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10/04/2018 07:32 CEST | Actualizado 10/04/2018 07:32 CEST

No puedo ver más vídeos de cómo otro policía mata a un negro

Sacramento (California, EEUU), 4 de abril. Un manifestante sostiene una ilustración de Stephon Clark durante una protesta para pedir justicia por su muerte. Clark, un joven negro de 22 años, fue disparado por un policía el 18 de marzo.
Justin Sullivan via Getty Images
Sacramento (California, EEUU), 4 de abril. Un manifestante sostiene una ilustración de Stephon Clark durante una protesta para pedir justicia por su muerte. Clark, un joven negro de 22 años, fue disparado por un policía el 18 de marzo.

El pasado 18 de marzo, Stephon Clark fue asesinado en el patio de su casa al ser disparado hasta veinte veces en menos de cinco segundos por un policía de Sacramento (California, EEUU). Pocos días después salieron a la luz las grabaciones de las cámaras de los agentes y del helicóptero de la policía. Pero no las vi.

Cada vez tenemos más acceso a vídeos de móviles, cámaras de seguridad o cámaras corporales y, por consiguiente, podemos ver todos esos vídeos que documentan los asesinatos de las personas negras. Los nombres de todas las personas de cuyas muertes hemos sido testigos mediante vídeos podrían ocupar un artículo entero.

Antes miraba todos los vídeos, algunos por voluntad propia, otros porque así lo decidía el sistema de reproducción automática de las redes sociales. Vi cómo la policía ahogó a Eric Garner hasta matarlo. Vi cómo la policía disparó a Alton Sterling desde muy poca distancia. Vi cómo la policía disparó a John Crawfirs en un centro comercial mientras hablaba por teléfono. Vi cómo la policía mató a Philando Castile delante de su propia novia y su hija de 4 años. Vi cómo la policía disparó a Tamir Rice, de tan solo 12 años, nada más entrar en escena.

Nada puede contrarrestar el peso de más de cuatro siglos de una cultura dualista que normaliza y glorifica a los blancos y presupone que los negros son villanos.

Todas estas historias seguían un patrón similar. La policía publicaba su testimonio, al agente se le imponía una licencia administrativa y todo el mundo comenzaba a protestar por un asesinato extrajudicial. Las redes sociales arden cada vez que un policía asesina a una persona negra que no va armada: todos los usuarios exigen conocer "los hechos", dando al policía el beneficio de la duda. Esta retórica de "esperar a ver los hechos" parte de la base de que, de disponer de información suficiente sobre un asesinato, podemos determinar con exactitud el valor de una vida y si estaba justificado que esa vida fuera arrebatada.

Sin embargo, por mucha información y pruebas que tengamos, nada puede contrarrestar el peso de más de cuatro siglos de una cultura dualista que normaliza y glorifica a los blancos y presupone que los negros son villanos, peligrosos y delincuentes. Este sesgo cultural se encuentra muy arraigado: los blancos son inocentes, mientras que los negros son violentos. Así, se genera una falta de empatía frente a las vidas de los negros y sus historias. En lugar de empatizar, la cultura blanca da por hecho la culpabilidad de los negros, y esto se pone de manifiesto cada vez que comenzamos una investigación pidiendo conocer "los hechos" en lugar de lamentar la pérdida de una vida.

La violencia contra los negros no es neutra, y menos cuando es ejercida por la policía y grabada en vídeo. Los estudios revelan que ver actos violentos en televisión hace que las personas tengan más miedo de lo que ocurre a su alrededor y se vuelvan menos sensibles al dolor y el sufrimiento de los demás. Además, el hecho de que los vídeos de las muertes de estas personas se hagan virales tiene impactos psicológicos a largo plazo similares al trastorno de estrés postraumático. La comunidad negra experimenta mayores niveles de estrés y ansiedad como consecuencia de ver continuamente cómo las personas encargadas de protegerles les quitan la vida. Las redes sociales nos exponen continuamente a hechos traumáticos, al sufrimiento y a la muerte de personas negras.

Estos vídeos dan a entender a los negros que su vida depende de los blancos y que su cuerpo puede ser objeto de violencia.

En estos vídeos, a menudo vemos con nuestros propios ojos que el relato de los policías sobre lo que ocurrió antes de disparar no es cierto; pero al mismo tiempo también escuchamos las múltiples razones por las que la víctima merecía la muerte. Después vemos cómo el sistema de justicia exonera a los policías, incluso cuando está claro que se trata de un error o de un sesgo.

Para los negros, estos vídeos son momentos de dolor, son una reafirmación continua de la realidad en la que vivimos: nuestras vidas no importan. Para los blancos, estos vídeos son pruebas que dan pie al análisis y a la crítica, con el objetivo de probar la culpa de la persona negra.

A grandes rasgos, estos vídeos son como linchamientos. Dan a entender a los negros que sus vidas dependen de los blancos y que sus cuerpos pueden ser objeto de violencia. Estos vídeos sirven para recordar a los negros que, en una cultura que privilegia a los blancos, podemos ser testigos de la muerte de personas negras una y otra vez, ignorando el hecho de que la persona asesinada era solo eso: una persona. Una persona con una familia y una historia. Una persona que iba a la escuela, se enamoraba, tenía aficiones y sueños. Estos vídeos de violencia contra personas negras son una advertencia de lo que puede hacer el Estado, y salir airoso, incluso aunque esté grabado.

Esos vídeos solo sirven para recordarme algo que ya sabía: para Estados Unidos, mi vida no tiene importancia.

Los vídeos son de gran ayuda en las investigaciones policiales, pero también sirven para ver la triste realidad de las interacciones entre las personas negras y la policía. En una cultura inmersa en la supremacía de los blancos que históricamente ha arrebatado la vida y el bienestar de los negros con impunidad, prefiero alejarme del trauma que generan los vídeos de asesinatos extrajudiciales. Esos vídeos solo sirven para recordarme algo que ya sabía: para Estados Unidos, mi vida no tiene importancia.

Brandi Miller es directora del programa de justicia del Pacífico Noroeste (EE UU).

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

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