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21/02/2019 07:21 CET | Actualizado 21/02/2019 07:21 CET

Fantasías extraterrestres

Getty Images

Siempre he fantaseado con la idea de que un extraterrestre me hiciera una visita. Sé lo que están pensando, pero, aunque no me gusta descartar ninguna posibilidad, no se trata de eso. A veces imagino que algunas personas con las que nos cruzamos a diario no son de este planeta. Me divierte el juego. Y a pesar de que no tengo problemas para diferenciar la realidad de la fantasía, no pierdo la esperanza de que seres de otras galaxias se pasen algún día por nuestras tierras.

Este deseo solía resultarme excitante y lleno de posibilidades que mi imaginación adornaba a su antojo. Pero, últimamente, la idea de seres desconocidos explorando nuestro entorno ya no me parece tan atractiva. Hace unos días verbalicé mi inquietud a un amigo: "¿Y si esos extraterrestres, posiblemente más evolucionados que nosotros (espero que no se ofendan, creo que todos somos conscientes de las limitaciones y debilidades del ser humano), empiezan a experimentar con las personas como hacemos nosotros con las ratas de laboratorio?".

Le comenté a mi amigo que ese pensamiento había surgido cuando me planteaba el dilema moral de la experimentación con animales. Entonces mi amigo sacó el tema de las advertencias de Stephen Hawking. El astrofísico destacó en numerosas ocasiones las partes menos románticas y positivas de entrar en contacto con inteligencias remotas. Vaticinaba que si lográbamos contactar con alienígenas, podríamos sufrir las consecuencias del instinto colonizador de unos seres mucho más poderosos que nosotros que nos tratarían como bacterias.

No sé ustedes, pero yo siempre me he sentido como parte residual de algo que podríamos ser y nunca fuimos.

Como supondrán, las palabras de mi amigo no me tranquilizaron en absoluto. Sentirme como una bacteria me inquietó todavía más. Y entendí entonces que, probablemente, las advertencias de Hawking habían calado en mí sin yo ser consciente de ello. Mi capacidad para la anticipación apocalíptica había hecho el resto (podría llamarlo tendencia a los pensamientos catastróficos, pero una vez me dijeron que no sabía venderme y estoy intentando solventarlo). Y así me encuentro actualmente, con un germinado de paranoia interestelar en el que las bacterias inutilizables y residuales nos desintegramos a la velocidad de la luz (eso en el mejor de los casos).

Otro de mis cuadros mentales es una especie de isla del Dr. Moreau en el que han conseguido matizar nuestra tez a un tono azul pitufo y los tubos de las máquinas de respiración artificial son un must para los que simplemente quieren sobrevivir en un entorno obsoleto. Pero si les digo la verdad, lo que realmente me mosquea es algo que llevo pensando desde hace muchos telediarios. ¿Y si ya somos un experimento para esos supuestos seres superiores? No sé ustedes, pero yo siempre me he sentido como parte residual de algo que podríamos ser y nunca fuimos. O tal vez es que realmente no sé venderme. En cualquier caso, queridas bacterias, de eso podemos hablar en el próximo telediario.

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