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23/11/2012 08:42 CET | Actualizado 22/01/2013 11:12 CET

Nuestros propios fantasmas

Defiendo la conciliación, en todos los sentidos. Estar en contra de algo es paradójicamente reconocer que hay alguna cosa de nuestra identidad con la que no estamos de acuerdo. Somos más de lo que defendemos. Somos también aquello a lo que nos oponemos.

Defiendo la conciliación, en todos los sentidos. Estar en contra de algo es paradójicamente reconocer que hay alguna cosa de nuestra identidad con la que no estamos de acuerdo. Somos más de lo que defendemos. Somos también aquello a lo que nos oponemos. Por lo tanto, asumo que hay algo en mí con lo que me resisto a conciliarme. Tiene que ver con mis debilidades, con mis errores, mis inseguridades, mi desconocimiento en tantas áreas y mis dudas. Después del vértigo que supone asomarse a este precipicio, una se da cuenta de que nuestros puntos fuertes están en el reconocimiento de nuestra fragilidad. Quizás este es el estado en el que sacamos nuestra mejor faceta, ante la realidad en toda su amplitud: contradictoria y cambiante.

Históricamente, la sociedad ha tendido a moldearnos como seres sexistas, para lo bueno y lo malo. Y lamentablemente, muchos han sacado partido de la guerra entre sexos. Y aunque hoy en día parece absurdo, una vez traspasados tantos límites, los miedos siguen haciendo mella: miedos que nos despistan y nos aturden.

Más allá del sexismo, también es histórico el tópico de "la rivalidad entre mujeres", algo que responde a ese "divide y gana", del que sabemos que muchos se aprovechan personal y profesionalmente.

¡Cuántas veces hemos caído en estas trampas! ¿Cuántas hemos podido rectificar a tiempo? ¿Y cuántas no hemos podido evitar la catástrofe a la que nos conduce?

Supongo que el primer paso es el reconocimiento de la trampa. El segundo, la aceptación de nuestras contradicciones internas. El tercero: mirarnos al espejo viendo nuestra cara de susto. Y el cuarto: actuar en positivo, a partir de esa fragilidad que nos hace equivocarnos, sí; pero que también nos hace más fuertes, más humanos, más solidarios y comprensivos, con nosotros mismos y con los demás.

Hay quien habla de la necesidad de detectar las heridas abiertas del pasado, hay quien recomienda recuperar ese niño o esa niña que aún somos e imaginar cuál sería la mirada (asustadiza y frágil) de esa persona a quien nos "enfrentamos". Quizás es útil, quizás nos tranquiliza, quizás así es posible la conciliación.

A finales del año pasado, el Programa Municipal de la Mujer de L'Hospitalet (Barcelona) me encargó un segundo documental, basado en los talleres que organiza en las asociaciones de mujeres de la ciudad. El primero, titulado Mujeres Descalzas: Tabús y Feminidad se estrenó el 8 de marzo de 2011, ganó el Premio Mila de Periodismo y se emitió por el Canal 33 (Televisió de Catalunya).

Este segundo encargo trataba sobre Mujeres Admirables. En las reuniones, las participantes hablaban de esas mujeres que tuvieron un papel importante en sus vidas: porque les ayudaron, les apoyaron, les dieron ejemplo y fuerza para seguir adelante en momentos difíciles. Recordaban a mujeres que se habían convertido en sus referentes. De este modo, las profesionales del Programa Municipal de la Mujer (PMD), muy sutilmente, incorporaban en los debates esa necesidad de romper con el tópico-trampa de la "rivalidad femenina".

Si bien todos los hombres y mujeres tenemos una parte animal y poco racional, que nos impulsa a "atacar" cuando nos sentimos agredidos o amenazados, el gran reto es mirarnos al espejo y ver en nuestros ojos cuáles son nuestros temores. Y quizás esto nada tiene que ver con la sexualidad de cada uno, sino con nuestros propios fantasmas.

Los talleres iban más allá de todo esto: eran un ejercicio de agradecimiento. Anna Vallejo admira a Rosita y Pepita Reyes, que le enseñaron a coser cuando sólo tenía 10 años. Emiliana Durán, a la suegra. Maria José Almendros, a la Señora Teresina, la propietaria de la pastelería donde trabaja desde que tenía 15 años. Maruja Soliños, a María Pau Trainer, su profesora de catalán en la Casa de la Reconciliación. Mari Carmen Espuña, a Palmira, la monitora de sardanas de su hija. Josefina Lázaro, a la actriz Concha Velasco. Y Carmen Millán, a Clara Parramón, su tutora de estudios en la asociación de vecinos de su barrio.

Todas ellas se convirtieron en protagonistas de este documental, que se proyectó el 8 de marzo de este año en el Teatre Joventut, donde me encantó verlas como caminando por una alfombra roja, orgullosas de compartir sus historias. La Xarxa de Televisions Locals de Catalunya (XTVL), con motivo del Día Internacional de la Mujer, emitió Dones Admirables, que a su vez fue seleccionado por la Muestra de Cine de Málaga, donde se proyectó en la sección de La Mujer en Escena, el pasado 8 de noviembre. Y el próximo sábado, 24 de noviembre a las 21h, el programa DOC'S de Barcelona Televisiólo ha programado con motivo del Día Internacional contra la Violencia de Género.

Cualquier día es bueno para escuchar a estas mujeres. Y pienso sinceramente que cada pequeño granito de arena que aportemos en cuestiones de género tiene que ir encaminado a un cambio de discurso: es importante utilizar un lenguaje de unión y no de discordia, que afronte los temas de frente y a su vez sea constructivo, que describa las realidades tal como son con voluntad de cambios en positivo, que anime a hombres y mujeres a actuar en beneficio de todos, que haga nacer nuevos valores para el presente y el futuro. Quizás vale la pena intentarlo, aunque nos caigamos o nos equivoquemos por el camino. Así me lo propuse, desde el silencio y la escucha, en estos proyectos audiovisuales, con mis compañeras Sonia Pons (realizadora), Paula Ustarroz (ayudante de dirección) y Manuela García (grafista), así como con Rosa Segarra, alma mater de todo este trabajo, en representación del PMD. Gracias a ella y a Mariví Mur, ahora estamos a punto de empezar nuestro tercer documental.

Este artículo ha sido publicado en el blog de la autora.