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06/09/2018 07:16 CEST | Actualizado 06/09/2018 07:16 CEST

Estuve 5 días en un centro de detención familiar. Lo que vi sigue atormentándome

Callaghan O'Hare / Reuters
Centro Residencial Familiar del Sur de Texas en Dilley

En julio, dejé a mi mujer y a mis dos hijas y me fui desde Denver hasta Dilley, Texas (EE UU), para unirme a un grupo de voluntarios que ayudaban a mujeres migrantes detenidas a presentar solicitudes de asilo. No soy abogada, pero hablo español y tengo experiencia en trabajo social. Nuestra tarea fue ayudar a las mujeres a prepararse para entrevistas con funcionarios de asilo o para preparar solicitudes para nuevas entrevistas.

Las mujeres con las que trabajé en el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas en Dilley habían sido separadas de sus hijos durante dos meses y medio debido a una política instituida por la administración Trump en abril de 2018, según la cual las familias eran objeto de detención y separación en un intento de disuadir a otros de embarcarse en viajes similares. Aunque las separaciones se han detenido debido a una protesta pública, hay cientos de familias que todavía no se han reunido (incluidos más de 20 niños menores de 5 años), se sigue deteniendo a familias a un ritmo mayor del de los adultos que cruzan la frontera solos, y el trauma infligido a mujeres y niños por parte del gobierno de Estados Unidos tendrá consecuencias de por vida.

Para ser claros, esta es una política que atormenta deliberadamente a mujeres y niños para que otras personas no intenten escapar de las condiciones que amenazan su vida al venir a Estados Unidos para solicitar asilo. Me uní a esta causa porque me sentí obligada a hacer algo para responder a la crisis humanitaria creada por políticas injustas que no tienen otra finalidad que castigar a las personas por ser pobres y por ser mujeres, por tener la osadía de nacer en un "país de mierda" y no quedarse ahí.

Viajé con un grupo de mujeres increíbles reunidas por Carolina, una poderosa abogada de inmigración y artista en Brooklyn. Mis compañeras voluntarias eran, en su mayoría, latinas o mujeres cuyas historias las relacionaban profundamente con este trabajo. A través de esta experiencia, nos convertimos en una comunidad muy unida, y nos reuníamos cada noche para contar nuestras experiencias y mentalizarnos para el día siguiente. Junto con nosotros, trabajaban en turnos de 12 horas dos monjas de más de 70 años, y fue una de ellas la que mejor resumió la experiencia cuando entramos en las instalaciones una mañana. "Lo que está sucediendo aquí hace que me cuestione la existencia de Dios".

Fue una monja la que mejor resumió la experiencia cuando entramos en las instalaciones una mañana: "Lo que está sucediendo aquí hace que me cuestione la existencia de Dios".

Sigo impresionada por la fortaleza que presencié. Muchas de las mujeres que conocí habían huido hacía más de dos semanas sin saber siquiera dónde estaban sus hijos. A la mayoría las habían violado, amenazado o pegado (y en muchos casos, todo lo anterior) en sus países (sobre todo en Honduras y Guatemala). Vinieron aquí buscando refugio de horrores indescriptibles, siguiendo el proceso internacionalmente reconocido para buscar asilo. Por su "crimen", las encarcelaron junto a otras cientos de mujeres y niños en la hielera ("el congelador", celdas de hormigón frías sin privacidad, donde las familias duermen en el suelo solo con sábanas de plástico para cubrirse) o la perrera (donde las personas viven en jaulas unidas por cadenas). Les quitaron a sus hijos de sus brazos, luego se reían de ellas, las pegaban, las rociaban con agua, las daban comida congelada y les negaban atención médica. Sin embargo, las mujeres que conocí fueron las afortunadas, porque habían sobrevivido a su primer test para inmigrantes en este país.

Una mujer tras otra describieron la misma escena: durante la separación con sus hijos, antes de que supieran de su paradero o incluso si estaban a salvo, condujeron a las mujeres a una sala donde los funcionarios de Inmigración y Aduanas les entregaron los papeles. "Firme esto", les decían, "y podrá volver a ver a sus hijos". Los documentos eran documentos legales con los que las mujeres renunciaban a sus solicitudes de asilo y acordaban autodeportarse. Las que firmaron fueron deportadas inmediatamente, a menudo sin sus hijos. A aquellas que se negaron les hicieron un simulacro de entrevistas del miedo creíbles (el primer paso en el proceso de asilo), para lo cual no estaban preparadas, ni informadas sobre los criterios de asilo.

