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13/09/2014 09:54 CEST | Actualizado 12/11/2014 11:12 CET

6. 'No se afligen las palomas' (Novela)

palomasRecuerdo haber leído, en mi investigación sobre las lágrimas, que las palomas son animales que, por carecer de bilis, no pueden sentir aflicción o disgusto. Una vez contemplé esta escena: Dos palomas jugueteaban en un tejado, iban y venían volando, haciéndose arrumacos, caricias y besos.

(Resumen de lo publicado: El mismo día en que mi padre moría en Madrid, mi mujer, Regina, me engañaba con un gitano bosnio en Viena. De regreso a la ciudad imperial, decidí separarme de ella. Independientemente de las lágrimas que vertimos entonces, da la casualidad de que ya en aquel tiempo yo había empezado a interesarme por el fenómeno del llanto como manifestación poco explicada por la ciencia.)

Al cabo de un rato, las paredes me hacían daño, me dolía su desdén macizo. ¡Cuánto deseaba poder atravesarlas, ser poroso, descargarme de mi física! Me vestí rápidamente con la misma ropa del viaje, y salí a la calle, volví a la noche. Ya no lloraba. El Naschmarkt, habitualmente lleno de sombras, se veía esplendente. Nevaba de nuevo y una luminosidad irreal congelaba los perfiles de las casas, las farolas, los coches aparcados, los árboles de la Karlsplatz. Los copos caían sin tensión, flotaban a mi altura y se me enredaban en las cejas, poniéndome difícil ver el camino. Luego morían disueltos cerca del suelo. Aunque sabía adónde me dirigía, todo esfuerzo de atención se me iba en respirar bien, hondo.

Recuerdo haber leído, en mi investigación sobre las lágrimas, que las palomas son animales que, por carecer de bilis, no pueden sentir aflicción o disgusto. Una vez contemplé esta escena: Dos palomas jugueteaban en un tejado, iban y venían volando, haciéndose arrumacos, caricias y besos. En un momento, una de ellas, la cortejada, se posó en el borde de una chimenea que sobresalía del tejado. La otra llegó a su lado para seguir el cortejo, y la primera, en un aleteo nervioso de ave sorprendida, cayó dentro de la chimenea. El macho inclinó varias veces su cabecita dentro del cañón esperando que su amiga saliera. Pero probablemente la paloma había quedado atrapada por el hollín acumulado en el alma de la chimenea, y no salía. De hecho, ya no salió nunca. Desde el principio, el macho se mostró desconcertado. Miraba y miraba hacia el agujero por donde había desaparecido su compañera, como si no creyera lo que había pasado. Se detenía pensativo, se giraba sobre sí mismo, tratando de descubrir a su amada, que iba a aparecer de un momento a otro, pero no. Así estuvo un buen rato, hasta que se convenció de que no aparecería. Planos de nubes, reflejos del sol en la altura, vuelo. Abajo bullía la vida, subía un olor a leche.

Camino del American Bar yo tampoco lograba sacudirme el desconcierto. Se me habían cortado el llanto y la aflicción, pero no la náusea del escándalo, su efecto pesado en el estómago.

-¡Pareces un actor, un modelo! -exclamó Petra Marjak mientras la pesada puerta del American Bar se cerraba tras de mí. Petra alababa todo cuanto podía tocar. Era su manera propia de brillar. El entusiasmo la recorría como un reguero hasta encenderla. Con el pelo rubio eslavo y la mirada muy azul, la boca se le avanzaba en el rostro como un señuelo que dijera "esto solo es la entrada: adentro hay mucho más, mucho más".

-¡Pareces un actor, un modelo! -y, al decirlo, noté ese fulgor que se le había venido a la cara. Luz, más luz. Su piel, tensada por la sonrisa que enviaba con su frase, se había transformado en un rayo luminoso. Había dos hombres en el otro extremo de la pequeña barra. (En realidad, el American Bar tiene las dimensiones de un cuarto de baño, pero la suntuosidad de un palacio. Es una auténtica impugnación a lo que su diseñador, el arquitecto Adolf Loos, había escrito en los libros sobre lo ornamental como algo superfluo. ¡Cuántas veces no sucede que las obras desmienten a las palabras!) Era raro que ninguno de los dos hombres se hubiera acercado a Petra, que gustaba sin quererlo. Tal vez lo habían intentado, y ella los había detenido con solvencia. No sería yo quien le preguntara qué hacía en el American Bar sola a esas horas de la madrugada. En realidad solo deseaba saber una cosa. Así que, después de ponernos al día, le pregunté si sería capaz de matar.