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14/03/2018 18:16 CET | Actualizado 14/03/2018 18:16 CET

Mujeres, agua y energía no son mercancías

Carolina Ito

Sus casas, sus tierras y sus recuerdos quedaron inundados bajo el agua. Sus medios de vida y sus raíces fueron engullidos en nombre del "desarrollo" que les prometió una energía "limpia" a un precio más asequible, un trabajo mejor... Desgraciadamente la obsesión por la construcción de represas hidroeléctricas en América Latina ha dejado una estela de violaciones de derechos humanos e historias de dolor y vejaciones que muchas mujeres han querido dejar plasmadas en forma de historias bordadas, conocidas como arpilleras.

La cantante chilena Violeta Parra decía que las arpilleras son canciones bordadas. Surgieron en Isla Negra (Chile) y adquirieron su carácter político durante el periodo de la dictadura militar cuando mujeres de los suburbios de Santiago comenzaron a utilizar el yute de bolsas de patata para contar sus historias contra la represión comandada por Augusto Pinochet.

Las represas trajeron miedo, represión y violencia a las comunidades afectadas. "Resistimos porque es lo que hacemos desde que vinimos al mundo. Somos fuertes y sabemos que el modelo energético que sostiene estas represas desmantela nuestras vidas" señalan las mujeres afectadas por las represas en Brasil que, gracias a la articulación del Movimiento de Afectados por las Represas (MAB), han podido narrar sus experiencias en el documental "Arpilleras: bordando la resistencia" con un objetivo claro: que sus recuerdos y su sufrimiento no caigan en el olvido, sepultados bajo los lagos de las represas.

Los impactos de estos megaproyectos hidroeléctricos son devastadores no solo desde un punto de vista ambiental sino también social y cultural, con la expulsión de miles de personas de sus hogares. Las mujeres, los grupos indígenas y las comunidades quilombolas son sin duda las más afectadas. "Las empresas llegan y no dialogan con nosotras, que ya partimos de una situación en la que estamos invisibilizadas. Se rompen los lazos familiares y con la llegada de miles de obreros a municipios pequeños como los nuestros, aumentan los casos de acoso sexual, tráfico de mujeres, prostitución y violaciones" relata Marina, afectada por la represa de Castanhão. En definitiva, se crea una industria de explotación de la mujer en torno a la construcción de la represa.

"Matan nuestros ríos y un poco de nosotras muere también" insiste Claudia Patricia Ortiz Gerena del Movimiento Ríos Vivos de Colombia, donde también han utilizado la técnica de las arpilleras para denunciar su sufrimiento con la llegada de la represa al río Sogamoso. Cada 14 de marzo, día internacional de acción contra las represas y por los ríos, el agua y la vida, recuerdan que "el agua es para la vida y no para la muerte".

Es también un día para recordar a todos los que fueron asesinados por defender sus ríos y su territorio. En Brasil no olvidan la muerte en 2016 de Nicinha, una pescadora artesanal que formaba parte del MAB; en Honduras Berta Cáceres, guardiana de los Ríos, también fue asesinada por organizar la resistencia del pueblo lenca a la represa de Agua Zarca.

¿Energía para quién?

El resultado de estos megaproyectos hidroeléctricos no parece generar ninguna ventaja para las comunidades. Las mujeres afectadas por la represa de Belo Monte han denunciado en numerosas ocasiones los precios abusivos de la factura de electricidad, debido a la privatización de Celpa, la empresa distribuidora de energía. Por desgracia, las privatizaciones están a la orden del día y los precios de la electricidad suben como la espuma.

¿Energía para las comunidades? Claramente no. En los próximos 20 años, está prevista la construcción de 40 represas hidroeléctricas en la cuenca del Amazonas para satisfacer las enormes necesidades de la industria minera sedienta de energía que extrae, procesa y exporta aluminio, hierro, oro...

¡Extractivismo al poder! Y los damnificados siempre son los mismos. En Brasil no olvidan la peor catástrofe ambiental de la historia del país, cuando en noviembre de 2015 la rotura de una presa minera en Minas Gerais provocó la muerte de 19 personas y la contaminación de más de 600 kilómetros de río. Aún se espera que el peso de la justicia recaiga sobre las empresas responsables del accidente. Hace dos semanas, otra fuga en una represa de desechos tóxicos en Barcarena (estado de Pará), propiedad de la empresa Norsk Hydro, ha provocado otro desastre con daños aún incalculables. ¿Hasta cuándo este modelo destructivo que vulnera nuestros derechos?

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