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13/12/2018 07:13 CET | Actualizado 13/12/2018 07:13 CET

¿Rebelión o extinción?

Protestas durante la Cumbre Mundial del Clima.
Agencja Gazeta / Reuters
Protestas durante la Cumbre Mundial del Clima.

"El mundo se divide entre indignos e indignados,

y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar".

(Eduardo Galeano)

Medio grado importa. Para muchas personas supone no tener tierra a la que regresar. A pesar de la contundencia de los informes científicos, nuestros gobernantes siguen sin asumir sus responsabilidades ante un planeta parcialmente agotado. En la Cumbre Mundial del Clima que se celebra estos días en la ciudad polaca de Katowice deben establecerse compromisos ambiciosos de reducción de emisiones de CO2 por parte de los países más ricos. Sin embargo, las cifras que están de momento encima de la mesa nos sitúan en un escenario de más de 3ºC de calentamiento a final de siglo. ¿Cómo conseguir que la ciencia se imponga a la política? Preocupa mucho el bloqueo de Estados Unidos y aliados como Rusia, Arabia Saudí o Kuwait que se han desmarcado del informe del Panel Internacional de expertos de Cambio Climático e insisten en seguir extrayendo petróleo, carbón, gas...

Si el clima fuese un banco ya estaría salvado. Las grandes empresas continúan contaminando con la complicidad de nuestros Gobiernos y extrayendo de manera voraz recursos en los países del sur global para que nuestro mundo "desarrollado" pueda seguir en pie. El capitalismo acaba imponiéndose a los derechos humanos y al respeto a la Tierra, nuestra casa común: 207 personas fueron asesinadas en 2017 por defender la Tierra, según el informe de Global Witness.

Nos queda una década para frenar la crisis climática y ante la inacción política, la ciudadanía no está dispuesta a quedarse de brazos cruzados.

Como siempre las más perjudicadas son las poblaciones de los países que menos han contribuido a este calentamiento global irreversible, obviando una vez más la justicia climática que merecen. La Cumbre del Clima se llena de discursos grandilocuentes pero vacíos. ¿Dónde está el dinero? El Fondo Verde para el Clima destinado en parte a financiar la adaptación de los países más vulnerables a los efectos del cambio climático ha recibido tan sólo un 10% de los cien mil millones de dólares que los países ricos se comprometieron a aportar. España tampoco cumple su parte y sólo ha aportado 17 de los 170 millones que comprometió.

Nos queda una década para frenar la crisis climática y ante la inacción política, la ciudadanía no está dispuesta a quedarse de brazos cruzados. La desobediencia civil no violenta tomó hace pocas semanas de las calles de Londres bajo la consigna al "rebelión o extinción" para denunciar la falta de acción ante la crisis ecológica. No podemos dejar de alzar nuestras voces y seguir construyendo cambios desde nuestras actitudes cotidianas.

La batalla también se libra en los tribunales; 21 jóvenes han llevado a juicio a Estados Unidos por el cambio climático, acusando al Gobierno federal de violar sus derechos constitucionales y poner en peligro el medio ambiente para las generaciones presentes y futuras. En Holanda, un tribunal de La Haya dio la razón a un grupo de ciudadanos recordando al Gobierno holandés su obligación de velar por la salud y el medio ambiente y obligándole a tomar medidas para reducir un 25% las emisiones de gases de efecto invernadero.

"Estamos en un momento único de la Historia. Somos la primera generación que puede acabar con la pobreza y la última que puede detener el colapso climático. Somos conscientes de ello y de la relevancia que tiene actuar en la que será la década más importante de la humanidad" así se presentaba hace unos días en nuestro país Matria, otro nuevo movimiento social cargado de ilusión que insiste en que la catástrofe real es no hacer frente a los problemas que enfrentamos.

Ahora toca aunar todas estas luchas para construir un discurso común esperanzador que consiga imponerse a la actual agenda política y mediática en la que la crisis climática sigue estando bastante ausente y se percibe como una verdad incómoda y no como una auténtica oportunidad de construir sociedades del buen vivir.

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