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15/09/2015 07:14 CEST | Actualizado 14/09/2016 11:12 CEST

La sobreactuación de Corbyn y Cameron

La sobreactuación es inherente a la trayectoria política de Corbyn, y la lleva en su programa. Si la mantiene, fracasará. Únicamente si es capaz de asumir que encabeza un partido moderado que representa y representará a un electorado de centro-izquierda, tendrá posibilidades de éxito.

EFE

Mi primera reacción a la elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista se la envié por whattsapp a dos amigos de ese partido que ejercen o han ejercido responsabilidades en el mismo: "Corbyn is good news for Cameron". Su respuesta fue muy clara: "You are right".

Sigo pensando lo mismo, a no ser que el primer ministro británico sobreactúe, como ha hecho con su primer comentario al afirmar que con la victoria de Corbyn el laborismo se ha convertido en una amenaza para la seguridad nacional del Reino Unido, nada más y nada menos.

Uno podía imaginarse a James Bond entrando por la ventana para neutralizar al sesentón Corbyn antes de que cometiese algún desmán irreparable, pero cualquiera que conozca mínimamente la política británica sabe que el Partido Laborista ha sido y seguirá siendo (incluso a pesar de cualquier líder, creo), junto con el Partido Conservador, una pieza fundamental de la estabilidad política, económica y social del país.

La sobreactuación es inherente a la trayectoria política de Corbyn, y la lleva en su programa. Si la mantiene, fracasará. Únicamente si es capaz de asumir que encabeza un partido moderado que representa y representará a un electorado de centro-izquierda, tendrá posibilidades de éxito.

O sea, si el Corbyn de 1980 da paso al Corbyn de 2015, que ha sido elegido gracias al apoyo orgánico de algunos responsables sindicales y al abultado crecimiento del censo electoral que podía votar en las primarias, pero que ahora tiene que mantener unido al partido y construir una mayoría social que en 2020 se transforme en una mayoría electoral.

¿Lo hará? ¿Le dejará hacerlo su entorno? Veremos, pero hay primeros datos poco alentadores en ese sentido. Por ejemplo, que uno de los más mediáticos diputados laboristas, como Chuka Umunna, rechazara servir en el nuevo Gabinete en la sombra por la falta de claridad de Corbyn en cuanto compromiso europeísta, no deja de ser preocupante.

En realidad, si sus propuestas se mantienen en el tono de sus proclamas, tendrá el fracaso asegurado y se terminará convirtiendo, como piensa en este momento la mayoría de los encuestados, en "unelectable", como lo fueron en su día otros líderes laboristas que condenaron al partido a lustros fuera del gobierno, instancia desde la que, en una democracia, se transforman o no las cosas.

En ese caso, no llegará a ser ni candidato en 2020 porque será sustituido por los diputados laboristas o tendrá que dimitir.

Pero Cameron puede ser a su vez víctima de la ansiedad y la exageración, es decir, de la sobreactuación. De forma que haga crecer a Corbyn más allá de los errores o los defectos de este. La descalificación fácil puede tener efectos indeseados para el que la lanza a poco que sea percibida como injusta.

Es lógico, por otra parte, que se busquen similitudes entre países y dirigentes políticos, pero no suele ser lo más cercano a la realidad y, en consecuencia, lo mejor a medio plazo. Sin embargo, uno constata incluso que alguno ha corrido tan deprisa a apuntarse el tanto Corbyn que ha llegado a autoproclamarse su clónico.

A mí me ha recordado cuando en 1995 asistí al Congreso del hoy Partido Democrático en la Feria de Roma, en cuya inauguración iban a intervenir los líderes de todos los partidos, incluido Berlusconi (cortesía italiana). Media hora antes del evento, decenas de imitadores de Silvio daban vueltas al lugar vestidos y gesticulando como él. La verdad, uno podía pensar que el fenómeno era divertido o simplemente patético. Pues lo mismo.