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17/07/2012 10:22 CEST | Actualizado 15/09/2012 11:12 CEST

Este es nuestro franquismo

No podemos eludir la responsabilidad de reformular los conceptos políticos para sobrevivir con dignidad. Tampoco estamos bien dotados de pensadores que nos dibujen el rumbo.

Para los que nacimos en democracia, esta crisis recuerda al franquismo que vivieron nuestros padres. Tenemos frente a nosotros un país deconstruído en unos pocos años. La ruina moral, económica y política que atraviesa España nos obliga a un compromiso político que por fuerza habrá de pensar con radical creatividad, dado el declive de las instituciones. Tenemos, a diferencia de nuestros padres y gracias a ellos, la libertad política para poder hacerlo. En todo caso, me explicaré un poco antes de que cualquiera me acuse de frivolizar con dictaduras.

Mi sugerencia nada tiene que ver con la legitimidad democrática del Gobierno que preside Mariano Rajoy. No me queda duda de que la victoria clara que le dieron los ciudadanos le autoriza legalmente para tomar las medidas que crea convenientes; después tendrá que responder por ellas en las elecciones en el debido momento. Por la indignación y la tensión social que se avecina, vaticino que estas serán más pronto que tarde. Por mucha mayoría absoluta, todo tiene un límite.

Mi similitud tiene que ver con un reto generacional. Los jóvenes en España hemos vivido en una suerte de confort económico e intelectual. Nuestros padres tuvieron una causa clara por la que tomar un compromiso -aquellos que tuvieron valor suficiente- para construir una democracia y sellar las heridas de un país que había sufrido demasiado tras una terrible guerra civil. En todo caso, aquellos - la gran mayoría - que no lucharon por terminar con la dictadura, quedaron marcados para siempre por ella de la misma forma que nosotros lo estaremos por este huracán de primas, desgobiernos y escasez que nos empuja cada día hacia el abismo.

La estabilidad y la fortaleza de las instituciones que emergieron tras la Transición, junto con la modernización de España -en gran medida facilitada por la entrada en la UE en 1986- construyeron una sociedad del bienestar en el que el compromiso político siempre estaba por fuerza a la sombra del de nuestros padres. Nosotros lo tuvimos más fácil que ellos. Hasta que llegó el año 2008 y todo lo que heredamos comenzó a derrumbarse.

Los partidos y los sindicatos cayeron en las tenebrosas redes del mundo financiero, al calor de una ideología neoliberal en la que era siempre más importante el cuánto que el cómo. Y, enmarañados en intereses que se multiplicaban al ritmo del propio crecimiento económico de España, cavaron una suerte de tumba colectiva, con las cajas de ahorro como gran terreno de juego. Así nació la "Bankización" de España. La avaricia inmobiliaria creo una economía artificial e imposible. Un juego de la pirámide que terminó por explotar.

Tampoco ayudaron los sucesivos gobernadores del Banco de España que nunca se interesaron por vigilar los salarios millonarios de tantos directivos de bancos y cajas de ahorros, que sin embargo ahora desahucian a familias que pagan caro por los errores de muchos otros. El Rey, hasta hace poco una de las instituciones más respetadas por los ciudadanos, también ha quedado en entredicho por su discurso de austeridad y los escándalos en su familia. Matar elefantes no le ha ayudado mucho a blindar el respeto que debe concitar esta institución.

También nos está fallando Europa. Siempre punto de luz y trampolín para la modernización, ahora solo descarga electroshock. Los mismos cuyos bancos fomentaron la especulación como fórmula de crecimiento ahora nos llaman despilfarradores. A las ordenes de Berlín, recibimos muchos palos y ninguna zanahoria. Hemos llegado al ridículo de que la Comisión Europea aplauda los recortes en educación y en sanidad, cuando al mismo tiempo todos sus planes estratégicos señalan que debemos mejorar nuestra productividad. ¿Hay alguien ahí? Europa también cava su propia tumba.

Por último, tampoco estamos bien dotados de pensadores que nos dibujen el rumbo. Decía Soledad Gallego Díaz hace unos días en El País que en esta crisis se echan en falta más intelectuales europeos. Tiene razón. Sufrimos una sobredosis de economistas y tenemos un déficit de humanistas que, al margen de la conveniencia y a riesgo de ir a contracorriente, nos hablen de la gran crisis: la crisis de valores y la crisis de la política. Nuestro deterioro democrático tiene su prima de riesgo por las nubes y sin embargo pasa desapercibida.

Terminé uno de mis anteriores posts sugiriendo que "los ciudadanos teníamos que tomar el mando". Un veterano dirigente socialista y uno de sus pensadores mejor dotados, me preguntó a qué me quería referir. Le expliqué que no creo en la participación directa y sólo concibo a los partidos como canales adecuados para vehicular la participación política. Creo que tomar el mando pasa por emitir señales rotundas de protesta para que la indignación colectiva sacuda las estructuras tradicionales de los partidos hacia su modernización. Su supervivencia y la nuestra depende de estas sinergias.

Esta crisis es nuestro franquismo y no podemos eludir la responsabilidad de reformular los conceptos políticos para sobrevivir con dignidad.