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08/11/2014 09:54 CET | Actualizado 07/01/2015 11:12 CET

7. Cambiar de vida es cambiar de muerte (Novela)

Regina dormía, su bulto cubierto hasta la nuca; destapado, solo un trapecio del cabello. El sudor me empapó la ropa. También los marcos de las ventanas chorreaban, y en el techo comenzaban a formarse gotas semiesféricas, transparentes como el día. Regina dormía sin echar las cortinas ni bajar las persianas, de manera que la claridad vienesa era dueña diaria de nuestras mañanas.

(Resumen de lo publicado: El mismo día en que mi padre moría en Madrid, mi mujer, Regina, me engañaba con un gitano bosnio en Viena. De regreso a la ciudad imperial, decidí separarme de ella. Pasamos la noche llorando, y antes de que amaneciera, salí de nuestra casa. En el American Bar, encontré a Petra Marjak.)

Viena bajo la nieve sucia era como los restos de una tarta de nata esparcidos sobre el sucio mantel de un banquete. Todos los invitados habían acabado borrachos y peleándose, y por sobre la mesa se regocijaban berretes y grumos de mazapán.

Petra tenía la piel tibia cuando salimos y nos despedimos. La luz del día hacía vieja la amarillenta iluminación del American Bar, y nos ofendió vernos tan desnudos. Ella montó en su coche casi sin que me diera cuenta, sin desafiarme, y yo caminé hasta casa, aturdido como el minero que deja la mina después de una jornada enterrado en ella.

En nuestra vivienda, todo había recuperado su forma y su sitio. La presencia de muebles y enseres, todos blancos y recargados ya con la luz natural y con el silencio ambiente, transmitían un aplomo que contrastaba con mi fragilidad. Cerca de nuestro cuarto, cuya puerta estaba entornada, se notaba un calor húmedo, un clima de selva. No quería mirar dentro, pero miré.

Regina dormía, su bulto cubierto hasta la nuca; destapado, solo un trapecio del cabello. El sudor me empapó la ropa. También los marcos de las ventanas chorreaban, y en el techo comenzaban a formarse gotas semiesféricas, transparentes como el día. Regina dormía sin echar las cortinas ni bajar las persianas, de manera que la claridad vienesa era dueña diaria de nuestras mañanas. En la mesilla blanca había dos bandejas vacías de xanor, los comprimidos rosas que mi mujer utilizaba para dormir, y un vaso largo con un resto ámbar de ron. El sudor no dejaba de manarme de la frente y me anegaba los ojos, como lágrimas de otro que me lavaran la visión. Todo allí era agitación tranquila, o muerte trémula. En algún espacio de aquella caja cuyas paredes rezumaban humedad caliente bullía algo sin título, algo más oscuro que un trompazo, un ronquido cavernoso que perdía ritmo, que estaba dejando de existir. Destapé a Regina, que seguía inerte, increíblemente seca en medio de aquella lábil lujuria, acurrucada, quizá, contra un instante de desesperación.

Unas pocas horas antes, unos pocos días antes, mi mujer y yo todavía teníamos una vida. Pero mi propósito de separarme de ella nos había colocado de repente a ambos en el umbral de un cambio. Se podía decir que a partir de ese momento teníamos ya otra vida, y que con ese cambio de vida se había trastocado la cadena de pequeños destinos que nos conducen a un fin último, suerte variable que se nos reserva según un rumbo previo, camino trabajoso del existir en el que cada paso marca la dirección del próximo. Cambiar de vida es, en última instancia, cambiar de muerte. Ante un giro existencial, todo se reordena de un modo misterioso, y vuelve a abrirse un blanco calendario en el que se irá trazando la secuencia de nuestra nueva historia privada. Por indomable que uno sea, la más cercana de las fatalidades determina la siguiente, y así hasta la perdición total.

De una manera sonámbula, puede que voluptuosa, tomé el teléfono y llame a los servicios de urgencias.

(Continuará.)

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