Las mujeres estaban desesperadas, sin saber lo que el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) había hecho con sus hijos o si volverían a verlos. Hicieron sus entrevistas por teléfono, con un intérprete también en línea. El funcionario de asilo les hacía una serie de preguntas cerradas y, normalmente, las mujeres solo respondían: "¿Dónde está mi hijo? ¿Qué ha hecho con mi hijo?" o daban una respuesta, que el funcionariocortaba a mitad de la frase. No es sorprendente que casi todas obtuvieran resultados negativos, justo el resultado para el que esta política fue diseñada. Aun así, estas mujeres persistieron.

Después de una batalla judicial, mis clientes se reunieron con sus hijos y, afortunadamente, tuvieron representación legal gratuita (aunque muchas no) a través del CARA Pro Bono Project. Las mujeres parecían horrorizadas, cansadas, decididas. Algunos de sus hijos se aferraban a ellas, ya que temían que les separaran incluso por unos minutos, lo que hacía muy difícil para ellas contar sus experiencias, que, generalmente, incluían violencia sexual, de género y amenazas de muerte. Otros niños miraban al vacío o se dormían en sillas de plástico, agotados por las noches que habían pasado sin dormir y por las pesadillas. Otros corrían como locos alrededor de la caravana de visitas legales. Pero algunos niños mostraron una fortaleza increíble, sonriéndonos, diciendo las pocas palabras en inglés que conocían, dibujando montañas, ríos, pequeñas casas cercanas. Pidieron pegatinas o folios para dibujar e hicieron pulseras con clips. No nos permitían darles nada, nada de juguetes ni libros. No nos permitían abrazar a los niños ni a sus madres, ni siquiera cuando sollozaban sin parar tras hablar de los detalles de sus terribles experiencias.

En mitad de la tristeza y el caos, la humanidad de estas mujeres resplandecía. Una de mis clientes y su hijo, que habían viajado desde Guatemala, disfrutaron enormemente al enseñarme palabras en su lengua indígena, el mam. Ella me enseñó a decir "valiente" (hao-tuitz) y cada vez que el trabajo se nos hacía cuesta arriba, nos acordábamos de esta expresión. Estas lecciones fueron de gran ayuda al revisar todas las experiencias que hicieron que ellas huyeran, para darles más detalles sobre la entrevista.Se cansaron de que les presionara para que recordaran los hechos que el funcionario de asilo les preguntaría. Solo querían decir que, para los indígenas, la vida es muy difícil y que su conocimiento del español básico no era suficiente para hacerles miembros iguales de la sociedad. El mam no se enseña en las escuelas, y casi todos en Guatemala desprecian a quienes lo hablan. Estaban muy contentos por tener una licenciada interesada en aprender su cultura. Pasamos casi una hora buscando su aldea en Google Earth, haciendo zoom hasta que pudimos ver imágenes del paisaje y de la gente. Mientras íbamos viendo las imágenes en la pantalla, llamaban a las personas por su nombre. "¡Esa es mi tía!" y "¡Ahí está mi primo!". Lloraron por su pérdida pero, sobre todo, por la alegría de reconocer y sentirse reconocidos, vistos por el mundo y no olvidados como criminales sin rostro.

No necesitabas mi firma para quitarme a mi hijo, ¿por qué la necesitas para devolvérmelo?

Me he encontrado historias de asombrosa generosidad de personas que tienen muy poco. Una compañera tenía una cliente a la que una pandilla había secuestrado junto a su hija y otro hombre mientras viajaban al norte de Guatemala. Los secuestradores les dijeron a los tres que llamaran a sus familias y les pidieran 2.000 dólares por persona para que les liberaran. La mujer estaba segura de que ella y su hija morirían. Su familia había vendido, hipotecado y pedido prestado todo lo que podían para pagar su viaje. No conocían de nada al otro hombre que secuestraron. Ella miró mientras él llamaba a su familia. "Piden 6.000 dólares por dejarme libre", les dijo. Salvó tres vidas con esa llamada. Cuando llegaron a la frontera de Estados Unidos con México, se separaron, y ella nunca le volvió a ver, nunca supo su apellido.

