástica. Demuestra el enorme poder de algo tan bonito como el fenómeno del endeudamiento mutuo. Ambos habían dado mucho y recibido mucho, pero el preocuparse por defender los intereses del otro por encima de los suyos propios les hizo fijarse en el 100 % de lo recibido y en el 0 % de lo dado. El resultado fue que ambos se sentían en deuda con el otro. Y no sólo eso, sino que además tenían la sensación de que el otro nunca les permitía saldar las cuentas, lo cual, sin quererlo, hacía que el endeudamiento se perpetuase en el tiempo.

(Siempre me ha ilusionado la idea de que en mi empresa 8Belts, crezca lo que crezca, nunca deje de reinar la cultura del endeudamiento mutuo entre los miembros del equipo 8Belts, los 8Teamers. Quiero pensar que es así, aunque no soy yo el más indicado para decirlo, sino nuestros empleados. Si algún día tienes ocasión de conocer a un 8Teamer, te invito a que le formules tú mismo la pregunta y me cuentes qué averiguas a través de mi cuenta de Twitter, @Anxo.)

Das, das y das, y al final, cuando el juego es cosa de dos, ambos os veis metidos en la maraña del endeudamiento mutuo, pero justo esta es una de las pocas que vale la pena no desenmarañar. Ese es el secreto de las relaciones duraderas: preocuparse más por pagar la cuenta del otro que de que el otro pague la tuya; sobre todo cuando no se trata de una cuenta.

La generosidad de un solo gesto a veces basta para ganar la confianza de toda una vida.

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