La esquizofrenia tras de sí

La esquizofrenia tras de sí

Vivimos en una sociedad hipercompetitiva: ingenieros y arquitectos, de exquisita salud y fecundo conocimiento, terminan poniendo copas en una discoteca de moda, ¿qué hueco nos espera a los que tenemos que luchar con el continuo espacio-tiempo del perdón, el estigma y el prejuicio?

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Nunca se sabrán los temores que acechan en los márgenes del camino; nunca se sabrán los silencios que estremecen mi ser; nunca la casualidad ni el destino. Pero lo cierto es que la experiencia va moldeando tu mente, que vive en un continuo y efímero despertar. Tal es mi voz y mi pensamiento.

Tras veinte años conviviendo con la esquizofrenia encuentro verdad en estas palabras.

Al principio, uno acepta la enfermedad como quien acepta un fenómeno meteorológico. "Mi naturaleza es así", es una razón que se suele dar. El camino entonces se muestra pedregoso, difícil, hostil, a pesar de las bondades de la técnica; esas muletillas que son los medicamentos, un mar de aguas tranquilas en el centro de la tempestad. No es suficiente.

Mientras, sin embargo, el horizonte se muestra a nuestros ojos, y las horas que baraja el tiempo son cartas que se han de jugar.

Encerrado en casa, el espíritu se retuerce de dolor y se reitera sin solución. Es hora de salir a la calle en busca de una respuesta, a veces tan escondida, que bien pareciese el oráculo de un dios antiguo.

Es posible que en la antigüedad la enfermedad mental entroncara con el sentido mágico de la vida que sólo el chamán podría desentrañar. Pero la sociedad de masas y de la información se nos vino encima, y las preguntas sobre la existencia quedaron sin contestar; las miguitas de pan que el hombre dejó por el camino y que conformaban el saber fueron devoradas por seres informes, y la confusión reina en espera de una suerte mejor.

En estas semblanzas andaba yo, cuando recibí la llamada del movimiento asociativo que alberga la Confederación SALUD MENTAL ESPAÑA. Era simple: tratar que los derechos y libertades habituales entre los hombres y las mujeres sin mancha llegaran a las personas con enfermedad mental.

Sencillo presupuesto pero insondable pretensión, al menos, si no media la voluntad decidida (que es como llamo yo a la generosidad).

Mirad alrededor. Es así, vivimos en una sociedad hipercompetitiva: ingenieros y arquitectos, de exquisita salud y fecundo conocimiento, terminan poniendo copas en una discoteca de moda, ¿qué hueco nos espera a los que tenemos que luchar con el continuo espacio-tiempo del perdón, el estigma y el prejuicio?

El itinerario hacia la autonomía es posible, por tanto la esperanza tiene razón de ser. Sólo hay una condición por encima del resto: la sociedad y el individuo han de vivir en equilibrio, en justicia, en permanente balance.

Entonces, la Convención de la ONU sobre los derechos de las personas con discapacidad aparece de la nada como tabla de redención; nada más fácil ni nada más difícil. La lucha es el signo si lo que queremos es su cumplimiento: sólo con ajustes en las rígidas e inmisericordes reglas de la competencia podremos dar al traste con la liberación del pueblo que forman las personas con enfermedad mental. Qué mayor libertad que tener un proyecto de vida independiente y participativo, el bálsamo de la curación.

Es aquí donde entra en juego mi testimonio: el itinerario hacia la autonomía es posible, por tanto la esperanza tiene razón de ser. Sólo hay una condición por encima del resto: la sociedad y el individuo han de vivir en equilibrio, en justicia, en permanente balance. Es decir, al esfuerzo de superación del individuo debe responder la sociedad con oportunidades meditadas.

Recuerdo cuando, postrado, perdí hasta la capacidad de lectura; vivía atemorizado, casi escondido. Quizá fuese el hartazgo, pero un día empecé a asumir responsabilidades, que nunca son pequeñas, pues yo daba lo que tenía: un poco de mi afición a escribir en el taller de narrativa, un poco de mi maestría en los entrenamientos del tenis de mesa.

Con el ejercicio de la responsabilidad debe llegar la oportunidad; es inexcusable si queremos vislumbrar el milagro final: la recuperación de la persona con enfermedad mental.

Ahora soy responsable de una unidad administrativa, y sigo mi trabajo con suma atención y preocupación. Siempre ando alerta porque no encajo bien los errores, y así espero conquistar mi espacio de felicidad.

Termino alertando de la falta de oportunidades y llamando a un cambio en el paradigma de la generosidad: "Todo el mundo tiene algo que aportar a la sociedad, y labor pequeña no existe, pues amor hay en las manos".