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12/04/2013 08:36 CEST | Actualizado 11/06/2013 11:12 CEST

Distopías: historias para la revolución

Las distopías son la ficción de la crisis. Sus autores parecen depositar en la generación venidera, sus mayores lectores, la esperanza en el cambio. Tal vez por eso la mayor diferencia entre estas nuevas historias y las clásicas es que la ahora heroína sí consigue llevar hasta buen puerto la revolución.

No hace falta saber el significado de la palabra distopía para reconocer lo que tienen en común los títulos clásicos de la literatura Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984. Historias que en principio se califican como ciencia ficción, al igual que las películas de culto La fuga de Logan y Perseguido, aunque en realidad todas ellas son distopías. Sus escenarios futuristas, opresivos y tiránicos, en los que los ciudadanos viven subyugados son el antónimo de la utopía de Tomás Moro. Mundos ficcionales en los que la ausencia de derechos ni siquiera admite discusión y los disidentes no existen, ya que todo está planificado para que la realidad de la injusticia no asome en sus conciencias. Hasta que comienza la historia... En toda distopía que se precie un error en el engranaje del idílico sistema provoca la anagnórisis de uno de los esclavos que trata de escapar y de llevar a sus compañeros hasta la revolución. En las más clásicas de estas historias el héroe no lo consigue y el final tiende al nihilismo más negativo.

Las distopías podrían considerarse metáforas de la realidad llevada hasta sus extremos más radicales. Sus mundos tiránicos parecen ser ficciones de las debacles contemporáneas, las guerras o el fracaso del comunismo en el pasado, y el capitalismo y la crisis en la actualidad. La narrativa los disfraza, aunque entran con facilidad en el imaginario porque el universo de metáforas que ofrecen simboliza lo que ocurre y ayuda a elaborarlo, del mismo modo que los cuentos infantiles ficcionan los temores de los niños. No es baladí que la primera distopía registrada, Nosotros -una novela sobre un futuro en el que todas las paredes son de cristal para facilitar la vigilancia de los ciudadanos- la escribiera al inicio de los años veinte Yevgeny Zamyatin, un entusiasta bolchevique que con la llegada de la Unión Soviética quedó encarcelado; su propia vivencia le obligó a comprender que las utopías podían terminar por convertirse en distopías.

Imagen promocional de la película La fuga de Logan. Foto: Youtube.

Tras él llegaron George Orwell, Ray Bradbury o J. G. Ballard, aunque las sociedades dictatoriales que describieron variaron de unos a otros en función de las circunstancias de su época -el control social del nazismo, la crítica a los medios de comunicación de masas-. Fueron muchas las distopías clásicas que ofrecieron ficciones horribles sobre la opresión de su época, aunque la llegada del Estado del bienestar hizo que el género pasara décadas en estado de duermevela.

Hasta ahora. Las distopías están de moda, cientos de novedades del género llenan los estantes de las librerías y otros cientos están por llegar. Curiosamente a quienes van dirigidas e interesan en su mayoría es a los más jóvenes. Las ventas millonarias de la trilogía Los juegos del hambre de Suzanne Collins dieron el pistoletazo de salida de este revival distópico (La Caza de Adrew Fukuda, El corredor del Laberinto de James Dashner o La selección de Keyra Cass son ya éxitos internacionales). En estas neodistopías los habituales relatos juveniles que sostienen los ritos de paso de la adolescencia se cruzan con otros de índole político, dada la situación actual de profunda crisis que acompaña a la sociedad. Sus mundos distan de ser mágicos como el de Harry Potter y los monstruos ya no son los mitológicos de Crepúsculo; la entrada de la realidad ha dado lugar a una generación de adolescentes para los que la propia raza humana es la que resulta terrorífica.

A pesar de su aparente oscuridad también son novelas llenas de aventura y romance, aunque por sus innegables dosis de discusión política podrían englobarse dentro de la clasificada como literatura post 11S. Del brutal ataque terrorista, que evidenció la fragilidad del sistema y convirtió la seguridad en la prioridad mundial -justificando así la opresión de los gobiernos y la victimización de la sociedad- parecen haberse hecho eco las nuevas distopías, actualizando su lenguaje del pasado al del mundo contemporáneo, que a su vez trasladan al futuro.

Fotograma de la película basada en la trilogía Los juegos del hambre. Foto: Youtube.

Los juegos del hambre, en donde venticuatro adolescentes son elegidos como tributos por el Capitolio -el Gobierno opresor- para pelear a muerte, no es sino una metáfora de la competitividad más absoluta que promulga el capitalismo; un sistema en el que los menos válidos no sobreviven. En la novela la competición se retrasmite en pantallas para todo el mundo, recuperando así la autora la metáfora de Orwell del sistema irrompible y sin escapatoria en el que vive la sociedad, aunque da la sensación de que también ha tratado de dar un paso más; la pelea a muerte entre la pareja de adolescentes protagonistas, Katniss y Peeta, se convierte en una historia de amor observada por todos los espectadores de los juegos. Suzanne Collins hace evidente así lo que ocurrió en la anterior saga literaria juvenil de éxito, Crepúsculo, cuando el mundo entero miró el amor adolescente de sus protagonistas. Y todo esto ocurre en un momento en el que el amor se ha convertido también en un objeto de consumo...

El rasgo diferenciador más destacable de las neodistopías frente a las clásicas es que quienes despiertan frente a la tiranía y se encargan de llevar a cabo la revolución, sus protagonistas, son en la mayoría de las ocasiones chicas. Katniss de Los juegos del hambre, o Beatrice, la heroína de Divergent -otra neodistopía superventas que pronto tendrá versión cinematográfica- son jovencitas que saben sacarse solas las castañas del fuego sin que ningún chico guapo las defienda. Asumen así el papel del héroe del cine clásico norteamericano para el que la consecución de su misión es su deseo que está por encima de cualquier anhelo sexual o romántico. Son protagonistas que demuestran que las diferencias entre sexos son cada vez menores; a fin de cuentas sólo hablan de lo que ya se respira en el ambiente.

Por todo lo anterior, no resulta descabellado pensar que las distopías son la ficción de la crisis. Sus autores parecen depositar en la generación venidera, sus mayores lectores, la esperanza en el cambio. Tal vez por eso la mayor diferencia entre estas nuevas historias y las clásicas es que la ahora heroína sí consigue llevar hasta buen puerto la revolución. El final nihilista de novelas como 1984 o Un mundo feliz podía interpretarse como "no te rebeles, que será peor"; pero en las nuevas ficciones distópicas los disidentes consiguen arrastrar con ellos al pueblo hasta la rebelión. Una posible lectura de este giro es la del principio del fin de la victimización y el impulso hacia la transgresión, similar al que promulgó el movimiento 15M. Las neodistopías parecen ser una ventana hacia la esperanza y a un cambio posible. La heroína llegará y con ella la revolución que se masca en el aire. Pero, ¿qué ocurrirá después? La mayoría de estas distopías acaban tras el fin de la revolución, tomada como victoria, sin responder a la pregunta. Y es que ya lo dijo el filósofo Slavoj Žižek en El espectro de la ideología: "Parece más fácil imaginar el fin del mundo que un cambio mucho más modesto en el modo de producción, como si el capitalismo liberal fuera lo real que de algún modo sobrevivirá incluso bajo una catástrofe ecológica global".

Carlos García Miranda acaba de publicar Enlazados (Destino), la primera novela juvenil distópica de autor español. Puedes descargarte aquí los dos primeros capítulos de la novela en PDF.

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