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12/06/2012 11:19 CEST | Actualizado 12/08/2012 11:12 CEST

La crisis negra, sin alma

Los años duros de la Guerra Fría están plagados de fotografías de colección. Los buenos de la peli eran presidentes guapos con hijos deliciosos que correteaban por la Casa Blanca. Los rusos eran huraños y con cara de mala leche.

Es cierto, Berlín se ha llenado de cafés Latte y manzanitas de Cupertino pero, de una manera tenue, la ciudad sigue disfrutando del subidón de haber destrozado a puñetazo limpio el muro de la Guerra Fría. Basta un paseo mirando tatuajes, fachadas que conservan la metralla de las bombas aliadas, templos de cemento comunista o parques donde puedes tomar el sol en pelotas, tan ricamente. Hubo sangre, muertos, mucha oscuridad, villanos y también héroes. "Ich bin ein berliner!", dijó un día un tipo. "Tear this wall!" gritó otro. Lo que nadie sospechó aquella noche pulverizando el muro es que estábamos despidiendo nuestra última gran crisis con alma, llena de instantes dramáticos pero extremadamente bellos. No conocíamos a Los mercados, enemigos hasta el ahogo de dejar un rastro romántico del que poder tirar años después como un recuerdo épico de lo que somos capaces de superar.

Esta es una crisis ciega, negra, sin imágenes, sin alma. Los años duros de la Guerra Fría están plagados de fotografías de colección. Los buenos de la peli eran presidentes guapos con hijos deliciosos que correteaban por la Casa Blanca. Los rusos eran huraños y con cara de mala leche, hasta que apareció Gorvachov, y se hizo de los nuestros. Entonces, el hombre de la mancha y el actor de Hollywood decidieron hacerse amigos en un extraño lugar llamado Reykjavik. Eran cumbres de cómic de Tintin, con la Castafiore amenizando las cenas oficiales. Pasamos miedo, pero la película avanzaba y no queríamos salir del cine.

No sólo las crisis políticas tuvieron alma. Sufrí de lleno la de los noventa en España, cuando sólo encontraban trabajo los que estudiaban telecos. La Universidad eran cinco años hacia la nada absoluta. Pero fue distinto. Estábamos en medio de la borrachera de ser europeos, con líderes cargados de carisma, el eurorail te convertía en Phileas Fogg en tres semanas, el caballo se rindió ante drogas más divertidas y el Midday abría en Madrid hasta las tres de la tarde. Nuestros padres, además, nos recordaban que ellos lo habían pasado mucho peor. Y era cierto.

De la escasez de petróleo de los setenta tengo recuerdos muy infantiles. Un presidente cacahuetero que instala paneles solares en la Casa Blanca para dar ejemplo, jeques millonarios, colas en las gasolineras... ¡Qué queréis que os diga! No puedo evitar pensar hoy en ese tiempo como si fuese una tierna foto de Instagram con filtro Hefe, llena de humanidad.

Así transitamos hasta que se acabó el siglo XX en Berlín y detrás del muro apareció el reino de Mordor. Todas las fotografías del 11S reflejan sólo una cosa: miedo. Con la guerra de Irak los Bushes de aquí y allí demostraron que lo que piense la gente importa nada para gobernar y así, plantaron los ladrillos para recibir a Saurón con el ejército de mercaderes y políticos horcos que padecemos hoy. Seres mediocres, aturdidos, famélicos, las peores mentes de su generación. Todo es oscuro. Una crisis sin rostro, de reuniones a puerta cerrada, gráficos de líneas tortuosas y siglas en mayúscula. Es imposible encontrar esperanza en alguna imagen icónica de estos años. ¿La salida de los empleados de Lehman Brothers con sus cajas de cartón llenas de mirtazapina? ¡Puag! Si superamos esto no habrá fiesta de despedida ni héroes que celebrar. Va a ser como tragar un jarabe con los ojos cerrados agitando la cabeza con asco. No podremos ni escupir, ni dar puñetazos contra un muro. Nos lo prohibirán. Y lo peor de todo es que lo permitiremos. Para entonces, es más que probable que ni siquiera exista refugio en Berlín.