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05/06/2018 07:25 CEST | Actualizado 05/06/2018 07:26 CEST

¿Aprenderán a ser simpáticos Monedero e Iglesias?

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Quienes hayan estado atentos a todo lo relacionado con la moción de censura de Pedro Sánchez de la semana pasada, tanto dentro como fuera del Parlamento, podrían hacer una lista de actos y frases considerados insultantes.

Si estabas del lado del ganador, te quedarías con las mentiras del PP y de Ciudadanos, la silla vacía del presidente ocupada por un bolso, el refugio de Rajoy durante ocho horas en un restaurante, la amenaza que soltó Rivera a Esquerra Republicana, etc.

Pero es muy probable que muchos añadieran a su lista particular parte de la intervención de Pablo Iglesias y la actuación de Juan Carlos Monedero con la vicepresidenta saliente Soraya Sáenz de Santamaría.

Pablo Iglesias repartió su intervención en tres bloques. En el primero atacó a la derecha, mencionó el escaño vacío de Rajoy, habló de los presupuestos y la referencia de Rajoy a "comérselos con patatas", sobre el sentido y el significado del éxito de la moción, de los problemas del país que deben incluirse en la agenda del nuevo presidente, contestó a la amenaza de Ciudadanos a Esquerra Republicana y sobre cómo debía de hablarse a los independentistas de una España progresista y simpática.

En el segundo bloque se dirigió directamente a Pedro Sánchez a quien le recomendó que no se dejara humillar por los corruptos, le preguntó por su programa y le leyó la cartilla: "usted tiene que tener más dignidad", "usted tiene que parecer presidenciable", "ha de estar a la altura", "no puede conformarse con ser el menos malo" y le indicó cómo ser estadista.

En el tercer y último bloque agradeció a las mujeres que secundaron la huelga del 8M y a los jubilados que rodearon el Congreso pues "la victoria de la moción de censura es de ellas y ellos".

El primer bloque duró nueve minutos, el último unos cuantos segundos, mientras que el segundo fue de casi ocho minutos.

Ocho minutos en un tono de profesor chillón, con cierta chulería y aires de superioridad característicos ya de Iglesias, en los que pide al nuevo presidente – para cuya victoria Podemos jugó un papel muy importante y le tendió la mano desde el primer momento- que no deje que la derecha le humille ¡mientras él le está humillando! Aunque el contenido del discurso de Iglesias tenga sentido, lo pierde solo por su tono.

El tono pausado del nuevo presidente en su réplica puso más en evidencia a Pablo Iglesias. Este último se lo agradeció aunque no pidió disculpas a Sánchez por su tono anterior.

El toque final a ese tono chulesco lo puso horas después Juan Carlos Monedero en su actuación patética con Sáenz de Santamaría.

Aparte de preguntarnos por qué estaba allí Monedero, qué cargo tiene en Podemos -salvo ser el padre espiritual de Iglesias-, el gesto de colocar sus manos sobre los hombros de la vicepresidenta, algo que hubiera resultado difícil de hacer con un hombre, no fue solo machista sino también mostraba superioridad pues no lo haría con alguien más alto que él ni con quien estuviera viviendo un momento de gloria.

Monedero hace que te preguntes sobre la ética del ganador, en el caso de que fuera realmente ganador. ¿Por qué resultar antipático? ¿A quién le importa la alegría o la tristeza de Monedero porque el PP abandona el gobierno? ¿Qué gana Monedero con esta actuación de mal gusto y poca elegancia, salvo llamar la atención y ser el protagonista de una polémica?

Nada, Monedero no gana absolutamente nada. Iglesias tampoco gana nada con el tono y la forma empleados en el segundo bloque de su intervención. A menos que exista una competición secreta entre ambos y el portavoz del PP, Rafael Hernando, para ver quién es el más chulo y quién humilla más a los demás.

Es hora de preguntarse si esta forma de actuar, la de Iglesias y Monedero en concreto, se traduce en votos nuevos, mantiene los actuales o despierta simpatía o cercanía en franjas sociales nuevas

Los líderes de Podemos saben muy bien, por su formación, cultura y experiencia, que el capitalismo que combaten ha conseguido que la simpatía y la elegancia del político ocupen una parte demasiado importante de su valoración para así evitar una discusión social, seria y profunda sobre los programas y lo que estos ofrecen para un cambio real en la vida de los ciudadanos y dar soluciones a sus problemas. De esta forma el debate queda siempre en el terreno de lo superficial: el político más elegante, el más guapo, el más simpático, el que cae mejor, el que habla mejor, etc.

No parece que uno de los objetivos de Podemos sea acabar con esto. En cualquier caso sería imposible en el mundo actual con el increíble poder de los medios y la falta de pensamiento crítico de gran parte del público.

Podemos intenta poner el foco sobre los problemas reales y abrir un verdadero debate político. Pero es hora de preguntarse si esta forma de actuar, la de Iglesias y Monedero en concreto, se traduce en votos nuevos, mantiene los actuales o despierta simpatía o cercanía en franjas sociales nuevas. Es hora de dejar atrás ese tono chulesco y de superioridad de aquellos que ven a los demás como sus alumnos. Y dejar también esa ansiedad por llamar la atención a cualquier precio.

Es hora de saber que si no caen medianamente bien va a ser imposible alcanzar el poder, ni ahora ni nunca.

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