Otra cliente con la que trabajé también se había ganado su mérito, pero de otra forma. Después de enfrentarse a pandillas que intentaron extorsionarla en su país, huyó al norte con su hijo y les pillaron en la frontera de Estados Unidos con México. La separaron de su hijo a la fuerza, y la obligaron a firmar papeles renunciando a sus derechos legales. No solo se resistió, sino que también asumió grandes riesgos personales para enfrentarse a los funcionarios del ICE. "No necesitabas mi firma para quitarme a mi hijo, ¿por qué la necesitas para devolvérmelo?". Luego, en voz alta, instó a todas las mujeres de la habitación a que no firmaran. "¡Es una trampa!" les dijo. Apuntó los nombres y números de contacto de las mujeres con las que estuvo detenida. Cuando trabajé con ella, solía preguntarme si podía llamar a los familiares de una de las mujeres para informarles, o ver si habían llegado bien a su destino. Siempre que estaba en Dilley, llevaba a otras mujeres con ella a la caravana de visitas legales, intentando que todos pudieran defenderse. Es una organizadora comunitaria en potencia, un verdadero ejemplo del tipo de preocupación, compasión y valentía que nuestro país necesita.

Una mujer diabética que no se había inyectado insulina en más de una semana se atrevió a pedir atención médica, una infracción por la que la desnudaron y la pusieron en régimen de aislamiento.

Pero no todo lo que escuché fue tan positivo. Sin excepción, las mujeres describieron el trato cruel y degradante por parte de los funcionarios del ICE en el centro de procesamiento de inmigrantes de Port Isabel, cerca de Brownsville, Texas. Había una mujer diabética que no se había inyectado insulina en más de una semana y se atrevió a pedir atención médica, una infracción por la cual la desnudaron y la pusieron en régimen de aislamiento. Las mujeres cuentan que les golpearon, les gritaron, les encadenaron muñecas y tobillos y les hicieron correr. Describieron el frío y la humillación de no tener privacidad para usar el baño durante las semanas que estuvieron aisladas. Los guardias también pegaban, gritaban y rociaban a los niños con agua, y por la noche les despertaban varias veces, supuestamente para contarlos.

Peor que las condiciones físicas eran las crueldades emocionales infligidas a las familias. La separación entre mujeres y niños pequeños se llevó a cabo por la fuerza (arrancando a los niños de los brazos de sus madres) o por engaño (diciéndoles a las mujeres que los llevaban a bañarse o a recibir atención médica). A las mujeres les dijeron repetidas veces que nunca volverían a ver a sus hijos, y a los niños, que dejaran de llorar porque nunca volverían a ver a sus madres. Después de que trasladaran a los niños por todo el país, muchos de ellos se enfrentaron a más crueldades. "Te adoptará una familia estadounidense", le dijeron a una niña. A algunos les obligaron a limpiar los refugios en los que habían estado y en los que les habían aislado (el poso) si no obedecían. A los niños les administraron psicotrópicos para aliviar la ansiedad y la depresión que mostraban, sin permiso de los padres. Un niño se sometió a cirugía por apendicitis; estaba solo, todo lo que lloró por su madre fue ignorado, y a ella no le informaron hasta después.

Los meses de limbo en los que estas mujeres esperan saber su destino rozan la tortura psicológica. Las decisiones parecen arbitrarias y se hacen grandes esfuerzos para mantener en la oscuridad a las mujeres, sus abogados y, especialmente, a la prensa, sobre las acciones del gobierno y sus razones. A una mujer con la que trabajé le dieron una tobillera después de que su resultado diera positivo en la entrevista del miedo creíble. Su funcionario de asilo había determinado que ella tenía motivos para temer regresar a su país y le concedió la libertad mientras buscaba el estatus de asilo legal. Después de haber superado este obstáculo, subió a un autobús con otros para que la dejaran irse, pero en el último momento, le dijeron que su tobillera necesitaba una batería nueva. Se la quitaron, y a ella la enviaron a un nuevo centro de detención sin explicación. Una periodista que trataba de cubrir las historias de familias separadas me habló sobre su intento de seguir a un furgón lleno de prisioneras en su camino para reunirse con sus hijos y así poder entrevistarlos. Primero el ICE envió dos furgonetas de señuelo vacías en diferentes direcciones, y luego envió otra con los detenidos a toda velocidad por una carretera, con las luces rojas, para tratar de escapar de ella. Se están haciendo todos los esfuerzos para asegurar que la gente no sepa lo que está sucediendo.

Las historias de los horrores de los que huían las mujeres son demasiado gráficos como para repetirlos. De las muchas mujeres con las que hablé, solo una no dijo que había sido violada.

