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16/02/2018 07:40 CET | Actualizado 16/02/2018 07:40 CET

Arqueologías de la ciudad

Getty Images

Ahora ya no están los arqueólogos tan de moda como en aquella época dorada de Harrison Ford/Indiana Jones, que tantas vocaciones suscitó en su día, pero la pasión por la arqueología es duradera y universal.

En los tiempos de los talibanes, los crímenes contra el patrimonio en las ciudades de Oriente Medio, dentro de los genocidios de Siria e Iraq, o los sangrantes casos de Alepo, Palmira, Mosul y tantas obras, esfinges, museos, templos o palacios saqueados o destruidos, junto a las vidas irrecuperables de tantos seres humanos, infligen una destrucción que han provocado siempre los poderes económicos y políticos que operan desde el mundo civilizado. Esos no quieren su huella o su rastro cerca de casa: "Not In My Back Yard"(NIMBY), en sus siglas en inglés, ("no en mi patio", en español) es un acróstico que se aplica a refugiados, pobres, putas, viviendas sociales o grupos vulnerables...

Igual que con el tráfico de personas, de armas o de drogas, el mercadeo del arte y el patrimonio es una actividad criminal

Las traseras de la civilización suelen ser las escombreras del expolio, del saqueo y de la destrucción "creativa" de los fanáticos. Pero la responsabilidad por la pérdida del patrimonio no es únicamente una seña de identidad de terroristas del Daesh, o de traficantes que roban y explotan en el mismo epicentro de los conflictos bélicos. Igual que con el tráfico de personas, de armas o de drogas, el mercadeo del arte y el patrimonio es una actividad criminal, - extendida y compartida entre occidente y países de todo el mundo -, que adopta formas diversas. También se viste, cuando hace falta, con ropajes inusitados, o se disfraza de protección o preservación, cuando no desmiente su impacto, en aras del desarrollo, del empleo, de la cultura o del turismo. Hasta la UNESCO está tocada, - por sombras de dejación, o mala gestión en algunos casos -, o por ataques infundados, o egoístas, como los de TRUMP y los EEUU, en otros.

El interés del capitalismo destructivo es contumaz a la hora de reducir la memoria a añicos y mandarla, sin pudor alguno, a los vertederos de la historia. Pero la humanidad que busca su honra en la perpetuación digna de la especie y del planeta resurge con fuerza en todas partes y en todo tiempo. A pesar de Auschwitz y Gaza, seguimos siendo arqueólogos aficionados del tiempo futuro, en la medida que sostenemos el entusiasmo, la esperanza y las fuerzas necesarias para oponernos a los desmanes de los depredadores o los impactos de los analfabetos que hunden el paisaje destrozando el patrimonio con las excusas del crecimiento, o la devaluación de la historia y su legado.

Arqueólogos, - tanto como discapacitados, o seres humanos -, podemos, por consiguiente, llegar a serlo todos; incluidos los fanáticos y los criminales. Sin embargo, los simples ciudadanos que velamos por proteger nuestra ciudad, los restos o rastros de nuestro patrimonio, junto con los yacimientos de la memoria, tenemos una deuda especial con los arqueólogos, que saben identificar, descifrar y poner en valor aquellos nichos donde permanecen semi-ocultos o enterradas las estructuras óseas, pétreas, cerámicas, metálicas; rasgos invisibles de nuestra condición de herederos de la tierra; esa que debe pasar de generación en generación.

Junta de Andalucía
Antigua Lonja de Sevilla

En tantas ciudades olvidadizas, - como Málaga, que hoy pone en peligro su Bahía y su Farola -, todo esfuerzo es poco para recuperar muros, albercas, depósitos, espacios yacentes bajo las capas de la memoria fenicia, romana o árabe. Invasores y viajeros han dejado sus huellas escondidas bajo plazas, museos, calles o castillos: Sólo con grandes esfuerzos se han aflorado los restos bajo el Museo Picasso, la calle Alcazabilla, el aparcamiento de la Plaza de la Marina, o el antiguo edificio de Correos, de Teodoro de Anasagasti, - que alberga en su sótano y en el patio trazas de varias acciones civilizatorias -.

Allí se ha recuperado el muelle fenicio del puerto, que llegaba hasta lo que es hoy el Museo de la Aduana, - de distintas épocas y fábricas identificables en sus texturas -, en una magnífica exposición. Gracias a los arqueólogos, Málaga recuperó también su Teatro Romano en la falda de la Alcazaba y Gibralfaro, sobre cuya cávea se edificó, por orden de Franco, una casa de Cultura, criticada hasta por su obligado autor, el excelente arquitecto Luis Moya, quien corroboró en su día, que su obra debería demolerse para recuperar el teatro.

El libro de Moneo es inolvidable, por cómo enseña que los edificios, si se estancan en su visión terminada, mueren un poco

Ahora, en 3 deliciosos textos, Rafael Moneo interpreta con gozo qué es "La vida de los edificios" (Moneo 2017), aplicando su sabiduría y capacidad analítica a la Mezquita de Córdoba, la Lonja de Sevilla y el Carmen de la Fundación Rodriguez Acosta de Granada, repartiendo protagonismos entre restauradores, arqueólogos y arquitectos, (también Anasagasti). El libro es inolvidable, por cómo enseña que los edificios, si se estancan en su visión terminada, mueren un poco.

Otro insigne arquitecto y crítico (Fernández-Galiano 2018)[1], señala acerca de Moneo que "Los textos triangulan la biografía intelectual del más culto maestro contemporáneo, y de quien mejor nos ha hecho escuchar las voces del pasado". El pasado es, pues, motivo de vida. La restauración, la arqueología y la arquitectura van juntas en un mismo halo de cultura que han refrendado magistralmente Gómez Moreno, Torres Balbás y Chueca Goitia, Velázquez Bosco, Manzano; y, también, tantas arqueólogas, Rosa Enguix, Eugenia Aubet, Carmen Peral, Leticia Salvago, Marga Sánchez Romero; trayendo los ecos de Juan de Herrera, Hernán Ruiz, las anónimas maestrías y los grandes mecenazgos.

La vida es, muchas veces, inclusión, regeneración, re-creación restauración; afloración, inmanencia y transformación. La vida arquitectónica de las ciudades es un recorrido por el itinerario arqueológico del pasado, porque cuando éste se respeta, ilustra las rutas de presente y futuro de nuestro espacio-tiempo. Los arqueólogos señalan las pautas con certeza y rigor. Algo que los maniqueos "destructores" del desmemoriado fanatismo talibán o liberal jamás podrán frustrar.


[1] FERNANDEZ GALIANO, Luis. Arquitectura Viva. Madrid 2018

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