Las historias de los horrores de los que huían las mujeres son demasiado gráficas como para repetirlas. De las muchas mujeres con las que hablé, solo una no dijo que había sido violada. Las agresiones sexuales que las mujeres describieron solían implicar a múltiples culpables, al uso de objetos para penetración y repetidas amenazas, burlas y acoso después de la violación. Una mujer mormona con la que trabajé casi no podía pronunciar la palabra "violación", y mucho menos decirle a alguien de su familia o comunidad lo que había sucedido. Su dulce y tranquila hija no sabía nada del ataque o de los hombres que acechaban a la mujer de camino a la tienda, y que prometían volver. Ninguna de las mujeres con las que hablé tenía fe en que la policía, atormentada por las pandillas, pudiera (o fuera a) darles protección, y los informes policiales tenían muchas amenazas. Sin otra salida, las mujeres viajaron con sus hijas, a pesar del mayor peligro para las niñas en el viaje, porque las mujeres saben lo que les espera a sus hijas si se quedan atrás. Algunas veces las violaciones y el abuso eran a manos de sus maridos o parejas y regresar a casa significaba una muerte segura. Pero bajo las nuevas directivas emitidas por el Fiscal General Jeff Sessions, la violencia de género ya no es un criterio de calificación para el asilo.

Dos cosas que pasé durante mi tiempo en Dilley hicieron que el propósito del centro de detención estuviera clarísimo. La primera fue una interacción con un empleado que esperaba en la cola del detector de metales junto a mí un lunes por la mañana. Le pregunté si su trabajo era estresante, y me aseguró que no era así. Viajaba 80 minutos cada día porque era el trabajo mejor pagado que podía conseguir y le gustaba lo que hacía. "Estas personas son afortunadas", me dijo, "les dan ropa gratis, comida gratis, televisión por cable gratis. Yo ni siquiera puedo permitirme televisión por cable". No tenía el ánimo suficiente para preguntarle si renunciaría a su libertad por tener tele por cable. Pero sus respuestas me dejaron claro cómo la economía de esta parte rural de Texas depende de las cárceles.

La segunda cosa que aclaró el papel del centro de detención fue una señal en la caravana de visitas legales, junto al escritorio donde un guardia vigilaba la puerta. El cartel decía: "Nuestro precio de las acciones de hoy", con un espacio para que alguien publique el número cada día. La prisión la administra una corporación lucrativa que gana dinero para sus accionistas por el encarcelamiento de mujeres y niños. Hay que tener en cuenta el costo exorbitante de este cruel proyecto de internamiento. El ICE pone los costos de encarcelamiento a 133 dólares por persona por noche, aunque el gobierno podría vigilarlos con una tobillera por entre 10 y 15 dólares al día. Básicamente hemos realizado una transferencia masiva de dinero del contribuyente a titulares de acciones de prisiones privadas, y las mujeres y niños que conocí son meramente daños colaterales.

Ya llevo casi un mes en casa. Por fin puedo dormir sin ver las caras de mis clientes cuando sueño, reviviendo sus historias en mis pesadillas. Nunca había abrazado tanto a mi familia como lo hice la tarde que llegué a casa, en la acera llorando con mi niña de 7 años en mis brazos. Estoy en contacto constante con las mujeres con las que fui voluntaria, compartiendo noticias sobre la detención familiar junto con aspectos destacados de nuestras vidas personales. Pero sigo esperando la primera llamada telefónica de una cliente. Le di a cada una de las mujeres con las que trabajé mi número y les hice prometer que llamarían cuando las liberaran. Incluso le dije a la mujer mormona que rezaría con ella. Nadie ha llamado.

Analizo los detalles del correo de Dilley Dispatch, que actualiza la comunidad de abogados y voluntarios sobre el trabajo incansable del equipo de Dilley en el terreno. Esta semana, el equipo realizó 379 incorporaciones con nuevas clientes y seis con familias reunificadas. Hubo tres deportaciones, dos de ellas ilegales y una que fue revocada por una demanda de ACLU. ¿Fueron deportadas las familias con las que trabajé? ¿Qué ha sido de la mujer que habla mam y su valiente hijo, la mujer mormona y su hija de voz suave, la organizadora comunitaria en potencia que bromeó sobre de visitarme? ¿Están a salvo con parientes en California, Carolina del Norte y Ohio? En cada caso, no puedo imaginar la alternativa, la violencia y la pobreza que les espera. Tengo que seguir esperando que con los abogados adecuados, algunas personas todavía puedan encontrar refugio aquí y vivir una nueva vida: que nuestro país cumpla sus promesas.

Este artículofue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Lucía Manchón Mora

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